Materias grises

Ciudadano Donald Trump

Donald Trump hablando en la CPAC (Conservative Political Action Conference) en Washington DC el 10 de febrero de 2011, fotografía de Gage Skidmore

Las primarias para ser el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos el 2016 están ya en marcha, y la mejor palabra para describirlas es probablemente “circo”. No me refiero a un circo de esos de carpa, tigres, leones y trapecistas (aunque la verdad, en estas primarias no faltan payasos) sino a uno romano, con gladiadores sacudiéndose hasta desfallecer. Ahora mismo hay 15 políticos conservadores que han presentado su candidatura (sí, 15), y aún quedan unos cuántos por entrar en acción.

Este año hay un candidato a la presidencia de Estados Unidos que casi requiere una categoría para él solo: Donald Trump

Normalmente cuando escribo un artículo sobre primarias empiezo por clasificar a los contendientes en grupos según sus posibilidades de éxito, con unos pocos favoritos viables, un pelotón más o menos nutrido de segundones esperando un golpe de suerte y un furgón de cola de tipos más o menos chiflados que parecen estar ahí más para salir por la tele que otra cosa. Este año en el primer grupo entrarían Jeb Bush, Scott Walker y Marco Rubio, y pasaría un ratito estupendo repasando sus respectivas carreras, sus virtudes y defectos. Ninguno de los tres es especialmente inspirador (Bush es demasiado cauto, Walker aburrido y Rubio está sobrevalorado), pero darían para una estupenda batalla electoral.

Este año, sin embargo, hay un candidato que casi requiere una categoría para él solo: Donald Trump. Básicamente porque desde que presentó su candidatura, las primarias republicanas parecen dividirse en Donald Trump y el resto.

Empecemos por el personaje. Donald Trump es un magnate inmobiliario que saltó a la fama en los ochenta. Corpulento, ruidoso, brusco, vociferante y directo, Trump se dedicó a comprar y vender edificios y hoteles de lujo en el volátil y eufórico mercado inmobiliario de Nueva York, una especie de Gordon Gekko del ladrillo con un peinado cuestionable. Sus inversiones siempre se caracterizaron por su opulencia, gusto dudoso y efectismo, merced del enorme talento de Trump para atraer publicidad.

Como todo magnate con ínfulas de exclusividad y glamour, Trump acabo metiéndose a comprar casinos. Como tantos otros antes que él, acabó perdiendo hasta la camisa, con sus empresas cayendo en bancarrota a principios de los noventa. Gracias a su indudable carisma (y una prensa hipnotizada por tener un tipo así a quien entrevistar) Trump consiguió recuperarse ya fuera con proyectos propios o vendiendo los derechos de su nombre para la publicidad de proyectos ajenos. Su talento para explotar su imagen de hombre de negocios de éxito le llevo a la televisión con The Apprentice, un reality donde Trump escogía a un nuevo empleado entre los concursantes. Aunque durante toda su carrera Trump siempre ha proclamado tener una fortuna inmensa (ahora mismo dice tener más de 9.000 millones de dólares), en más de una ocasión sus cuentas han sido cuestionadas.

El Trump empresario es una mezcla de gurú económico de andar por casa, ruidoso magnate al frente de proyectos más o menos extravagantes y ocasional fracasado

En todo caso, el Trump empresario ha sido una presencia constante en los medios americanos; una mezcla de gurú económico de andar por casa, ruidoso magnate al frente de proyectos más o menos extravagantes y ocasional fracasado cerrando casinos (por tercera vez, en algunos casos). Los periodistas siempre han podido contar con sus bravuconadas y grandes ideas cada vez que le daban un micro, siempre con ese acento pastoso de Queens que le caracteriza.

Trump llevaba flirteando con la política desde hacía años, hasta el punto que una posible candidatura suya era casi una broma recurrente en cada ciclo electoral. The Donald es la clase de tipo que parece disfrutar proclamando que todo el mundo está haciendo las cosas mal en Washington y proponiendo hacer exactamente lo contrario de forma invariable, sin que importe demasiado quién habita en la Casa Blanca. Eso le ha llevado a pedir un impuesto especial sobre los superricos para cerrar el déficit durante la era Clinton (cuando los demócratas habían dejado el populismo de lado), criticar la invasión de Irak en la era Bush o a estar a favor de restricciones en la posesión de armas de fuego. Es el típico personaje que prefiere ser original a ser coherente, siempre buscando llevar la contraria y cambiando de opinión sin pudor alguno. Algo así como el bloguero medio, vamos.

La población hispana y latina en los Estados Unidos en 2010

La cuestión es que tras décadas de hacerse el interesante, Trump finalmente ha descubierto sus esencias conservadoras y se ha presentado a las primarias republicanas. Ignorando sus elogios a Hillary Clinton el 2012 o el hecho que siempre ha dado más dinero a candidatos demócratas en el pasado, Trump quiere ser presidente, y ha entrado en la carrera electoral como el proverbial elefante en una cacharrería. Contando que Trump es la clase de persona que mataría a su abuela a cambio de estar delante de un micrófono y su afición a decir burradas sólo por provocar, qué podría salir mal.

