OPINIÓN

¡Calvinball!

Pedir que los catalanes que no apoyan la causa secesionista confíen en estas instituciones, sus dirigentes y las garantías que dicen ofrecer demuestra un cinismo extraordinario, y una total falta de respeto a sus derechos.

¡Calvinball!
¡Calvinball! EFE

En las tiras cómicas de “ Calvin and Hobbes ”, de Bill Watterson, los dos protagonistas juegan a menudo grandes partidos de calvinball, un juego de su invención. El reglamento, en palabras de Calvin, su inventor, es simple: “la única regla permanente de calvinball es que nunca puedes jugar de la misma manera dos veces”.

Es la clase de juego que un precoz niño de seis años y su tigre de peluche puede inventarse y encontrar muy divertido, aunque sea difícil saber quién gana, quién pierde, o cómo se puede marcar un oggy, una Q o identificar un espía triple infiltrado en tu equipo. Los niños de seis años son capaces de construir complejas distracciones en su cabeza que pueden dar grandes tardes de diversión de forma completamente incomprensible para los adultos.

Estos días en Cataluña algunos líderes parecen empeñados en utilizar el reglamento de "calvinball" para hacer política

Estos días en Cataluña algunos líderes parecen empeñados en utilizar el reglamento de calvinball para hacer política. Aunque su objetivo está más o menos definido, la secesión, el método empleado ha ido evolucionando progresivamente desde una reverencia totémica al ordenamiento jurídico catalán, que debe ser intocable desde el exterior, a un alegre inventarse las reglas sobre la marcha, cambiando la definición de lo que vale según ellos en cada momento.

Una de las bases de cualquier democracia moderna es que todo mundo se rige por unas determinadas reglas de juego. Los partidos compiten entre ellos bajo la premisa que uno puede sobrevivir a una derrota, ya que el ganador se compromete de forma implícita a no utilizar su mayoría legislativa para machacarte. Un gobernante puede aprobar las medidas y políticas públicas que considere necesarias, pero tiene una serie de límites explícitos o implícitos sobre cómo puede alterar las normas que le han escogido.

Esto se hace por dos motivos. Primero, para impedir que una democracia se convierta en una dictadura de la mayoría, donde los ganadores de las elecciones legislan la oposición a unas tinieblas perpetuas de las que nunca podrán emerger. Segundo, porque la estabilidad institucional es buena idea, y nadie en su sano juicio quiere vivir en un país donde las leyes son alteradas siguiendo la lógica de un niño de seis años.

Han decido que a partir de ahora ellos van a escribir el reglamento sobre la marcha, según les convenga

La carrera de los independentistas hacia el referéndum parece un intento de aplicar las reglas de calvinball a la política. Los partidos gobernantes en la Generalitat han decidido que las reglas del juego que definen cómo se toman decisiones en Cataluña no son de su agrado, y han decido que a partir de ahora ellos van a escribir el reglamento sobre la marcha, según les convenga.

Ejemplos hay muchos, de pequeños a grandes. Durante el debate sobre la convocatoria del referéndum, un par de diputados de la oposición solicitaron que el título VII de la propuesta independentista se votara por separado. El estatuto de autonomía catalán exige, de forma clara y sin ambigüedades, que la ley electoral de Cataluña necesita una mayoría de dos tercios para ser aprobada por el parlamento. El título VII de la ley del referéndum es una ley electoral casi completa, incluyendo junta electoral, composición de las mesas y demás componentes para organizar una votación. Parece lógico, por tanto, que si sigue lo que dice el estatuto deba ser votada con una mayoría de dos tercios. Los independentistas no tienen esa clase de mayoría, así que decidieron ellos solitos que no hacía falta sacarla, y aprobaron la ley en bloque igualmente.

Si sólo estuviéramos hablando de la aprobación de una ley electoral de forma chapucera tendríamos un problema, pero el proceso secesionista va bastante más allá

Si sólo estuviéramos hablando de la aprobación de una ley electoral de forma chapucera tendríamos un problema, pero el proceso secesionista va bastante más allá. El Estatut es la ley que define la relación entre Cataluña y el gobierno central. Es una norma que forma parte del bloque de constitucionalidad; a pesar de ser aprobada en las cortes como una ley orgánica, sólo el parlamento catalán puede iniciar su reforma, e incluso para hacerlo necesita de una mayoría cualificada de dos tercios porque así lo decidió el parlamento en su día. A los independentistas les importa poco. La definición de la relación entre Cataluña y estado ahora se hará siguiendo el vuelo de las lechugas tras ser lanzadas desde el Pedraforca, o en su defecto, lo que le salga de las narices a la ajustada mayoría parlamentaria soberanista en el parlament. Ellos sólitos ahora dicen que no les gusta esto de tener un amplio consenso político para nada, y que van a preguntar a la Gente, así con mayúscula, vía referéndum.

Obviamente, no hay nada en el manual de instrucciones sobre cómo votar esta clase de cosas en referéndum, porque no estaban en las reglas. En el calvinball independentista, sin embargo, esto no es problema: ellos van a decidir también qué es un referéndum válido, quién puede votar, cómo y dónde, así por las buenas. La ley aprobada hace unos días es esencialmente eso, un grupo de legisladores decretando que ahora votamos así, porque ellos lo dicen, y que ahora se puede votar sobre todo lo que ellos quieran, porque ahora las reglas son estas que recién ellos se han inventado. Si eso implica que la junta electoral ahora son sus amigotes, no hay requerimiento alguno de participación y que por cierto que de todas esas leyes que definen tus derechos ahora sólo están en vigor las que a ellos les gustan, pues mala suerte. Los independentistas pueden insistir que la votación tendrá garantías tanto como quieran: cualquier garantía que puedan ofrecer es papel mojado si pueden cambiar las reglas cuando les venga en gana, como han hecho hasta ahora.

La secesión es una causa legítima. Errónea, en mi opinión, pero legítima. Los independentistas pueden pedir irse, y el resto de partidos deben tomarse sus reivindicaciones en serio. Cualquier proceso político que lleve a ella, sin embargo, debe partir de la idea que aquellos que no están de acuerdo saben que pueden confiar en la imparcialidad de las reglas, y que los impulsores de la secesión, desde el poder, no van a estar cambiando cómo se toman las decisiones según les convenga en ese momento.

El referéndum, y cómo se está llevando a cabo, es un abuso de poder de un grupo de políticos que están utilizando las instituciones de forma extralegal, sin ningún respeto por aquellos que no están en ellas

Esto es necesario por un lado porque no queremos una dictadura de la mayoría, pero sobre todo por un motivo mucho más práctico para la causa independentista: la única forma que tienen para que los hipotéticos perdedores de un referéndum acepten el resultado es que puedan confiar en el mecanismo que lo ha llevado a la práctica. El referéndum, y cómo se está llevando a cabo, es un abuso de poder de un grupo de políticos que están utilizando las instituciones de forma extralegal, sin ningún respeto por aquellos que no están en ellas. Pedir que los catalanes que no apoyan la causa secesionista confíen en estas instituciones, sus dirigentes y las garantías que dicen ofrecer demuestra un cinismo extraordinario, y una total falta de respeto a sus derechos.

Podemos hablar sobre secesión. Los partidos españoles deben tomarse las reivindicaciones en serio, y estar dispuestos a ofrecer un mecanismo con suficientes garantías si una mayoría suficiente del parlamento catalán así lo pide mediante una reforma del estatuto y una propuesta formal de reforma constitucional. Pero si los secesionistas sólo ofrecen un partido de calvinball, la verdad, no hay nada de qué hablar.


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