Materias grises

Cobrando por trabajar: alternativas a la renta básica

Vaya por delante: la renta básica, sobre el papel, no es una mala idea. El concepto de simplemente dar una cantidad fija de dinero a todo el mundo por el mero hecho de ser ciudadanos, bien implementado, puede ser la pieza central de un estado de bienestar mucho más eficaz del que tenemos en España, y hacerlo con un coste más que asumible para el erario público.

No sólo gastamos menos de lo que deberíamos, sino que además nuestro gasto social es extraordinariamente poco redistributivo

Empecemos, antes de hacer números, con una realidad francamente deprimente del estado de bienestar español: no sólo gastamos menos de lo que deberíamos, sino que además nuestro gasto social es extraordinariamente poco redistributivo. En parte derivado por problemas de diseño, en parte debido a la extraordinaria dualidad de nuestro mercado laboral, el gasto social en España tiende a ayudar a familias medias que no lo necesitan, y dejar de lado a parados y personas en riesgo de exclusión social. El efecto es especialmente dramático en los niños, que son los que más han sufrido los efectos de esta crisis y, de forma más preocupante, la ineficacia del sistema se ha agravado durante la gran recesión. Dicho en pocas palabras, nuestro estado de bienestar no funciona, y necesita un cambio en profundidad. Realmente es hora de plantearse reformas.

Hablemos pues de la renta básica. El primer punto importante cuando hablamos de introducir este sistema es que su aprobación debería ir acompañada de la eliminación de gran parte del gasto social actual. La existencia de una transferencia monetaria en efectivo a todos los ciudadanos haría redundantes cosas como el seguro de desempleo, ayudas directas por minusvalía, bajas por enfermedad o incluso una parte significativa del sistema de pensiones. Dado que estaríamos pagando una cantidad de dinero fija y suficiente para la supervivencia a todo el mundo, la inmensa mayoría de programas asistenciales y transferencias directas (que tan poco redistribuyen en España) podrían ser eliminadas. De forma paralela, la renta básica debería incluir la eliminación de la práctica totalidad de deducciones fiscales, exenciones y demás artefactos biensonantes e increíblemente regresivos del IRPF. De nuevo, si estamos dando una cantidad de dinero suficiente para sobrevivir, no es necesario subvencionar nada con gastos fiscales.

El estado de bienestar pasaría a tener una estructura mucho más sencilla, y mucho más redistributiva: un IRPF sin deducciones, con un mínimo exento que libre la renta básica de tributación y un tipo único para todo el mundo después (alto y progresivo), una renta básica incondicional universal que absorba todos los subsidios redistributivos bajo un mismo techo, un sistema de pensiones y seguro de desempleo basado en ahorro obligatorio y cuentas individuales, y sanidad y educación gratuitas.

El coste total sería abultado, pero no inasumible; una renta básica de €300 al mes rondaría las 150.000 millones al año, o un 15% del PIB

El coste total sería abultado, pero no inasumible; una renta básica de €300 al mes rondaría las 150.000 millones al año, o un 15% del PIB. El gasto en pensiones y desempleo, en solitario, ronda los 180.000 millones; el gasto social de las comunidades autónomas anda por los 20.000. Todas estas partidas obviamente no pueden ser reasignadas de inmediato (especialmente las pensiones), pero entre cambios en cómo gastamos y el aumento de la recaudación fiscal al simplificar el IRPF (y unificarlo con otros impuestos, si es necesario) la renta básica podría llegar a ser fiscalmente viable.

La cuestión es, sin embargo, si una renta básica universal sería la mejor forma de reconfigurar el estado de bienestar, o si nos podemos encontrar con efectos de segundo orden no deseados. El efecto más obvio, y más preocupante, es la seria posibilidad que una renta básica disminuya dramáticamente la población activa a medio plazo. La existencia de una transferencia incondicional, estable y continuada podría hacer que una cantidad no precisamente trivial de la población optara por mudarse a una zona rural o una ciudad con alquileres baratos, se juntaran con un par de amigos y se bajaran del carro de la economía, lejos del mundanal ruido. Aunque esta pueda ser una decisión vital perfectamente legítima, nos podríamos acabar encontrando con una cultura de la dependencia en pocos años, y una economía que no puede pagar esas prestaciones.

Esto no quiere decir que el principio detrás de la renta básica sea una mala idea (todo el mundo, por el hecho de ser ciudadano, merece una vida digna); simplemente quiere decir que si queremos hacerlo viable, debemos implementarla de forma distinta. Si la renta básica puede acabar por disminuir la tasa de actividad, lo que debemos hacer es estructurar un sistema equivalente pero que cree incentivos para participar en el sistema y pagar impuestos. O más concretamente, la idea sería crear algo parecido a un impuesto negativo sobre la renta  que cumpliera con este objetivo.   

La idea es sencilla: dado que queremos que todo el mundo tenga ingresos mínimos, pero queremos también que trabajen, lo que podemos hacer es introducir un crédito reembolsable sobre las rentas del trabajo (CRT). Cualquier persona, por el mero hecho de estar trabajando, tiene derecho a una determinada cantidad de dinero público en forma de un crédito fiscal. La cantidad se reduce progresivamente, un porcentaje fijo por cada dólar adicional de sueldo. El crédito máximo, en este caso, estaría en al nivel de la renta básica, y sólo sería accesible para gente que esté trabajando o buscando trabajo activamente. Este crédito se reduciría de forma progresiva, según aumente el sueldo del trabajador, pero nunca de modo que un aumento de salario represente una caída de ingresos.

Este sistema (CRT) combinaría las virtudes de la renta básica (un nivel de ingresos garantizado para todos los trabajadores) con incentivos muy fuertes para aumentar la participación en el mercado laboral y evitar trampas de pobreza

En condiciones ideales, el CRT tendría forma de pirámide truncada: estaría cerca de cero para niveles de ingresos muy bajos (para evitar casos de trabajar dos horas e ingresar todo el crédito), subiría rápidamente según aumentan los ingresos (de forma que cada hora de trabajo adicional sea muy rentable al principio), permanecería estable hasta alcanzar el mínimo exento del IRPF, y se desvanecería lentamente según el trabajador paga impuestos. Como complemento a este sistema también se debería incluir un crédito reembolsable para personas dependientes, para dar un acceso equivalente a esta renta a todo el mundo.

Este sistema combinaría las virtudes de la renta básica (un nivel de ingresos garantizado para todos los trabajadores) con incentivos muy fuertes para aumentar la participación en el mercado laboral y evitar trampas de pobreza. El CRT también sería considerablemente más barato de implementar, ya que sólo estaríamos subvencionando a aquellos que realmente lo necesitan, y no toda la población.

Esta clase de sistema es intensamente redistributivo, y lo es de una forma que no crea incentivos para quedarse en casa. El único inconveniente (relativo) en este caso es que por un lado sería necesario conservar algunas transferencias y programas específicos para aquellos trabajadores que no pueden reengancharse a la economía por si solos (sea por minusvalía, enfermedad, educación o errores adolescentes), y que aunque es posible ajustar el crédito para que funcione bien con un sistema de desempleo y pensiones con ahorro obligatorio, será un galimatías no demasiado elegante. 

Por supuesto, el principal problema en España, tanto para renta básica como para un CRT, es que nuestra tasa de desempleo es espantosamente alta. La gente no se queda en casa por falta de incentivos ahora mismo; sencillamente, no hay trabajo. Hagamos lo que hagamos para solucionar los problemas de nuestro estado de bienestar, lo primero que debemos hacer es reducir la tasa de paro, no crear un CRT o renta básica. Pero eso lo dejaremos para otro artículo. 


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