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Premios Oscar 2015: una estatuilla, un ‘paquete’ y una buena dosis de aburrimiento

Los Oscar 2015 pasarán a la historia por ser el año en que Julianne Moore ganó, por fin, la estatuilla. Del resto, no nos acordaremos dentro de tres meses. Ni de ‘Boyhood’, ni de ‘Birdman’, ni del vestido con tropecientas perlas de Lupita Nyong’o. Como mucho, haremos un esfuerzo de memoria para quedarnos con que Michael Keaton se fue de manos vacías y dedicaremos un rinconcito para el paseíllo en calzoncillos de Neil Patrick Harris. Si es que esto va camino de acabar como los Goya...

Neil Patrick Harris se quedó en calzoncillos durante la ceremonia de los Oscars (Gtres).
Neil Patrick Harris se quedó en calzoncillos durante la ceremonia de los Oscars (Gtres).

Si el año pasado tuvimos el selfie más retuiteado de la historia, hoy nos quedamos con el 'paquete' más comentado del momento. Neil Patrick Harris recogió el testigo que le había dejado Ellen DeGeneres, se lo metió en los calzoncillos y salió a marcarse un plano-secuencia en homenaje a Birdman, la cinta que se lo iba a llevar todo y acabo quedándose a medio gas. Ese fue el momento cumbre de una gala menos espontánea de lo que esperábamos -y también menos divertida-, aunque técnicamente al nivel de corrección que nos tienen acostumbrados. Claro que es lo que pasa si confías en las cualidades vocales de alguien acostumbrado a Broadway y no en Hugo Silva -¿ya ha habido despidos por la organización de la última gala de los Goya?-. Por lo demás, asistimos, lamentablemente, a un espectáculo olvidable, con nominaciones olvidables y números musicales igualmente olvidables. ¿Pero qué nos está pasando? ¿Esto no era Hollywood?

La alfombra roja

Cuando esperas con los dedos cruzados a que Jennifer Lopez aparezca para remontar una alfombra roja, es que algo no está funcionando bien. Como nos ha pasado con las grandes citas del cine que llevamos hasta el momento, la alfombra roja de los Oscar ha sido una decepción. Hemos visto muy poco espectáculo, muy poco atrevimiento y muchos estilismos correctos, pero que no pasarán a la historia, ni para bien, ni para mal, que ya es tener delito. A una alfombra roja se va a lucirse, a dejarse ver y a atraer la atención de las cámaras. ¿Alguien recordará, pasados unos días, el vestido de Emma Stone? La actriz que siempre acierta, acertó, es así, pero nos tiene tan acostumbrados a lo mismo que, en nuestra mente -que tampoco es que sea un portento- se nos desdibujan todas sus apuestas. Fíjense en el nivel de aburrimiento que un espontáneo twittero coló en la red una fotografía antigua de Scarlett Johansson en el Festival de Venecia y todo el mundo creyó que era actual. Un déjà vu constante… y eso que la pobre Scarlett tenía suficiente con el creepy de John Travolta a sus espaldas.

Las actrices, o muchas de ellas, llegaron guerreras al previo a la ceremonia. Están hartas de que se les pregunte solamente por sus vestidos. Y tienen razón, o al menos, en parte. Los Oscar no son unos premios de moda y las actrices no son meros bustos que llegan a lucir palmito, hasta ahí estamos todos de acuerdo, pero tampoco hay que obviar que justamente esta entrega de premios se ha convertido en una de las principales pasarelas del mundo y que de cada vestido, de cada estilismo que escogen las actrices, dependen muchas marcas, muchos diseñadores y muchos empleados. Negar la importancia de la industria de la moda en estos certámenes es absurdo. Convertirla en lo único relevante, también. Tratemos a la gente como profesionales y dejaremos de caer en preguntas vacuas y discursos sexistas -ya se encargó Patricia Arquette de decirlo en su discurso de aceptación del Oscar a la mejor actriz de reparto, otro de los grandes momentos de la gala-. Es fácil, solo hay que intentarlo.

