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El clan Preysler: ricas, famosas... ¿e inteligentes?

Son las reinas del ¡Hola!, de la alta sociedad y del Photoshop. Nos enseñan sus mansiones en exclusiva, nos presentan a sus familias, se gastan miles de euros en complementos y descargan su conciencia acudiendo a eventos benéficos. Son el clan Preysler, las mujeres que están destinadas a recoger el testigo de mamá Isabel. Hoy hablamos de Chábeli, Tamara y Ana, el trío más afortunado de España.

El 13 de marzo de 1997, Chábeli Iglesias cogió un coche dirección Valencia para acudir a un nuevo programa de televisión. La hija mayor del que fue uno de los matrimonios más famosos de España estaba ya muy acostumbrada a las entrevistas, a los beneficios de la fama y a rodearse de gente dispuesta a piropearla y alabar su estilo, su elegancia y las maneras que había aprendido de su madre, Isabel Preysler. El problema fue cuando se encontró con una jauría de periodistas dispuestos a lanzársele a la yugular. Chábeli abandonó el programa al grito de ‘gentuza’ y al público le encantó. Así nació Tómbola, un espacio que iba a estar dedicado a comentar las revistas del corazón durante media hora y que acabó siendo el terror de los famosos. Bueno, el terror y la panacea, que las sumas que se pagaban a los invitados eran millonarias. Y no es de extrañar, ya que, ¿hay algo mejor que ver sufrir a los hijos de los ricos y famosos en directo?

Desde niña, Chábeli -o Chabeli, nunca lo hemos sabido- tenía muy claro cómo controlar el negocio del famoseo. No en vano, lo había aprendido de la mejor maestra. Isabel Preysler no ha sido actriz, ni modelo, ni presentadora, ni escritora, ni falta que le ha hecho. Sus méritos han pasado por seducir a un cantante de talla internacional, a un marqués y a un ministro socialista. Y aun así, ha sabido crearse su propio personaje, el de una mujer elegante, correcta, educada, que nunca da un escándalo, ni una declaración fuera de lugar. Vamos, el sueño de toda empresa de publicidad y de toda revista del corazón. Isabel Preysler vende al público lo que ellos quieren comprar. Una señora siempre joven, siempre bien vestida, madre de familia numerosa, abuela en la distancia y, ahora, sufrida esposa. El producto perfecto. El problema es que ninguna de sus tres herederas ha conseguido igualar sus dotes.

Traspasar la herencia

Chábeli, la primogénita, nunca ha caído bien. Por mucho que su madre se esforzara en colocarla en todas las portadas de las revistas y su padre le dedicara un disco entero -el mítico De niña a mujer, con fotografía de Chábeli incluida- nunca consiguió ganarse el favor del público. Su carácter altivo, sus constantes meteduras de pata y una falta de preparación más que evidente, entorpecieron todo intento de labrarse una carrera profesional. Aun así, en la década de los noventa consiguió hacer sus pinitos en televisión, presentando varios programas en Antena 3 y llegando a tener su propio programa de entrevistas, El show de Chábeli -producido por el antiguo manager de su padre-, en Univisión, una de las cadenas hispanas más importantes de Estados Unidos. Pero el empleo estable le duró poco a la mayor de los Iglesias, que optó por volver a su vida de famosa por cuenta propia. Tras su matrimonio fugaz con Ricardo Bofill -con diversas exclusivas para las revistas- Chábeli se marchó a Miami, se casó con un empresario, tuvo hijos y se dedicó en cuerpo y alma a lo que mejor sabe hacer, nada.

Tamara, al contrario que su hermanastra mayor, cae demasiado bien a la gente. Sí, es la perfecta ejemplificación del término ‘pija’, pero de tan cliché que es, sólo se le puede coger cariño. Hija del Marqués de Griñón, Tamara es una fuente constante de noticias. Desde su reciente redescubrimiento de la fe y los deseos de ser monja hasta los constantes problemas con la conducción -se estrelló en el escaparate de un Starbucks y cuando llegó la prensa les dijo que, por favor, no se lo contaran a su madre- pasando por sus romances, sus posados junto a su madre, su reality y las declaraciones impagables del estilo: “Solo sé cocinar sándwiches”, “yo pensé que la crisis era sólo en África. No creí que había tanta hambre”, “me apetecía ser estrella de la televisión” o “el Papa es la pera”. Pero, además, Tamara ha sido becaria de la revista ¡Hola!, ha dado charlas sobre religión en universidades y dejó su piso de soltera porque su amiga Fabriz tuvo un hijo y ya no podía quedar con ella. Entre esto y el ‘gentuza’ de Chábeli, más vale quedarse con la ignorancia.

Pero Isabel Preysler no lo tiene todo perdido. Aún le queda un as guardado en la manga. Ana, su hija pequeña, fruto del matrimonio con el ex ministro socialista Miguel Boyer parece que ha heredado la elegancia de la madre y el cerebro del padre. Licenciada en Derecho y Administración de Empresas, pretende labrarse una carrera profesional en la empresa privada, lejos de las cámaras. O más bien, todo lo lejos que su madre le permita. Pese a intentar pasar desapercibida, la hemos visto en posados navideños, en promociones de Porcelanosa y ejerciendo de portavoz improvisada en relación a la enfermedad de su padre. Pero, ¿será capaz de mantenerse alejada de la vida social o acabará sucumbiendo como todos sus hermanos? ¿Pesará más su imagen de chica responsable o los privilegios de la fama? ¿Será la primera Preysler que preferirá las páginas de economía a las portadas de ¡Hola!? ¿Conseguirá, por fin, que una Preysler sea rica, famosa e inteligente? Por lo pronto, su romance con el tenista Fernando Verdasco ocupa páginas de las revistas de sociedad y, desde luego, no parece molestarle mucho.


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