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El fracaso de los toreros retirados cuando vuelven a los ruedos

Cada cierto tiempo, la actualidad nos sorprende con una nueva vuelta a los ruedos de un torero retirado. Matadores que se empeñan en embutirse en el traje de luces -sin recuperar la forma física- y se lanzan al ruedo para protagonizar una faena, en la mayoría de casos, bochornosa. ¿A qué viene tanto interés por retomar sus abandonadas carreras? ¿Qué les lleva a enfrentarse, de nuevo, al toro? ¿Melancolía? ¿Protagonismo? ¿Necesidades económicas? ¿Un poco de todo? Hoy, sin que sirva de precedente, hablamos de toreo.

El viernes pasado se sentaba en el Deluxe, la plataforma mediática más importante de la televisión actual, Kiko Rivera. El hijo de Isabel Pantoja se atrevía a sincerarse sobre casi todos los aspectos de su vida -suponemos que el cheque fue abultado-, entre los que destacó por méritos propios su relación con sus hermanastros, Fran y Cayetano Rivera, dejando al primero en un lugar no demasiado cómodo. Rápidamente, Fran respondió a través de su cuenta de Tpara dejar claro que él se dedica a trabajar y que no entiende por qué la gente habla de su vida y hace negocio con ello. El problema es que Francisco olvida muy pronto. El torero lleva meses anunciando su vuelta a los ruedos desde las páginas de las revistas del corazón. ¿Entenderá que hablar de su vida privada, por mucho que se trate de asuntos de toreo, también es trabajo?

La vida de los toreros una vez deciden cortarse la coleta es, a juzgar por los precedentes, un tanto complicada. Acostumbrados a ser el centro de atención, a darse baños de masas cada vez que terminar una faena y a jugarse la vida delante de un toro, estos profesionales del capote se encuentran desubicados sin sus rutinas diarias. La mayoría afirma estar muy contento y satisfecho con la decisión, sin darse cuenta de que, en pocos años, volverá a caer en la tentación y reaparecerá en una plaza de tercera, dando más pena que gloria. Sin ir más lejos, el propio Fran Rivera ha sufrido una grave cogida en su regreso a los ruedos, delante de su mujer y su hija, que no ganan para sustos. ¿Era necesario? Desde luego que no. Por mucho que traten de ponerse en forma y de recuperar el tiempo perdido, la edad no perdona. Hace mucho que dejaron de ser aquellos jovencitos delgados y fibrados que esquivaban cornadas con arte y poderío. Y no es nada malo. Simplemente hay que aceptarlo.

¿Por todo lo alto?

Otro de los que se ha estado preparando a conciencia para su vuelta a los ruedos ha sido Jesulín de Ubrique. El torero más aclamado por las mujeres ha visto como su vida de 'jubilado' no era la que tenía en mente. Entre los escándalos de su mujer, de su ex mujer, de su madre, de su padre y de todos sus hermanos, la vida privada ha pasado demasiada factura a Jesulín como para volver a los ruedos siendo el de antes. Uno se imagina -ellos seguro que lo hacen- una regreso por todo lo alto, como Madonna apareciendo ante millones de fans, cuando la realidad se parece más a una novillada en las fiestas patronales de un pueblo. Viendo el fracaso y el poco interés de su regreso, parece que el torero está más por la labor de ponerse el bañador para dejarse ver en Supervivientes, antes de enfundarse otra vez el traje de luces. Y aún dirá que lo hace por sus hijos y por su familia. ¿No será que es difícil dejar de ser el protagonista de todo?

¿No pueden pensar en sus familias -ellos, tan tradicionales- antes de embarcarse en una aventura con todas las papeletas para terminar en mal puerto?

Rafa Camino, tras años dedicado a ser un sex symbol de la crónica social, quiso también apuntarse al club de toreros retirados que regresan para deleite de sus fans. El problema es que nunca consiguió abrocharse de nuevo el traje y prefirió dejarse de tonterías y asumir el paso del tiempo. Algo que no quiso ver Julio Aparicio, que dos años después de cortarse la coleta en plena plaza, decidió que ya era momento de regresar, a lo que el público presente le respondió con pitidos, abucheos y broncas. Todo un golpe de realidad al que no era necesario llegar. Y eso sin entrar a valorar el regreso de El Soro hace una escasa semana en Valencia, dos décadas después de retirarse y teniendo que torear sentado en una silla. ¿Nadie fue capaz de quitarle la idea de la cabeza? ¿O es que el beneficio económico primaba más que el riesgo al que iba a enfrentarse?

El motivo que se esconde detrás de todos estos regresos al toreo es complicado de dilucidar. De entrada, ninguno reconoce que se ha dejado tentar por el dinero, tras una etapa de su vida en que han visto como las ganancias a las que estaban acostumbrados han disminuido considerablemente -¿quién se embarca en una gira por las plazas de España y Latinoamérica si no es por un beneficio económico?-. A ello se junta la necesidad de sentirse jóvenes y fuertes, de volver a tener el reconocimiento de antaño y a dejarse querer por los aficionados, que siempre aplauden a las figuras que tanto les han hecho vibrar. La nostalgia y la vanidad son malas consejeras. Y más si está la vida en juego. ¿No tienen familiares que les echen una mano en los momentos difíciles? ¿No pueden pensar en sus familias -ellos que son tan tradicionales- antes de embarcarse en una aventura que tiene todas las papeletas para terminar en mal puerto? Algo se nos escapa, pero claro, nosotros no somos toreros. Debe ser algo que se lleva en los genes.


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