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¿Qué está fallando en el ‘Pekín Express’ de Cristina Pedroche?

Se trata del mismo formato, la misma mecánica, el mismo tipo de concursantes y, a priori, el mismo público objetivo, pero, ¿qué está fallando en la nueva edición de Pekín Express? ¿Por qué no consigue despegar? ¿Es cosa del cambio de cadena? ¿O toda la culpa recae en los hombros de su nueva presentadora, Cristina Pedroche? Hoy cogemos las mochilas y nos dirigimos raudos hacia la meta, a ver si por el camino encontramos alguna respuesta.

La llegada de una nueva remesa de Pekín Express, el concurso más viajero de la televisión, fue motivo de alegría. Por fin nos encontrábamos, de nuevo, ante un reality -pues seguir las aventuras de los participantes no deja de ser un reality- más preocupado por el concurso que por la convivencia, algo de lo que también debería tomar nota Supervivientes, que ha hipotecado toda emoción en pro de una buena bronca. Las anteriores ediciones de Pekín Express, en Cuatro y presentadas por Raquel Sánchez Silva, habían dejado el listón alto, tanto por entrega y entusiasmo, como por momentos míticos -el dúo madre e hija formado por Alazne y Meritxell- y manejo estupendo del montaje, consiguiendo tensión y nervios en cada final de edición. Con un formato tan asentado, nada podía fallar. O bueno, sí.

El principal escollo al que se enfrentaba este nuevo Pekín Express era el cambio de cadena. Antena 3, tradicionalmente, no es una cadena de realities, por mucho que el éxito de Top Chef les haya llevado a pensar lo contrario. Pero este no es un obstáculo insalvable si el producto es bueno. Cuestión distinta es el timing del mismo. Aguantar cuatro horas largas de programa que se adentran hasta las 2 de la madrugada es complicado, y más cuando estamos hablando de un espacio en el que la sensación de ritmo frenético es esencial. ¿Cómo vamos a meternos en la carrera con pausas de publicidad de treinta minutos de duración? ¿Cómo vamos a esperar con ganas el sprint final si nos quedan escasas horas para reincorporarnos al mundo laboral? Así es imposible mantener un concurso, pero eso a los directivos de televisión españoles les importa bien poco. Con rellenar dos franjas horarias y venirse arriba en el late night se conforman.

Con todo, el arranque de esta edición situada en Birmania no fue del todo mal. La elección de concursantes, ya muy condicionada al éxito de los mismos en las redes sociales -la necesidad de frases absurdas por minuto para que twitter arda con cada comentario es un requisito indispensable en todo tipo de programa-, prometía rivalidades entre las parejas, afinidades insospechadas y una pareja de gemeloconvertidos en los reyes del concurso desde el primer minuto. Concursantes que podrían participar sin ningún tipo de problema en ¿Quién quiere casarse con mi hijo? o Gran hermano, sí, pero efectivos al fin y al cabo. Profesionales tróspidos de la televisión a los que el público ansía destrozar a la mínima de cambio, que 'para algo van a un programa de televisión'. ¿Quién recuerda ya alguno de los platos de MasterChef cuando puede centrarse en los lloros de sus concursantes?

La mecánica del concurso siguió fiel a la que ya conocíamos en España, con alguna novedad bien llevada y pruebas que nos recordaban a otras que ya habíamos visto. Nada podía salir mal. O tal vez sí. Los datos de audiencia no fueron los esperados para un prime time de una de las dos principales cadenas privadas. Pekín Express perdía la comodidad de Cuatro y sus datos discretos para lanzarse a la lucha contra Telecinco, que no dudó en programar el estreno de la serie Anclados para contrarrestar los posibles daños del reality de Atresmedia. Y acertó de pleno. Mientras la ficción heredera de Aída se consagra, las aventuras por tierras birmanas se han quedado a medio gas. Un drama para el que nadie estaba preparado y menos tras haber confiado la conducción del programa a la estrella más deseada de la televisión actual: Cristina Pedroche.

El fichaje de la, hasta entonces, colaboradora era la baza segura de la edición. Todo el mundo está loco por Cristina Pedroche. Sus apariciones, sus posados sexies, sus semidesnudos en la Campanadas, sus chistes en instagram, su amor inquebrantable por el chef más rebelde de España, todo lo que toca la presentadora se convierte en oro, y claro, Pekín Express no iba a ser menos. Y no es que Pedroche no esté correctísima en su papel, demostrando que tiene más facetas de las que el público pensaba, sino que tal vez no es el formato en el que más puede brillar. Si algo gusta de la presentadora es su espontaneidad y ese combinación de humor, sensualidad y rapidez que le ha valido para erigirse en la estrella de Zapeando. Pero, ¿y dónde está todo esto en Pekín Express?

Pedroche ha ensayado estupendamente el ceño fruncidomarca Podemos para dotar de seriedad a todas las palabras que salen por su boca. Se echa en falta el ímpetu y las ganas que transmitían sus antecesoras en el cargo, Paula Vázquez y Raquel Sánchez Silva -lo de Jesús Vázquez y su edición con famosos mejor lo dejamos en el tintero-, apasionadas de la aventura y los riesgos y capaces de evidenciar mucho más sin necesidad de salirse del guión. Tal vez lo único que le falta a Pedroche es rodaje -mejoría que se va notando con el paso de las emisiones del programa- y un vestuario más acorde a la situación. El despliegue estilístico que rodeaba a Sánchez Silva se había convertido en marca del programa y en un referente del tiempo invertido en estudiar cada uno de los detalles del mismo, por mínimo que fuera. Incomprensible que Cristina Pedroche haya perdido todo el interés por el mismo. ¿A qué vienen esos shorts y las camisetas de lycra? ¿No tenía nada más acorde en su maleta?

Aun así, la llegada de la colaboradora no ha sido reclamo suficiente para el público. Mientras MasterChef, con quien comparte día de emisión, continúa con el ascenso a que nos tiene acostumbrados en cada edición -los arranques son discretos, pero las finales apoteósicas-, la audiencia parece que no va a ser tan benevolente con Pekín Express. Y puede que al concurso no le falle nada. Simplemente no era el momento más adecuado. Una lástima que las cadenas españolas no aprendan de sus errores. ¿Hasta cuándo tendremos que aguantar programas y series que terminan en plena madrugada? ¿A quién está dirigida la televisión nacional? ¿A los insomnes?


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