Para desgracia del resto de candidatos republicanos, muchas cosas. El mismo día que presentó su candidatura, en su primer discurso en la Torre Trump de Nueva York ante una multitud enfervorecida de actores pagados (sí, el tipo contrató extras), Donald John Trump Sr. criticó la política de inmigración de Obama y el gobierno de México, diciendo que el país vecino enviaba asesinos y violadores a Estados Unidos, quizás con algún tipo decente ahí mezclado. Trump no estaba seguro si había algún inmigrante que no fuera un criminal.

Bien, el partido republicano lleva varios ciclos electorales intentando atraer el voto latino tras la debacle que representó para ellos el fracaso de la reforma migratoria de Bush. Os podéis imaginar lo bien que han sentado estas declaraciones ligeramente racistas de Donald Trump, candidato republicano a la presidencia.

Lo más delirante es que Trump, tras soltar esta enorme sarta de burradas, ha subido como la espuma en las encuestas, empatando o incluso superando a Jeb Bush

La campaña, casi de inmediato, ha pasado a girar en torno a Trump. Lejos de retractarse o pedir perdón, el tipo ha apretado el acelerador, subiendo el tono de sus ataques a México y presentando toda clase de “evidencia” al respecto, a pesar que todos los estudios señalan que la criminalidad entre inmigrantes es menor que entre nativos. Los periodistas, como no, ahora se pasan el rato persiguiendo al tipo a ver qué burrada dirá ahora, y después preguntando al resto de los candidatos su opinión al respecto. Dado que las bases del partido republicano son de media mucho más conservadoras y menos amigas de la inmigración que el resto de votantes, la contorsiones de todos esos aventurados políticos para evitar contradecir a Trump sin decir nada horriblemente racista han sido bastante lamentables.

Lo más delirante de todo este asunto es que Trump, tras soltar esta enorme sarta de burradas, ha subido como la espuma en las encuestas, empatando o incluso superando a Jeb Bush. El resto de republicanos ahora se van a ver forzados a meterse con Trump, les guste o no.

Inmigrantes mexicanos marchan por más derechos en la ciudad de San José, California (2006). Fotografía de z2amiller en Flickr

De forma más significativa, la peculiar estrategia de Trump puede que acabe por servir de modelo a otros candidatos. Debido a la absurda sobreabundancia de contendientes, tanto CNN como Fox van a limitar el número de participantes en los debates este agosto. Los diez candidatos que mejor vayan en las encuestas entrarán en el debate “para mayores” en ambas cadenas, mientras que los que anden por debajo o bien se quedarán fuera (CNN) o participarán en el “debate infantil” en alguna hora imposible (Fox). Con tanto político suelto, basta sacar un 2.8% en los sondeos para entrar en el top-10 (ahora mismo Rick Perry ocupa ese lugar), y basta pasar de 10% para estar entre los dos primeros. No hace falta ser un genio para darse cuenta que de aquí al primer debate (de doce) el seis de agosto veremos una escalada de barbaridades entre los candidatos rezagados para intentar meterse en el plató como sea.

La gran esperanza de las élites del partido republicano es que Donald Trump sea un fenómeno pasajero. En las primarias del 2012 varios candidatos igualmente extravagantes lideraron las encuestas en algún momento (Bachmann, Cain, Gingrich) antes de ser el foco de atención de los medios y el blanco de toda la artillería de campaña de Mitt Romney.

En un principio, Trump no debería ser distinto. El problema, claro está, es que ni Bachmann, ni Cain, ni Gingrich eran tan ricos como Trump, ni tan insensibles a las críticas. Es perfectamente posible que el tipo siga en campaña, gastándose cantidades ingentes de dinero en demoler a sus competidores, sin posibilidades de ganar pero haciendo de todo el proceso un horror tóxico que deja al ganador completamente desacreditado en las generales.

El viejo problema de las primarias que si bien son un mecanismo más justo, abierto y democrático para escoger candidatos y líderes, no está exento de riesgos

En el fondo, es el viejo problema de las primarias: son un mecanismo más justo, abierto y democrático para escoger candidatos y líderes, pero no está exento de riesgos. En un partido con unas bases relativamente escoradas hacia un extremo respecto al electorado general, con controles de entrada débiles para participar en el proceso y actores oportunistas con recursos casi ilimitados participando, la virtuosa competición de ideas puede convertirse en una guerra de tierra quemada.

El partido republicano en pleno estos días está deseando que Trump se aburra y se vuelva a casa, o que sus barbaridades le cuesten demasiado dinero e ingresos perdidos y prefiera retirarse. La salud democrática de Estados Unidos se lo agradecería.

Como columnista y observador de todo el cotarro, espero fervientemente que siga hasta el final.

Foto de cabecera: Donald Trump hablando en la CPAC (Conservative Political Action Conference) en Washington DC el 10 de febrero de 2011, de Gage Skidmore


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba