Gourmet

Las bellotas de Júpiter

El más conocido de los taxonomistas que en el mundo han sido, el sueco al que los españoles llamamos Linneo, clasificó al nogal en una especie a la que llamó "Juglans", palabra que parece derivar de "Jovis glans", que viene a significar bellota de Júpiter; "glans, glandis", en latín, se traduce por bellota, como bellota es en inglés y francés "gland" y en italiano "ghianda".

Es evidente que un árbol no tiene forma de bellota, aunque las produzca, de modo que lo de la bellota de Júpiter irá, más bien, por el fruto del nogal: la nuez. Una bellota, ya que lo dice Linneo, ilustrísima; tanto, que al árbol que lo produce le colocó, como nombre específico, "regia". Así que el nogal (más bien la nuez) es la regia bellota de Júpiter, a su vez rey de los dioses en el panteón romano.

El problema es que, en español, del latín "glans" procede glande, que como saben ustedes es una parte de la anatomía masculina. Pero es que bellota, como tal, puede venir del griego "balanos", que también significa glande. Dejemos las cosas ahí, porque si nos vamos al glande de Júpiter y repasamos la lista de las conquistas amorosas del más golfo de los moradores del Olimpo esto acabaría discurriendo por derroteros sin duda interesantes, pero alejados del asunto del que suelen tratar estos comentarios.

Las nueces no sólo se comen

Nueces. No sólo se comen; han tenido, en la historia, usos curiosos. Quienes conozcan la popular zarzuela de Barbieri y Larra (hijo) "El barberillo de Lavapiés" recordarán que, en la canción que le sirve de presentación, Lamparilla proclama: "afeito a cien hombres con la misma nuez". Y es que en la época los barberos solían meter una nuez en la boca del cliente, para tensar la piel y hacer más fácil el afeitado. Visto lo que canta Lamparilla... no apetece.

Las nueces forman parte de algunos de los mejores recuerdos de mi época escolar. En el más largo recreo de la entonces larguísima jornada lectiva, que era el llamado "de la merienda", los alumnos externos llevábamos el bocadillo en una bolsa; estaban lejos los tupper y hasta el papel de aluminio (le llamábamos "de plata", o sea que como para envolver bocadillos).

Uno de mis bocadillos favoritos era un poco pringoso, pero me encantaba y me hacía salir de la rutina del salchichón, el chorizo y el membrillo. Era un bocadillo de nueces con miel. Una combinación perfecta, maravillosa: pan, nueces y miel. Con nueces nuevas, como las que causan la discordia entre amigos bien avenidos en el delicioso cuento "Ocho nueces" de Emilia Pardo Bazán, una buena miel y un buen pan se hacen unos canapés que van desapareciendo con mucha más rapidez que la empleada en cascar las nueces.

Maravilloso invento, el cascanueces; no sólo inspira la maravillosa música de Piotr Ilich Tchaikovski para el ballet de ese nombre, sino que se trata de un utensilio multiusos: quién no ha usado un cascanueces para romper las patas de una centolla, o quién no ha inmovilizado con él el tapón de una botella de champaña reacia a dejarse descorchar por las buenas...

Empanadillas dulces rellenas de nueces y miel

Si partimos de la trilogía anterior (pan, nueces, miel) y de la idea de que todo es mejorable, pasaremos a hacer un postre muy agradable: unasempanadillas dulces rellenas de nueces y miel. Ustedes pongan en un bol un huevo, una cucharada de mantequilla, una cucharada de azúcar glas y una pizca de sal. Además, tres o cuatro cucharadas de leche. Mezclen todo y vayan incorporando, desde un colador, un cuarto de kilo de harina. Ahora amasen, añadiendo más leche si es necesario, hasta lograr una masa manejable que dejarán reposar al menos una hora, para luego estirarla muy bien y cortarla en círculos.

Piquen mientras las nueces necesarias y repártanlas en esos redondeles; alégrenlas con un chorro de miel, cierren las empanadillas en su forma habitual y fríanlas en aceite, a poder ser aromatizado con pieles de algún cítrico: limón, mandarina, naranja... Cuando tomen un bonito color, escúrranlas bien sobre papel absorbente... y listas para disfrutar, calientes, tibias o frías, espolvoreadas con azúcar glas o canela... o, para qué privarnos, ambas cosas.

Miel y nueces. Dos delicias conocidas por el hombre desde la más remota antigüedad, fruto de las abejas y del nogal. Un postre, no lo duden, digno de los dioses... si no fuera que los dioses, en este terreno, se nutrían del aroma de los sacrificios (la carne se la comían los sacrificantes) y de néctar, como si fueran colibríes, que a lo mejor son tan bonitos por comer, precisamente, el alimento de los dioses... aunque, terminando por donde empezamos, tengamos que recordar que para Linneo el alimento de los dioses (Theobroma) era... el chocolate, que procedía de la planta a la que él llamó Theobroma cacao. Como ven, el científico sueco era muy aficionado a dedicar a los antiguos dioses las cosas que le parecían excelentes. Como las nueces.


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