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Todos somos Screech: homenaje a los pagafantas de la tele

Hackers y ladrones, intromisiones en la vida privada, insultos, trolls de todo tipo; justificaciones babosas e inoperantes leyes. En ocasiones, internet saca lo peor de nosotros y estos últimos días todos lo hemos visto copando la actualidad y los titulares. De modo que metemos la reversa y, a modo de disculpa poética (y recordatorio de nuestro fracaso como machos), agachamos la cabeza y procedemos a recordar los mejores y más entrañables ‘pagafantas’ de las series televisivas, la mayoría procedentes de tiempos en los que las cosas eran algo más sencillas de dilucidar, y también algo más entrañables. 

Screech Powers: temporadas y temporadas detrás de Lisa Turtle en Salvados por la campana.
Screech Powers: temporadas y temporadas detrás de Lisa Turtle en Salvados por la campana.

Porque ¿quién no se ha sentido alguna vez como Gorka Otxoa en Pagafantas, la película de Borja Cobeaga, hoy afamado guionista de Ocho apellidos vascos? El gran mérito de la película fue bautizar el término para las masas, y si bien el asunto no llegó a cuajar del todo en taquilla, sí situó en el mapa a la figura del eterno amigo de ella, del pardillo, del agradecido tomacafés que te acecha en la silla de atrás (sí, a tI te lo digo, mujer). El humillante vía crucis del pagafantas, siervo, vasallo y esclavo de heroínas femeninas como las de la saga Crepúsculo, Los Juegos del Hambre y otras divergencias, representa el fantasma del fracaso que parece perseguir al macho de principios de siglo (de todos los principios de siglo).

Claro que si nos referimos a esto de la identificación, el asunto tiene ramificaciones más complicadas. Steve Urkel y Screech, el eterno aspirante a Laura Winslow y el pesado de libro de Salvados por la campana (al parecer, pesado delante y detrás de la pantalla, a tenor de la opinión de sus compañeros de reparto), representaron la figura del eterno pretendiente durante los noventa, pero lo hicieron perpetuando el tópico, emborronando el concepto de pagafantas y relegando al personaje a la categoría de secundario cómico, extravagante, pesado y un poco deforme. Tampoco era para tanto: al fin y al cabo, uno se desdobló en guaperas y el otro, haciéndose una porno.

Porque ahí tenemos a Carlton Banks y a Ross Geller, dos hitos televisivos de la misma época o un poco después que, al menos, aportaban algo de realismo al fracaso amoroso. El primero, un niño pijo progresivamente humanizado por el actor Alfonso Ribeiro (al tiempo que exageraba sus muecas) por momentos amenazaba con robarle la función al mismísimo Will Smith. Y qué decir de Ross, paradigma del judío apesadumbrado, que encadenaba fracasos amorosos al tiempo que suspiraba por la dichosa Rachel (aunque de paso, engordaba su colección de ligues más allá de lo humanamente posible).

Dos décadas más tarde, el tema sigue teniendo tela que cortar y adquiere notas sociópatas. Los titubeantes friquis de Big Bang Theory buscan y encuentran el amor en el rincón menos pensado. Pero incluso el narcisista Sheldon Cooper resulta cordial comparado con los de Sillicon Valley, unos tipos capaces de llamar a una stripper para luego encerrarse en su cuarto a programar unas cuantas líneas de código al oír el timbre. ¡Pero qué poca ambición!

Tuvo que venir el británico Stephen Merchant, media naranja de Ricky Gervais, para sacar al mindundi de bares y a las cadenas de cable. Hello Ladies, estrenada el año pasado en HBO, narra la patética búsqueda de amor de una serie de outsiders y perdedores acostumbrados a morder el polvo, pero no a echarlo. Realizada con la ayuda de Gene Stupnitsky y Lee Eisenberg, vinculados a la comedia The Office (otra serie con un buen número de pagafantas), la de Merchant no ha llegado a triunfar del todo, pero al menos siempre quedarán sus monólogos originales. 

Parece que el pagafantas, esa especie tan fácil de contentar, todavía no ha arreglado las cosas con el destino. A la espera del evento que cambie las cosas, invierta las tornas y se inicie la venganza, nos quedamos a la espera de una sonrisa, un café o, qué diablos, una mirada. Con eso basta ¿verdad, Michael Cera?


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