Tecnología

Acuse de recibo

Mi primer acercamiento periodístico al mundo de la tecnología data del año 1998, cuando una editorial me encargó realizar un catálogo de las cámaras fotográficas de entonces. Aunque se empezaba a hablar de modelos digitales, el mercado estaba copado por las cámaras basadas en película, las instantáneas de Polaroid y, como avance espectacular, las llamadas APS. Por cierto, prueba a contarle a un niño de unos diez años que, no hace tampoco tanto, para ver cómo había quedado la foto que acababas de disparar era necesario esperar, en el mejor de los casos, una hora.

(Flickr / ekkionline)
(Flickr / ekkionline)

A lo que voy. Para ilustrar dicho catálogo, no había más camino que las diferentes Canon, Fujifilm, Kodak o Pentax, entre otras, me remitieran folletos de las distintas cámaras (o una foto propia) por correo o mensajero, con el fin de escanearlas y editarlas. Al menos, un día de por medio por cuestiones de transporte.

Igualito que hoy, que conozco colegas que si precisan una foto de un producto y el email en el que la solicitan no es respondido en unos –pocos– minutos, se sorprenden y protestan. Advierto que esta peculiar conducta es perfectamente trasladable a la vida cotidiana. Damos por sentado que cualquier whatsapp, SMS, email o mensaje en general, no sólo será leído por el destinatario al instante después de que se lo enviemos, sino que la educación, el civismo, las buenas costumbres y la cortesía le obligan a que nos conteste de inmediato porque, de otro modo… nos sorprendemos y protestamos. Y no nos vale la, en muchos casos, cierta excusa de “pues no me ha llegado”. “No te creo, eso es imposible. Mira mi móvil, que figura como enviado”, replicamos. El caso es que esta reprimenda sí nos enorgullece hacerla de manera oral.

Lo anterior, creo, es habitual en los mensajes de relativa importancia. Sin embargo, va cada vez siendo más peligrosamente normal enviar felicitaciones, supuestas poses de preocupación por un estado personal o, incluso, nuestras más sentidas condolencias a través de un mensaje de móvil. Lo camuflamos bajo un “es que seguro que no está para hablar por teléfono” y tan panchos que nos quedamos. En estos casos, no nos importa no recibir contestación, al fin y al cabo, nuestra conciencia con esta acción unidireccional ya está tranquila.


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