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Viena, fuera de carta

El imperialismo y la época de Sissí son las primeras cosas que nos vienen a la cabeza cuando pensamos en Viena. Frente a la ciudad de rancio abolengo hay propuestas que muestran una urbe fresca, con ganas.

Viena fue el epicentro de la cultura europea a finales del XIX y principios del XX. La filosofía freudiana, el erotismo puesto en escena de Schnitzler, el desvelo de las emociones humanas, de la cautivadora prosa de Stefan Zweig;  los trazos de la obra de Klimt, Schiele y Hundertwasser dieron un carácter a la ciudad muy alejado de tópicos de emperatriz. El cambio de siglo trajo el Jugendstil, con la sexualidad que emana de la pintura de Gustav Klimt, que pintaba señoritas de alta sociedad pero buscaba musas por arrabales y prostíbulos; la arquitectura de Otto Wagner y de Josef Hoffmann, fundador del Taller de Viena, del movimiento de la Sezession y precursor del modernismo.

En contraposición a los chicos de la Sezession, encontramos el racionalismo de Adolf Loos. Fuera las flores, todo ornamento le resulta superfluo en la búsqueda de la perfección. Su rivalidad con el estilo de los Wagner, Klimt y compañía le llevó a titular uno de sus artículos de opinión como Ornamento y delito.

En la obra de Stefan Zweig encontramos continuas referencias a Viena. Unas veces mencionada directamente y otras por intuición, la ciudad austriaca es el fondo de muchos de sus relatos, con un lugar destacado en El mundo de ayer, sus memorias.

En 1949 se rodó en una Viena de posguerra la que es probablemente la mejor película del cine británico. El tercer hombre, de Carol Reed, deja en el haber del espectador algunas de las imágenes y diálogos más conocidos de la historia del cine. Es posible recorrer la Viena del subsuelo en un corto paseo por las alcantarillas o plantarse ante la noria para recordar aquella mítica frase que Harry Lime le dice a Holly Martins: “En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, quinientos años de democracia y paz. ¿Y que tenemos? El reloj de cuco”. Welles se arrepentiría a posteriori de la frase, improvisada durante el rodaje, al conocer el origen alemán del reloj de cuco.

La ruta también permite llegar al portal donde se rodó la aparición más famosa de la historia del cine o ir tras los pasos de Alida Valli en el cementerio, donde su paseo final hizo del despecho belleza. El museo que el coleccionista Gerhard Strassgschwandtner ha dedicado a la película le rinde merecido homenaje. En su interior podemos ver la cítara de Anton Karas, carteles del estreno y un amplio surtido de recuerdos para satisfacer al más fetichista.

Fuera de esa carta de Schnitzel y tarta Sacher la ciudad propone un apetecible puñado de sugerencias. En el Naschmarkt encontramos comida oriental, vinagres que compra Ferran Adriá, restaurantes con música electrónica en vivo y esos puestos de fruta donde si tocas una sola pieza todas las demás se vienen abajo. También hay una apuesta firme de la ciudad por los vinos de calidad. Viena es una de las pocas ciudades con viñedos en su casco urbano. El grupo WienWein ha tomado como referencia el Gemischte Satz servido en los Heurigen y llega a mezclar más de una decena de tipos de uva para dar un nuevo impulso al panorama vitivinícola de la ciudad. 


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