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Mar Flores, mar de llantos

Si Mar Flores se hubiera enamorado de Johnny Depp otro gallo le habría cantado. Mar parece nueva en estas lides de la prensa rosa a pesar de la paliza mediática que le dieron en los 90. El consejo de Johnny con sus novias siempre ha sido el mismo: “Nunca des explicaciones”. Mar, a estas alturas y después del vapuleo público, todavía no lo ha aprendido.

Deben ser sus ganas y sus ansias por volver a las portadas para mostrar que a pesar del año de cárcel al que han condenado a su marido, Javier Merino; que a pesar de que su yate de Ibiza de 6 millones de euros haya sido precintado a la vista de todos; que a pesar de que su hijo mayor, aquél que tuvo con el conde Constanza italiano, nada más cumplir los 18 saliera corriendo de su casa para irse a vivir con su padre… Que a pesar de todo eso, ella sigue estupenda de la muerte. Que luce un físico espectacular y que sigue siendo una musa desde el silencio. Mar sueña.

Nada más lejos de la intención del Vanity Fair, que es quien le ha catapultado de nuevo hacia los focos morbosos de todos los que disfrutaron con su hundimiento. Desde Nuria, la que fuera tan amiga y que terminó casándose con su novio Fefé; Lequio, que desde la distancia se reirá mostrando el brillo de su colmillo, que lo tiene, y bien afilado; Ana Obregón, que va aprendiendo con el tiempo después de que tuviera que pedirle perdón a Cayetano por haberle acusado de meter alguna que otra sustancia prohibida en la maleta al conde; hasta Cayetano, que probablemente la querría, pero a quien su madre le prohibió tajantemente la relación (y ya se sabe lo que pasa cuando uno depende directamente de las subvenciones maternas).

Nena, muchos años, muchos hijos, muchos cuernos, muchas fotos y todavía no has aprendido nada.

¡Ay, Mar! ¿Qué has hecho? ¿De verdad creías que salir en portada explicando que una mujer puede salir con 3 y no ser prostituta te iba a redimir de los escándalos del pasado? Nena, muchos años, muchos hijos, muchos cuernos, muchas fotos y todavía no has aprendido nada.

No me extraña que se te saltasen las lágrimas en público en un restaurante cuando te viste rodeada de tu círculo. Has visto las consecuencias a toro pasado y me pregunto si, de verdad, no tienes a nadie cerca con un poco de sentido común, como mi Johnny que te susurre al oído algo así como “Mar: explicaciones, nunca”.

Déjanos quedarnos con tu mutismo, con tu belleza, con tu elegante estar sin abrir la boca. ¿No has visto a Beckham? Él lo sabe (se lo dice Vicky): callado es un dios; cuando habla, un tabernero.


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