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La lógica como ayuda de la seducción: el procedimiento infalible

¡La angustia de no saber si le gustas al objeto de tu deseo! Horas y días dándole vueltas a las mismas preguntas: ¿Se ha fijado en mí alguna vez? ¿Me ve como algo más que un amigo? ¿Le gustaré de verdad?

(g3online).
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Esta incertidumbre es, después de la que genera la busqueda de un buen puesto de trabajo, la mayor causa de estrés en todo el mundo, y no sólo entre jóvenes y adolescentes, sino también entre quienes siguen albergando un corazón romántico a cualquier edad. Es cierto que hay otras fuentes comparables de desasosiego, como las enfermedades, las guerras, los accidentes y las catástrofes naturales, pero mientras que hay poco que podamos hacer ante un tsunami o un alud de nieve si estamos en sitio y hora equivocados, esta angustia amorosa es más bien algo que nos buscamos nosotros mismos y a primera vista parece un motivo de congoja completamente gratuito. 

El problema no es banal, como algunos podrían creer, porque tiene grandes repercusiones sobre cualquier teoría del conocimiento, por no hablar de las sentimentales. Por qué la pregunta “¿Le gusto a Eva/Pedro?” es sustancialmente distinta de otras del tipo “¿Cuál es el área de un cuadrado de 20 centímetros de lado?”, “¿De verdad te vas a poner eso?” o “¿Qué le has hecho al coche?”.

En primer lugar está claro que sólo alguien muy iluso o inexperto, con graves problemas de autocontrol o realmente desesperado, se acerca de buenas a primeras al objeto de su no solicitada atención y le suelta a la cara “¿Oye, te gusto?”.

El hecho de poner en evidencia nuestro juego ya no sólo frente al amado, sino frente a todo el mundo, nos arriesgamos a recibir una respuesta sesgada

No, eso no se hace así. Y ello no sólo porque en el juego del amor no se pueden poner las cartas boca arriba al comienzo de la partida. Es algo todavía más complejo: primero esa estrategia te lleva a un callejón sin salida si la contestación es negativa. Pero es que además la respuesta puede estar condicionada por lo violento de la situación, de modo que ni siquiera si el interpelado logra articular una respuesta tendremos garantías de que ha dicho la verdad. Tomar el desvío de hacer indirectamente la pregunta a un conocido de nuestro amor platónico indica sólo un grado todavía mayor de desesperación e inexperiencia. En este caso, el hecho de poner en evidencia nuestro juego, ya no sólo frente al amado sino frente a todo el mundo, nos arriesgamos a recibir una respuesta sesgada por mil motivos: deseos de complacer, datos incompletos, celos, envidia, pura estupidez, etc.

Cómo interpretar las señales

Hay quienes han ensayado sus propias soluciones. Un amigo mío, conocido músico de pop, cuando quería saber si le gustaba a una chica (antes de hacerse famoso, luego fue más fácil) se acercaba a ella y se presentaba como inspector de Hacienda, en la creencia de que cualquier chica que siguiera hablando con él después de eso lo haría porque de verdad le gustaba. No negaré lo ingenioso del método, pero claramente no puede usarse en todas las ocasiones: el objeto de nuestros deseos puede conocer nuestra profesión real, o puede que esté sinceramente interesado en nosotros y no tanto en dar a conocer sus ingresos al Fisco, o puede ser él mismo inspector de Hacienda. Por tanto, no puede considerarse en absoluto un medio científico y mucho menos infalible.

Filósofos y pensadores de todas las épocas le han dado vueltas al problema, que en el fondo se reduce a la vieja cuestión filosófica de la posibilidad de conocimiento objetivo: ¿Estoy interpretando bien las señales que percibo? ¿Cómo sé que no me engaño cuando creo que me hace ojitos y en verdad se la había metido una mota de polvo? ¿Se ha echado el pelo a un lado de esa manera porque le intereso, o porque le molestaba la melena? ¿Sacó la barra de labios y la usó de forma tan sensual delante de mí porque quería provocarme, o realmente estaba tan aburrida conmigo que comenzó a ponerse guapa para su amante?

¿Cómo sé que no me engaño cuando creo que me hace ojitos y en verdad se la había metido una mota de polvo? 

No hay razones para pensar que ésta, como tantas otras preguntas, no puede ser contestada de forma completamente satisfactoria por la moderna ciencia cognitiva, y eso es lo que vamos a hacer ahora mismo: proporcionar a nuestros lectores un método científico, seguro y absolutamente contrastado para saber si le gustas sexualmente a otra persona.

En realidad nos sorprende que la cuestión no haya sido resuelta antes, ya que el mero enunciado del problema sugiere la respuesta: si no nos atrevemos a preguntarle directamente a la persona de nuestro interés, y no podemos estar seguros de poder interpretar objetivamente las señales que él o ella nos pueda estar mandando, ni podemos tampoco fiarnos de las respuestas conscientes de un tercero, obviamente deberemos encontrar la manera de que alguien que sea capaz de percibir objetivamente tales señales nos las transmita de forma igualmente objetiva y sin mediación. Paso sin más dilación a explicar cuál es la forma científica de proceder.

Procedimiento científico

Supongamos que A es el objeto de nuestro deseo. B es su amigo o amiga. Para describir nuestro experimento vamos a suponer que A y B son mujeres, pero en la práctica la única condición necesaria es que B sea del mismo sexo o al menos de la misma orientación sexual que A. La cosa se hace así: esperamos el momento en que A y B estén sentados el uno frente al otro en un lugar público, y que lleven algún tiempo hablando de forma relajada. En ese momento aparecemos nosotros y nos aseguramos de hacernos bien visibles a A sin haber entrado nunca en el campo de visión de B. Si un segundo después B se gira para ver en quién ponía sus ojos A, ya puedes ir reservando mesa en tu restaurante favorito y buscando la camisa que vaya a juego con aquella chaqueta, porque B acaba de decirte inconscientemente que ha leído en los ojos de A su interés por ti. Y si no se vuelve, bueno, hay más peces en el mar.

Este procedimiento tiene un porcentaje de acierto entre el 85 y el 90% cuando A y B son mujeres, pero sólo del 68 – 74% cuando son hombres

Sólo hay que hacer una advertencia sobre este procedimiento: tiene un porcentaje de acierto entre el 85 y el 90% cuando A y B son mujeres, pero sólo del 68 – 74% cuando son hombres. Eso se debe a que si B tiene un cromosoma Y es menos probable que se gire para ver el objeto de interés de A, y ello no por la falta de empatía de los hombres (borra esa mueca de la cara ¡no es esa la causa!) sino a que es menos probable que ellos se sientan con derecho a realizar un análisis de las interioridades del subconsciente de su amigo. Lo que es peor, esta prueba tiene un porcentaje mayor de “falsos positivos” en los hombres, dado que hay un 27% de posibilidades de que ellos se giren para verte sólo si piensan que el interés que despertaste en la mirada de su amigo se debe a una compartida admiración por los melones.


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