Con todo, los estilistas brillaron por su ausencia esta edición de los Oscar. ¿Quién le recomendó el conjunto a Nicole Kidman -¿o era Marcia Cross?- y por qué no le plantó cara la actriz? ¿Quién le dijo a Felicity Jones que emular a una princesa Disney iba a ser un acierto? ¿Quién le quitó el espejo a Jessica Chastain, normalmente mucho más acertada que anoche? ¿Quién le dijo a Jennifer Aniston que se convirtiera en la mujer invisible tras su ninguneo en las nominaciones? ¿Quién invitó a la cantante Rita Ora y dónde consiguieron meter tantos metros de cola en las butacas del teatro? ¿Quién se atreve a colar en cada alfombra roja a Kelly Osbourne y Louise Roe y por qué van siempre vestidas igual? Al final, y como siempre, es Lady Gaga la que consigue toda la atención y se convierte en la reina viral de la noche. Alguien debería explicarnos muchas cosas antes de empezar con los lista de invitados del año que viene.

Aun así, una vez más comprobamos como acudir a la alfombra roja vestido de uno mismo siempre funciona. Mantenerse fiel a tu estilo personal es un acierto, y si no que se lo digan a dos de las grandes protagonistas involuntarias de la gala -por sus reacciones en el patio de butacas-, Meryl Streep y Jennifer Lopez. Cada una en su estilo -¿se imaginan que hubiese intercambiado atuendos?-, llegó a la alfombra roja dejando claro que el estilista tiene poco que hacer con ellas. Y acertaron. Queremos ver a Meryl de Meryl y a JLo de JLo. De la misma forma que Gwyneth Paltrow fue vestida de Gwyneth Paltrow y Melanie Griffth de Melanie Griffth. Ya está bien de tanto cambio de estilo, corriente y tendencias. Empecemos a valorar la personalidad de los actores y actrices y dejemos que su vestuario se exprese por ellos. ¿Se imaginan a Jared Leto acudiendo con un smoking negro y pajarita? Eso sí sería inquietante y no el vestido de Rosamund Pike.

La gala

Reconozcámoslo, no era fácil superar el listón que dejó Ellen DeGeneres el año pasado. Que si selfie con todos los nombres importantes del Hollywood de hace un año -¿sabemos algo más de Lupita N'yongo que el dato del número de perlas de su vestido?-, que si pedir pizza en directo, que si Jennifer Lawrence cayéndose una y otra vez, les faltó Alex O’Dogherty con el numerito de la música y ya lo tenían todo. Neil Patrick Harris venía con la lección aprendida de otros premios e hizo lo que tenía que hacer. Cantó, se desnudó, hizo magia y aguantó el tipo, pero poco más. De hecho, llega a no quedarse en calzoncillos y ninguna crónica recogería hoy su papel como presentador de la gala. Esperábamos más y mejor. Aunque la culpa es nuestra por tener las expectativas. En Los Goya, en cambio, vamos entregados y aun así salimos peor de lo que pensábamos. Nunca acertamos.

Si a estas alturas de la mañana todavía no tienen claro los temas de conversación que pueden sacar durante su hora de la comida en la cafetería de la oficina, no se preocupen, ya nos encargamos nosotros de ofrecerles cuatro pinceladas con las que quedarán estupendamente. Primera, Patricia Arquette consiguió dejar las cosas claras reclamando una igualdad real entre hombres y mujeres y lo hizo aprovechando su largo discurso de agradecimiento, como debe ser. Segundo, el público sigue queriendo que las estrellas de siempre tengan su hueco -uno que les negamos, por ejemplo, en los repasos a la alfombra roja- y de ahí la ovación a Julie Andrews. Tercero, en Hollywood también tienen favoritos y menos favoritos cuando recuerdan a los fallecidos del año, y también se olvidan de incluir algunos nombres, incomprensiblemente, como ha ocurrido con Joan Rivers. Cuarto, nadie entendió qué le ocurría a John Travolta ni por qué se dedicó a sobetear a todas sus acompañantes durante toda la gala, la pre-gala y suponemos que la post-gala. Y quinto, ¿no les pareció que Neil Patrick Harris tenía un ‘paquete’ de proporciones considerables? Al final, todo se reduce al sexo. Siempre igual.


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