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Tarragona, todavía somos romanos

En el año 218 a.C. romanos y cartagineses andaban a palos por la hegemonía del Mediterráneo. Aquel derbi bélico les llevó a entrar en la antaño Hispania por la actual Ampurias, pero los romanos enseguida vieron las posibilidades de Tarraco para establecer allí una de las bases más importantes de su Imperio.

Durante los tres años de estancia de Cesar Augusto en la ciudad (27 al 25 a.C.), el emperador dividió Hispania en tres provincias: Lusitania, Bética y Tarraconense. Con el traslado del emperador a Tarraco la ciudad fue, a todos los efectos, capital imperial.

Para los romanos, Tarraco era una excelente localización para su puerto, con un clima benigno para su base de invierno. No en vano, Adriano se refirió a ella como Civitas ubi ver aeternum est (la ciudad donde la primavera es eterna). Alrededor de Tarraco encontraron numerosas canteras de las que extrajeron gran parte de la piedra que necesitaban para edificar una pieza más de su imperio. Con la característica piedra caliza de tono dorado fueron construyendo las piezas esenciales de lo que debía ser una ciudad romana que se preciara: un circo, el anfiteatro y el forum.

De todos los recintos construidos, los más populares eran sin duda el anfiteatro y el circo. Sólo hay que recordar las necesidades, el opio de un pueblo feliz: panem et circenses. El anfiteatro era gratuito para todos y, en proporción al número de habitantes, el de Tarraco fue el más grande de todo el imperio. Eso sí, había zonas separadas para las distintas clases sociales. Hay constancia de que hubo un mural dedicado a Némesis, donde se encomendaban los gladiadores antes de salir a la arena. El emperador Heliogábalo, el de los festines, restauró el recinto. No hay constancia, pese a la cercanía del mar, de que celebraran naumaquiae, unas batallas navales para las que se precisaba inundar la arena.

Si con todas estas visitas nos falta Roma, siempre tendremos el Museo Nacional Arqueológico de Tarragona (MNAT), que va coleccionando todo lo que los romanos se dejaron en la ciudad. Hay que saber que cada vez que se hace un agujero en Tarragona aparecen restos de la época. A veces se echa tierra encima, sin más complicaciones. Otras, dan comienzo complejas excavaciones que nos siguen dando pistas de cómo se vivía hace dos milenios. En el museo está expuesto el que fue el primer felpudo de la historia; un mosaico que se encontró en la entrada de una casa con la inscripción Ave Salve.

Durante el mes de mayo se celebra el festival Tarraco Viva, donde grupos de recreación histórica hacen retroceder el calendario un par de milenios para convertir de nuevo a Tarragona en la capital que fue. Las diferentes actuaciones son de una calidad excepcional y utilizan los espacios que nos dejaron en herencia para llevarlas a cabo. Viendo las diferentes representaciones la conclusión no puede ser otra: todavía somos romanos.


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