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Tres historias de supervivientes que te parecerán ficción

Hace años tuve la oportunidad de charlar con Mario Conde a su salida de la cárcel y me dijo una frase que desde entonces llevo grabada en el corazón: “Mi victoria ha sido sobrevivir”. Seguramente no era de su cosecha, pero en su boca y en aquel momento me pareció salida de las cuerdas vocales de Séneca. Aquí van las historias de tres supervivientes victoriosos, que lo pasaron mucho peor -si cabe- que nuestro banquero, tanto que son algo más, son megavivientes. A ver si nos inspiran.

José Salvador Alvarenga

José Salvador Alvarenga estuvo más de un año a la deriva, desnortado, en las nada calmadas aguas del Pacífico. José salió a pescar tiburón acompañado por Ezequiel, un día rutinario y tranquilo en la costa de Chiapas, en México. Su barco de fibra de vidrio medía apenas 23 pies. Ninguno de los dos supo prever la tormenta del primer día, que les desvió de su trayectoria; ni el estado lastimoso del motor que dejó de funcionar también el primer día. Ambos estuvieron alimentándose de tiburón crudo y bebiendo agua de lluvia y sangre de tortuga, pero a los cuatro meses de semejante dieta, Ezequiel decidió dejar de comer y al poco tiempo murió.

José pensó en suicidarse, pero los sueños que le envolvían cada noche en el abrazo de sus padres, su fe inquebrantable y la esperanza de volver a probar sus platos favoritos le dieron fuerza para seguir adelante. Desde la costa mexicana, 13 meses más tarde, tocó tierra en las islas Marshall: un recorrido de unos 10.000 kilómetros viendo sólo la línea del horizonte mecida por las olas. Después de pasar algo más de un mes hospitalizado, volvió a casa, en El Salvador, donde le esperaba el abrazo real de sus padres que tantas noches le salvó la vida.

Aron Ralston

Si esa mañana en la que Aron estaba a punto de salir para descubrir nuevas grutas en las montañas de Utah hubiese respondido al teléfono... las consecuencias de su aventura hubieran sido muy distintas. Su madre, le preguntaba que a dónde se dirigía, pero Aron lo escuchaba mientras cerraba la puerta y el mensaje quedaba grabado en su contestador. Aron descubrió una gruta, tan escondida a la vista y tan lejos de donde dejó aparcado su coche, que resultaba realmente imposible saber que allí había alguien (en el Blue John Canyon).

Un desprendimiento de rocas le atrapó el brazo derecho de tal manera que quedó encajado en la gruta sin poder salir. Así pasó varios días, viendo la luz en forma de time lapse: amaneceres, puestas de sol, nubes, se sucedían en un continuo transcurrir sin sentido. Sin agua, sin comida, sin móvil que diera una pista sobre su localización... Grabó su último testimonio en cámara de vídeo por si alguien encontraba su cadáver.

Pero pasados 5 días y cansado de no morirse, decidió amputarse el brazo con el único instrumento que tenía a mano: una herramienta multiusos. Salió de la gruta, hizo rapel sobre la escarpada pared para salir a la superficie y recorrió los 27 kilómetros que le separaban de su coche con los buitres sobrevolándole cada vez más bajo hasta que se topó con tres turistas que alertaron a las autoridades. Le rescataron y recogieron su brazo amputado para que Aron pudiera darle sepultura. Lo incineró y regresó a la gruta para esparcir allí las cenizas del miembro que casi le cuesta la vida. Nunca salgas de escapada sin dejar una nota. La película 127 horas narra su angustiosa aventura.

Stephen Currie

Stephen Currie fue a dar un paseo por los alrededores de Queensland, Australia, cuando ensimismado en sus pensamientos de desorientó y decidió seguir el curso de un río con la esperanza de regresar a su casa. No lo consiguió, se alejó cada vez más y anduvo así un mes, durmiendo en la arena, bebiendo agua del río y alimentándose de raicillas, frutas y mariposas. Su familia y la policía perdieron toda esperanza de encontrarle vivo, pero Stephen les dio la sorpresa y apareció, con 15 kilos menos, sin zapatos, sin camisa, con lo poco que le quedaba de pantalones a 10 kilómetros de la ciudad de Chillagoe.

Algo de ermitaño debía de tener Stephen, que volvió loco a las autoridades locales que no cejaron en su empeño de encontrarle vivo hasta pasado un mes. El pobre declaró inocentemente que quería descubrir algún sendero nuevo que no conocieran los turistas... y vaya que lo descubrió. Ni su madre se creyó que pudiera estar vivo.


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