Gourmet

Salchichas con solera bajo el metro de Berlín

El Konnopke's Imbiß es un lugar castizo de Berlín. Este restaurante de comida rápida casi centenario resiste el paso de los años en Prenzlauer Berg, uno de los barrios céntricos de la capital alemana más gentrificados. El secreto de su éxito son sus salchichas típicas con salsa kétchup y curry en polvo que tanto gustaran al otrora canciller socialdemócrata Gerhard Schröder. Con ocho décadas de vida, el Konnopke's Imbiß pasa por ser el ‘puesto de salchichas más célebre de Berlín’, según los términos del semanario Der Spiegel.

Pocos recuerdan que Gerhard Schröder, ahora muy amigo de Vladimir Putin y aficionado a los lujos asociados a la industria del gas ruso, disfrutaba de cosas sencillas siendo canciller. Tanto es así que su lugar de predilección para tomar currywurst – salchichas con kétchup y curry – era el Konnopke's Imbiß. Allí llevan sirviendo aperitivos y comidas ligeras, para nada sofisticadas, desde 1930. Desde 1960 está situado bajo la línea del metro U2 de Berlín, a la altura del número 42 de la Schönehauser Allee.

El Konnopke's Imbiß reúne un público de lo más variado.

El lugar, aunque no lo parezca, es un clásico de la gastronomía berlinesa. Sociológicamente, reúne a un público de lo más variado. Entre los clientes figuran, por un lado, los habitantes de siempre de Prenzlauer Berg, a saber, obreros, estudiantes, artistas, oficinistas y hombres de negocios, y, por otro, los turistas y los vecinos ‘globalizados’ del barrio.

Con estos últimos se suele asociar el fenómeno de gentrificación de Berlín, otra metrópolis víctima de esa tendencia que consiste en apartar a los ciudadanos más pobres de sus barrios a medida que estos se modernizan. Estos cambios llevan los alquileres a unos niveles altísimos, que nada tienen que ver con lo poco que se pedía por metro cuadrado no hace tanto. En Prenzlauer Berg, el metro cuadrado alquilado al mes ya cuesta diez euros y medio.

Un pequeño lugar de gran placer

Por ocupar metros cuadrados no destaca precisamente el Konnopke's Imbiß. Las incontables raciones de patatas fritas y salchichas que van de la cocina a las ventanillas por las que se distribuyen a los comensales se hacen en un espacio mínimo. La cocina, el almacén, el estante de venta al público, en definitiva, el Konnopke's Imbiß, no tiene más de medio centenar de metros cuadrados. En ellos se ven trabajar a una decena de personas.

En su dilatada historia, que le hizo destacar, por ejemplo, como el primer sitio de venta de currywurst en el Berlín Oriental de los años sesenta, el también llamado ‘Konnopke's’ a secas ha ido transformándose hasta adoptar su actual forma de sólido establecimiento. Pero de la mano de su fundadorMax Konnopke's, y su esposa Charlotte, el negocio comenzó en 1930 siendo poco más que un par de mesas plegables y una hervidora de salchichas.

Para los clientes, hay ahora más acomodo que el que pudiera ofrecerse en el periodo de entreguerras. Hay unas cuantas mesas altas en las que comer rápido, antes de que el frío berlinés se lleve la sabrosa calidez de raciones y rápidos menús. También hay una más bien acogedora sala abierta a la calle que permite refugiarse algo más los días de invierno.

Puedes comer una currywurst por tan sólo 1,90 euros.

Lo que se sirve en el ‘Konnopke's’ son snackscon los que quitarse el hambre disfrutando y sin que el bolsillo se resienta. Una currywurst, la especialidad de la casa, cuesta 1,90 euros, a lo que se puede añadir a la hora de comer una ensalada de patatas con mayonesa (otros 1,90) o una pequeña ración de patatas fritas (1,60 euros). El panecillo, para los que no puedan comer sin él, cuesta treinta céntimos. Lo que más cabe apreciarse es la salsa kétchup, una receta familiar cuya composición permanece secreta y que resulta en el Este de Berlín “tan legendaria como la de Coca-Cola en Estados Unidos”, según Thomas Hüetlin, reportero del Der Spiegel.

En vista de lo accesible que resulta la cuenta en el Konnopke's Imbiß, este lugar se distingue ahora más que nunca por sus precios populares. En  Prenzlauer Berg, cualquier cafetería con la etiqueta bio – que indica que todo cuanto se consume en ella es de origen orgánico – vende un tazón  a más de tres euros.

El contraste llama la atención, como esas fachadas de edificios de la era comunista aún por renovar en el barrio y que, sin duda, albergan un número menguante de punkies y okupas. En este contexto, puede verse en el Konnopke's Imbiß una suerte de reivindicación popular en términos gastronómicos en medio de una zona que camina inexorablemente, como Berlín, hacia lo in, lo exclusivo y loelitista.


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