Gente

El arte español y los magnates rusos

Como soy un periodista valiente he decidido desplazarme hasta Lituania para enterarme de verdad como va eso de la Marca España. Acudo en Palanga, una ciudad balneario en el Báltico (una especie de Marbella para los jerarcas rusos) a la exposición Ricard Opisso y contemporáneos. Me cuentan que el arte catalán en particular y el español en general es la última moda entre los potentados de la antigua Unión Soviética, que son los únicos que consumen de todo y por su orden en la maltrecha Europa.

De hecho, me encuentro aquí porque un alto directivo de Gazprom, cuya identidad no puedo desvelar, ha decidido invitar a 120 colegas y a un servidor para mostrarles sus últimas adquisiciones, una amplia colección de dibujos acuarelas de Ricard Opisso pero también cuadros de Santiago Rusiñol, Ramón Casas i Carbó Joaquín Sorolla. Ninguno baja de los 40.000 euros y los dibujos de Opisso arrancan en los 6.000 de vellón.

Diré solo que hay un Igor y un Vitalius para mis lectores más cotillas, pero no puedo decir más pues a los rusos no les gusta que les nombres y yo ya arriesgo bastante todos los días como para sumar gente a mi club de fans cabreados. Además, todos los rusos parecen leñadores y no quiero que me aplaudan en la cara. 

Alguna de las cosas que he aprendido tratando con esta gente es que cuanto más hortera, desde el punto de vista estético de un pijo madrileño, más dinero tiene. Que los rusos son un pueblo al que le gusta agradar no hay la menor duda. Sus fiestas son siempre muy abundantes con bailarines, cantantes, músicos y mujeres pechugonas y culonas pintadas como puertas y sobre zapatos de alta plataforma. 

De Lituania a Lloret de Mar

El galerista catalán Ángel Torres ha sido el encargado de comisariar esta muestra que tras Palanga, visitara Vilna y acabara en Lloret de Mar, donde nuestro misterioso mecenas tiene residencia. Como los rusos finos siempre han tenido mucha admiración por lo francés, las fiestas no son tales sino vernissages en las que no paran de ocurrir cosas. La combinación del arte, la cultura y la música de Lituania, España y Rusia hace una mezcolanza de difícil ubicación pero en la que se destaca lo excesivo de todas las manifestaciones.

De hecho, esta iniciativa particular de promoción de los artistas hispanos se celebró en la antigua residencia del primer ministro lituano y en la que pudimos ver al ministro de Cultura, que es una especie de Alfredo Landa báltico que en su momento hizo más de 150 películas. Fue caer el Telón de Acero y su estrella se apagó, pero se encendió la del negocio y la de la política, pues a veces van muy cercanas. Lógicamente es amigo íntimo del dueño de la colección de arte español y le conmina a que siga por esta senda de la promoción cultural. Dicen las malas lenguas que es una forma ideal para aflorar esos dineros que a veces no se recuerda de donde proceden.

También tuve oportunidad de ver al alcalde de esta bella ciudad que decidió, para tan solemne acto, apretarse unos zapatos de gamuza blanca que habrían hecho temblar al mismísimo Mario Boquerone. Lo importante que yo les quiero transmitir es que nuestro país está de moda en Rusia y que estas cuestiones hay que potenciarlas. Sólo ellos saben tomar el testigo del españolito derrochador antes de la crisis y son una gente que al tener orígenes humildes pueden contribuir a recuperar esa honrilla que hemos aparcado.


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