Gourmet

La metamorfosis del albariño

Desde hace unos años, en muchas regiones de España la viticultura y los vinos han sufrido una metamorfosis espectacular. No menos ha sucedido en Galicia y en sus vinos de albariño de la D.O. Rías Baixas, aunque todavía hay mucho que hacer (o deshacer).

Nombres como Fillaboa, Pazo Señorans, Santiago Ruiz, Fefiñanes y otros tantos abrieron un camino a los vinos de calidad en esta zona. Después llegó el boom de los 90, en el que decenas de bodegas se pusieron a hacer vinos de calidad bajo la seña del albariño fresco y ligero que demandaba el mercado.

Pero como ya hemos hablado anteriormente, detrás de los fenómenos de moda surge también mucha mediocridad, manipulación de vinos, cosechas excesivas y demás problemas para conseguir una verdadera calidad. Aquí no vale relajarse, por lo que surgió una nueva generación de enólogos, viticultores o simplemente gente amante del vino que andaban tras esa excelencia con más respeto a la tierra y la naturaleza misma, en vez de buscar solo el lado comercial.

Surgió gente como Rodrigo Méndez con su Forjas del Salnés. Además de saber hacer vinos (ayudado por Raúl Pérez en una de sus múltiples colaboraciones) sabía moverse para hacer llegar su trabajo a más gente, aunque fueran casi minúsculas sus producciones comparadas con las grandes bodegas.

El éxito de Bodegas Nanclares

Pero también existe esa gente en la sombra que está haciendo muy buenas cosas, pequeñas. Este es el caso de Alberto Nanclares, que aunque quizá por edad no pertenecería a la nueva generación, en cuanto a espíritu y convicciones sí lo estaría. Alberto, riojano de nacimiento, dejó su trabajo de economista y se encontró viviendo en una casa con viñedo incluido, situación que le era familiar por su origen. Y se puso manos a la obra y las Bodegas Nanclares se hicieron realidad.

Su producción es escasa y Alberto trabaja su viña con mucha naturalidad, con las mínimas intervenciones. Como es enólogo sin título, su forma de trabajar no es matemática y sus vinos se van elaborando según interpreta lo que las propias uvas le van diciendo.

Su vino más conocido es su básico Tempus Vivendi, un albariño de raza, y que siempre es mejor beberlo con 1 o 2 años por su magnífica acidez y cuerpo. Aunque en realidad queremos hablar de una de sus últimas elaboraciones, Crisopa. Un albariño diferente en elaboración y por tanto en su disfrute.

Un vino a la antigua usanza

Ha sido elaborado a la antigua usanza, pisado y fermentado con los hollejos y criado con sus lías, lo que le da un color menos brillante y aromas algo diferentes a los albariños más habituales. Más maduro en nariz, frutas con una cierta oxidación, pero por debajo asoman las notas frescas y minerales. En boca es graso, con volumen y cierta tanicidad ya que ha estado en contacto con las pieles.

Desconcertante pero a la vez magnético este albariño. Olvídense de todo lo que hayan probado antes, suelten sus papilas y pupilas como Alberto suelta su imaginación cada año para hacer el mejor vino posible de sus viñas que miran a la ría de Arosa.

Es posible que sea ya difícil de encontrar, porque solo salieron 502 botellas. Aunque son vinos bien diferentes, compren una botella de su vino básico Tempus Vivendi, guárdenla 1 o 2 años y prueben a ver cómo ha evolucionado, se sorprenderán. Y ya saben, pregunten en las tiendas de barrio o especializadas, les están esperando con los brazos abiertos, quieren hacernos felices.


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