Gourmet

Una espía en Can Roca

Cientos de artículos hemos leído sobre El Celler de Can Roca desde que escaló todos los puestos en el escalafón de los mejores restaurantes del planeta, pero muchas veces estas reseñas están tan llenas de pompa y lenguaje rimbombante que el auténtico amante de lo gourmet acaba perdido en la traducción. En Marabilias hemos decidido enviar a una espía que disfrutó del restaurante como lo haría cualquiera. Aquí está la crónica más sencilla y natural que nadie ha escrito sobre el premiado restaurante de los hermanos Roca.

Todo comenzó hace diez meses con una llamada de teléfono al mejor restaurante del mundo, el Celler Can Roca. Reservo al azar para doce personas, tengo la teoría que para este tipo de planes te salen amigos de las piedras. El día es el jueves 6 de marzo (imposible conseguir fecha en fin de semana), lo apuntó y me olvido del asunto hasta que, diez días antes de la fecha, recibo un mail para escoger el menú del grupo. Decido no preguntar a nadie -muchas opiniones juntas suelen traer problemas- y selecciono el más sencillo, el de degustación de clásicos.

Llegan las 21 horas del famoso y esperado 6 de marzo y entramos los 13 (ampliamos comensal la víspera) a este templo gourmet. En lo primero que me fijo es en la decoración, y confieso que me sorprende lo moderna que es. Nos reciben en la entrada y nos llevan a un reservado al lado de las bodegas. De repente me siento como una actriz de Hollywood, estamos escondidos y nadie nos puede ver (Primera nota: soy muy peliculera).

El parmentier de calamares con pimentón rojo ahumado y el cochinillo a la Rioja son las dos obras maestras.

Comienza el festín (segunda nota: he escogido un vestido negro suelto para poder dar rienda suelta al festival gastro). El primer entrante es una adivinanza, cinco pequeñas delicatessen que hay que relacionar con cinco países diferentes: Perú, México, Marruecos, Corea y China (Tercera nota: solo acierto tres). Durante media hora más degustamos otros entrantes, pero si tengo que destacar uno, sin duda, me quedo con la cucharada con tortilla de caviar, ¡se derrite en la boca!

Turno para los platos fuertes. Empezamos con un timbal de manzana y foie gras con aceite de oliva. Está muy rico pero resulta imposible terminar si se quiere seguir degustando platos. En mi opinión el parmentier de calamares con pimentón rojo ahumado y el cochinillo a la Rioja son las dos obras maestras. Cabe resaltar que todo este festín va acompañado de un excelente maridaje -cava, vino blanco, tinto, dulce- que recorre España de punta a punta: Málaga, el Penedés, la Rioja, Lanzarote…

Con el estómago lleno, nos pasan al salón para la copa y es en ese momento cuando aprovecho para colarme en la cocina y charlar un rato con los hermanos más famosos de los fogones, los Roca. En cuanto llevamos un rato hablando de lo humano y lo divino, me doy cuenta que la fama no se les ha subido a la cabeza, que son personas sencillas, humildes y muy naturales -no contaban con mi presencia y me atienden como si hubiera ido con cita previa-. Lo que más me llama la atención es como se les iluminna los ojos cuando hablan de su madre y la sencillez con la que me cuentan que comen todos los días en el restaurante que ella tiene no muy lejos del suyo. “Se come estupendamente. Te diré que desde hace poco hemos empezado a pagar el menú porque nos parecía mucho abuso” se ríen.

En resumen, una gran experiencia. Servicio impecable y una comida deliciosa, ¿qué más se puede pedir?


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