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Series depresivas, ¿ayudan?

Muchos critican que las personas que ven series son gente sin vida. Otros defienden que son un modo más de ocio, al igual que lo es el cine, salir a pasear o hablar con amigos. Pero lo cierto es que hay algunas series que, tras un análisis exhaustivo, pueden llegar a ser un gran remedio para curar pequeños episodios deprimentes que hacen del día a día una auténtica ficción.

Es el caso de Shameless y su angustiosa narración de uno de los mayores dramas televisivos jamás contados por el hombre. Para quien no lo sepa, la serie, estadounidense, claro, narra las penurias por las que atraviesa una familia de seis hermanos que han sido abandonados por su madre y se quedan al “cuidado” de un padre alcoholico, drogadicto, mentiroso y manipulador llamado Frank.

Este personaje, difícil de encontrar en otros dramas, recurre a todo tipo de tretas para conseguir dinero, aunque tenga que pegar, sobornar o utilizar a sus propios hijos para conseguirlo. La hija mayor, que hace a su vez de madre, padre y hermana de la tropa, busca todo tipo de trabajos, en ocasiones perjudiciales para la salud, para conseguir algo de dinero con el que alimentar a sus hermanos pequeños que, a su vez, colaboran con ella para llevar algún dolar a casa, aunque tengan 8 años y sea ilegal.

Desahucios, detenciones, mentiras y problemas con las drogas son la tónica habitual de una serie que ya alcanza su cuarta temporada en Estados Unidos y de la que, ante ese panorama, hay quien todavía se pregunta qué más le puede pasar a esta familia para no caer en prácticas aún más ilegales para sobrevivir.

Las que sobreviven, aunque sepamos que es todo una ficción, son las protagonistas de Girls. La serie creada, dirigida y protagonizada por Lena Dunham, esa niña bonita (aunque no tanto) de la HBO, es el contrapunto a la excentricidad, el lujo y la buena vida de Sexo en Nueva York. Sí, se ha dicho de todo y se han comparado hasta la saciedad estas dos ficciones de la misma cadena, aunque con 15 años de diferencia. Pero cuando la verdad aflora es difícil contener el riego de contrastes.

Cuando una joven, en el año 2000, se ponía frente a la televisión para ver a Carrie Bradshaw sentía que su vida jamás iba a alcanzar cotas tan inverosímiles en la realidad. Sin embargo, cuando la misma joven, ya con unos años de más, se pone frente a la pantalla a degustar el plato que sirve la Dunham, siente que ésta es la serie que tendría que haber visto 14 años atrás, cuando manceba y adolescente, podría haber dejado de soñar con cosas que nunca le pasarían.

También es verdad que Girls es una serie de contrastes en sí misma. Con una protagonista que se desvive por conseguir ser escritora, unas amigas que van desde la drogadicción de Jessa, hasta la locura transitoria de Shoshana y la autocomplacencia de Marnie, es imposible no preguntarse de dónde sacan el dinero para pagar unos alquileres que, en la vida real, no bajarían de los 1.000 dólares al mes, y que ellas, sin un trabajo fijo, pueden pagar gustosamente sin despeinarse. Es imposible, la vida no es eso.

Y de eso, de la vida, todavía sabe poco la protagonista de My Mad Fat Diary. La grandullona de este trío de 'dramedias' acaba de salir de un psiquiátrico y lucha por aceptarse y ser aceptada en un entorno tan volátil como sus hormonas. Alentada por su 'amiga' Chloe, que no tiene ni idea del problema por el que atraviesa, Rae está inmersa en un proceso para recuperar una energía vital que parece no haber tenido nunca. Es un drama, sí, pero entremezclado con unos 'gags' cómicos hacen de esta serie una forma perfecta de superar esos defectos que todos sentimos. Rae ayuda, y mucho, a hacer desaparecer nuestros problemas, aunque sea durante la hora que dura el episodio. ¡Esa bendita hora!


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