Estilo

Alfombras rojas y hombres: ¿por qué no hay manera?

Los Globos de Oro nos han vuelto a demostrar, por si no nos habíamos dado cuenta antes, que los hombres y las alfombras rojas son un matrimonio que nunca terminará de cuajar. La estricta -y aburrida- etiqueta masculina deja muy poco margen de maniobra a los famosos y les obliga a quedarse en un incómodo y discreto segundo plano -y no es que algunos no se lo merezcan-. Pero ¿hasta cuándo durará este sinsentido?

Los hombres podemos darnos con un canto en los dientes por la suerte que hemos tenido en la vida por el mero hecho de nacer. Accedemos sin problema al mercado laboral, no se nos cuestiona nuestra valía, se nos remunera mejor, nadie nos discrimina, no se nos trata con condescendencia y podemos promocionar, en el caso de que queramos hacerlo. Y todo esto después de décadas de lucha feminista para erradicar todas estas desigualdades.

Imaginen dónde estaríamos de no haber sido así -pueden echar un vistazo a otras partes del mundo para hacerse una idea-. Y no crean que esta discriminación se queda en el terreno laboral o doméstico, también afecta a otras parcelas. Piensen en las alfombras rojas que tanto nos gustan y nos entretienen. ¿De quién hablamos? De las mujeres. ¿A quién criticamos? A las mujeres. ¿No están ya cansados de hacer siempre lo mismo?

En cuanto empezamos a hablar de eventos, los hombres son prácticamente inexistentes. Su papel es el de acompañante, el de dejar que se luzcan las mujeres, que ofrezcan su mejor imagen, mientras ellos esperan estoicos y atentos, cual cazador con su trofeo. Y en esas continuamos en pleno siglo XXI.

Amal Clooney posó sugerentemente mientras su marido la miraba estático.

Mientras Amal Clooney posaba en su primera alfombra roja, de negro riguroso pero con guantes blancos, su marido, George, la miraba embelesado y sonreía a los presentes -ya se encargaron las presentadoras de la gala de evidenciar la disparidad entre los logros profesionales de la abogada y el hecho de que fuese su marido el que acudía para recoger un premio-. ¿Se imaginan que la estampa fuese al revés? ¿Que Amal dejara que fuese George el que posara con los brazos en jarra? Pues ahí deberíamos llegar.

La etiqueta masculina, con sus trajes y sus colores apagados, no ha servido más que para situar a los famosos en un plan comodísimo. Nadie se fija en ellos. Nadie comenta sus aciertos, ni critica sus errores. Y si, en algún caso, lo hacen, es porque el famoso en cuestión ha puesto de su parte para que así sea -Jared Leto es un especialista en esto último, reinventando el smoking y decorándolo con complementos como la trenza de esta última edición, y claro, tiene el puesto asegurado entre 'los peor vestidos de la gala'-.

¿Alguien podría decir, sin consultar las fotos, si Matthew McConaughey llevaba corbata o pajarita? ¿O si las solapas del traje de Chris Pratt eran grandes o pequeñas? Reconozcámoslo, no lo sabemos. Pero que Rosamund Pike eligió el peor vestido que podía elegir sí lo tenemos claro. A ellas se las mira, a ellos ni se les toca.

El encasillamiento masculino

En un universo ideal, nos encantaría que se acabara con esta etiqueta absurda y se diera libertad a los hombres como se le da a las mujeres. Fuera americanas, fuera pantalones de pinzas, fuera zapatos de charol. Dejemos que los famosos se expresen libremente y no nos sentemos tan rápido a pontificar lo que hacen bien o mal.

¿Acaso Jared Leto iba mal vestido? ¿O es que no se adapta a las normas que tenemos preestablecidas? ¿No nos hubiese gustado que Jamie Dornan, el más guapo de la gala, se hubiese soltado la barba y hubiese acudido con su propio estilo? ¿Tan poco confiamos en el papel de sus asesores? Al menos nos garantizaría una alfombra roja mucho más entretenida y sorprendente. Ya hemos tenido un Cary Grant, no busquemos más imitadores. Modernicémonos.

El black tuxedo no fue la mejor elección estilística de Ethan Hawke.

Además, el recurso al black tuxedo tampoco es una apuesta segura. Tan sólo tenemos que echar un vistazo a los modelitos de Ethan Hawke, Justin Theroux o Ben Foster, el novio de la actriz Robin Wright. ¿No creen que hubiesen ido mucho mejor vestidos con otro tipo de traje? No a todo el mundo le sienta bien lo mismo.

Y si no, que se lo digan a Bill Murray, que optó por ponerse el mundo por sombrero y decorar su atuendo con los complementos más locos. No podemos hacer otra cosa que aplaudirle. Estamos aburridos, cansados, hastiados de ver siempre lo mismo. Queremos vidilla, queremos innovación, queremos Robert Downey Jr. aunque el resultado final no nos convenza. Al menos tenemos algo que decir, que en cuestión de moda ya es mucho. No dejemos que los bostezos nos empañen la mirada.


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