Estilo

El chico de la maquinita

Me encontraba comiendo con unos amigos en un concurrido restaurante. Ajetreo de camareros con bandejas, platos y botellas. Barullo general de muchos decibelios, signo identificativo de cualquier local español, que muchas veces nos molesta cuando participamos de ello y que tanto echamos en falta cuando salimos al extranjero.

Junto a mi mesa, otra con un solitario comensal que, entre cucharada y cucharada, devoraba los contenidos del diario El Mundo en PDF (pirateado, sin duda). Lo hacía a través de un iPad mini, dedito hacia arriba, hacia abajo, hacia los lados, deditos abriéndose como un pinza para hacer zoom…

A pesar del bullicio, pude interceptar una conversación en la mesa situada a mi espalda en la que una pareja debatía con curiosidad sobre lo que era ese “chisme” y qué hacía con él el hombre del que te hablo. “Parece un aipad de esos. Sí, es un aipad”, afirmó ella; “¿Ipad? Pues parece más grande en la tele”, dudó él. “O sea, -continuó la chica- que en él puedes leer revistas y qué bien se ven”. Casi a continuación, uno de los camareros le consultó a otro qué destino tenía el plato que portaba en la mano. “Es para aquel chico –respondió- con el… con la… con ese… para aquel chico de la maquinita”. Sí, el filete iba a compartir mesa con el iPad mini.

Muchas veces me he planteado que este mundo se está dividiendo de manera tan peligrosa como vertiginosa entre los que se suben (estamos subidos) en el tren de la tecnología, los que no la consideran un bien fundamental en sus vidas y los que no tienen acceso a ella por cualquier cruel e injusto motivo. Lo advierto sobre todo cuando nos reunimos los enfermos de los cacharritos (como yo los/nos denomino) y debatimos, incluso con argumentos, por qué un procesador dual core funciona mejor en tal tablet que uno similar pero quad core en aquel smartphone, y que pasaría si se aplicara a un reloj…. ¿? Enfermos terminales porque algunos, mientras exponen sus razonamientos, son capaces de twitearlos.

Tanto en mi actividad profesional como en mi vida cotidiana trato de utilizar mis conocimientos sobre tecnología para animar a los que me leen y me rodean a utilizarla con el fin de mejorar su calidad de vida en cualquier aspecto. Y te puedo poner decenas de ejemplos para los que no se necesita una inversión prohibitiva y muchos son gratis. No me las doy de ONG, sino que me produce cierto desasosiego que, efectivamente, además de si el cole de tus hijos es privado o de los otros, barrio en el que vives, cómo vistes, si está buena/o quien llevas del brazo, de qué marca es tu coche o cuánto de largo es el cargo que figura en tu tarjeta de visita, lo que uses en lo que se refiere a tecnología sea también un signo clasista diferenciador.

Qué me dices sino del iPhone, que además de un smartphone es un símbolo, para millones de personas, de rango social. Recuerdo haber leído en un foro lo siguiente: “Cómo me vas a decir que no llevo razón, si basta con saber que tu móvil es un Alcatel”. Lo malo es que lo escribió en serio. 


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