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La perla que enfrentó a Elizabeth Taylor con la corona española

¿Qué relación puede tener la Familia Real española con la mítica actriz Elizabeth Taylor? La respuesta es sencilla: una perla. Pero no una cualquiera, posiblemente, la más famosa del mundo. Esta es la historia de La Peregrina y de cómo el amor se la arrebató a Doña Sofía.

La historia de La Peregrina se pierde en el tiempo. Bautizada así por su peculiar forma -se trata de una perla en forma de pera con un brillo y color que la hacen única en el mundo, aunque no se trata de la perla natural más grande-, fue encontrada en Panamá a principios del año 1500 por un esclavo, que la ofreció a Diego de Tebes, alguacil mayor de Panamá en aquella época. La primera referencia escrita de La Peregrina se sitúa en 1585, cuando De Tebes llegó a Sevilla para regalarle la perla al rey Felipe II. Desde entonces, se incorporó a las joyas de la corona, convirtiéndose en una de las estrellas junto al diamante El Estanque -ambas fueron montadas juntas-. La perla fue pasando de mano en mano y así puede verse en los retratos de Felipe III, Margarita de Austria o la reina Isabel de Borbón.

La perla permaneció en España hasta 1808 cuando, con motivo de la Guerra de Independencia, se saquearon todas las joyas de palacio. José Bonaparte, nuevo rey de España, ordenó el envío de las joyas de la corona española a Francia y regaló la perla a su mujer, Julia Clay, que la conservó hasta que se separó de Bonaparte. Este, habiendo perdido el trono, emigró a Estados Unidos, llevándose consigo la perla. A su vuelta a Francia, dispuso en su testamento que La Peregrina fuera entregada a su hijo, el futuro Napoleón III, para que sufragara los gastos que se produjeran para ser rey de Francia. No obstante, este terminó vendiéndola al marqués de Abercorn debido a los problemas económicos con los que se encontraba.

En manos de Burton

A partir de ese momento, la perla desapareció durante una temporada, hasta que en 1914 el rey Alfonso XIII trató de comprarla a una joyería londinense, pero el elevado precio de la perla imposibilitó la venta. Años después, en 1969, la galería Parke Benet de Nueva York sacó a subasta “una de las perlas de mayor significado histórico del mundo”, que se identificó con La Peregrina. Alfonso de Borbón, nieto de la reina Victoria Eugenia, llegó a ofrecer 20.000 dólares, pero no consiguió vencer al mayor pujante, el actor Richard Burton, que se llevó la perla por 37.000 dólares para regalársela a su mujer, Elizabeth Taylor. La actriz, que se había convertido en una de las principales coleccionistas de joyas de la historia, recibió la perla colgada de una simple cadena con perlas pequeñas, cosa que ocasionó que una noche se soltara el engarce y terminara en la boca de uno de sus caniches. A partir de entonces, solicitó a Cartier que le hiciera una montura de diamantes y rubíes de estilo renacentista.

Ahora LaPeregrina ha vuelto a desaparecer, probablemente escondida en la caja fuerte de algún millonario.

Pero ahí no quedó la polémica. Al día siguiente de la subasta, Luis Martínez de Irujo, duque de Alba y jefe de la casa de la reina Victoria Eugenia, convocó a la prensa en Lausana y transmitió un comunicado de la reina. En él explicaba que la perla vendida en Nueva York no era la auténtica Peregrina, pues esa la tenía ella en su poder, al haberla recibido de Alfonso XIII con motivo de su boda. La reina exhibió la perla pero la casa de subastas se apresuró a desmentir la noticia. Esta segunda perla fue cedida a don Juan, el conde de Barcelona, y posteriormente a don Juan Carlos, cuando su padre renunció a sus derechos dinásticos. Desde entonces, hemos visto a la reina Sofía luciéndola en múltiples ocasiones y a muchos de los cronistas sociales diciendo que se trata de La Peregrina. Eso hubiera querido.

La auténtica Peregrina permaneció en poder de Elizabeth Taylor hasta su muerte. En diciembre de 2011 se subastó, junto a las otras joyas de la actriz, alcanzando un precio de 9 millones de euros. Ahora LaPeregrina ha vuelto a desaparecer, escondida en la caja fuerte de algún millonario, hasta que dentro de unos años volverá a aparecer en algún lugar recóndito del mundo.


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