Gourmet

Lavapiés y sus cafés con sorpresa

Las tardes frías de la capital son menos tristes al arrullo de estas cafeterías ‘raritas’ que ofrecen mucho más que una taza humeante. Son cálidas y acogedoras como el salón de casa, pero dan una vuelta de tuerca al ritual de mojar la magdalena, devorar un libro, ver una peli clásica o recitar un poema. Incluso darse un baño vitaminado de zumos ecológicos o sacar la vena animal entre ronroneos gatunos. Están, cómo no, en el barrio más castizo y casan perfectamente con su perfil multicultural. Recorremos los cafés de Lavapiés, donde el café es lo de menos.

Swinton & Grant

Como si de sacar al artista que uno lleva dentro se tratara, esta cafetería-librería-galería de arte está concebida como un lugar de encuentro para creadores de todas las disciplinas. Por eso al interesante fondo bibliográfico de Ciudadano Grant (comics, novelas gráficas, fanzines, libros de arte…) se suma el gigantesco espacio de Swinton Gallery, donde tienen cabida exposiciones de artistas emergentes y proyectos relacionados con el arte urbano. Todo cabe en este café multicultural luminoso, tranquilo, con buen wifi, ideal para la ebullición de ideas o para una simple merienda (tartas, bocatas, snacks…) como espectador infiltrado. Porque las musas pueden irrumpir de pronto y para ello, hay cuadernos en blanco, cachivaches sin montar y material diferente para iniciarse en cualquier propuesta creativa. (Miguel Servet, 21).

Café Kino

Pionero y único en su especie es este local de Lavapiés donde el café lleva el aroma del séptimo arte. Porque eso es precisamente lo que es Kino, un café-cine en el que se proyectan películas de calidad en un salón acogedor y en horario continuo. Uno puede hundirse en el sofá, encargar un sigiloso menú y entregarse a un clásico en blanco y negro o a una rareza en versión original. Hay, además, ciclos temáticos, coloquios con actores y directores, cine mudo con música en directo, cursos de guión y un festival de cortometraje propio. Y si las pelis te las reservas para casa, también puedes usar el otro espacio para trabajar o leer el periódico: tiene wifi, es cálido y sirve cremosos capuccinos con tarta de zanahoria. (Olivar, 17).

El dinosaurio todavía estaba ahí

Si piensas que la lectura es un deporte en extinción, sólo tienes que acudir a este fantástico café-librería-gastrobar. Y no sólo porque su nombre rinda tributo al gran Monterroso, sino también porque el local es en sí mismo el edén de los libros. De los libros, eso sí, de pequeñas editoriales, de autores independientes, de historias que no llegan al público masivo pero que son capaces de tocar el alma. Poesía, relato y novela negra son las especialidades que copan sus estanterías, al lado de un puñado de mesas donde se sirve café y deliciosos platos con nombres de obras literarias. Las tardes, en El Dinosaurio también acogen tertulias, presentaciones y recitales, en una peculiar apuesta por erigirse en el café de las letras. (Lavapiés, 8).

La Gatoteca

Conocer a los gatos, acariciarlos, jugar con ellos… y mientra tanto degustar un café (o una bebida sin alcohol). Esta es la filosofía nada convencional de La Gatoteca, que se define a sí misma como ‘un club de este mundo felino’. Porque el gato es el protagonista de este curioso experimento en el que, por encima de todo, prima la protección animal. En realidad, se trata de la sede de la Asociación Abriga que ayuda a los gatos sin hogar y que ofrece a la gente interesada pasar un buen rato con ellos. En lugar de las consumiciones, se paga el tiempo transcurrido entre mimos dentro de un agradable salón de dos plantas con sofás, mesas bajas, libros y wifi gratuito. Si alguien se encapricha con alguno, ayudan a tramitar la adopción. Y si alguien sólo quiere un recuerdo, existen numerosos artículos, por supuesto de temática gatuna. (Argumosa, 28).

El Café El Mar

“No tenemos wifi, hablen entre ustedes”, reza un cartel de este diminuto café camuflado tras la fachada de una antigua peluquería que conserva su letrero en unos históricos azulejos azules. Porque a El Mar se viene, efectivamente, a hablar mientras uno se deleita con la cantidad de productos orgánicos y macrobióticos que ofrece todos los días: que si zumos recién exprimidos con la fruta y la verdura elegida de la despensa, que si leche de soja o avena, que si hamburguesas vegetarianas… Todo se vende a buen precio, incluido el mobiliario de mesitas de madera con sus sillas de colores vivos. Un lugar original para un público heterogéneo en el que caben los vecinos de siempre y los nuevos moradores del barrio. (Embajadores, 31).


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