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Cinco pueblos para un verano bajo manta

Olvídese de andar amodorrado bajo el sol a la caza de una furtiva sombra. También en nuestra geografía existen bellos rincones donde en verano la chaqueta no estorba, las noches transcurren bajo manta y el aire acondicionado es un fenómeno marciano. Rincones tocados por la altura, los vientos frescos de las cumbres o una naturaleza lluviosa donde el sopor encuentra tregua. Para dar esquinazo al achicharramiento estival éstos son algunos pueblos de España en los que el mercurio no explota.

Griegos o el frío Teruel

Las estadísticas meteorológicas señalan el límite de las provincias de Teruel y Guadalajara como la franja que registra las temperaturas mínimas más bajas durante el periodo veraniego. Precisamente aquí se emplaza Griegos, que tiene el honor de estar catalogado como el pueblo más frío de España. En sus bellas calles empinadas tan propias de la Sierra de Albarracín habrá que prescindir del abanico, puesto que ha habido agostos, cuentan, en los que no se han superado los 0 grados. Es lo que tiene formar parte de los Montes Universales y estar cobijado bajo la Muela de San Juan, lo que también le otorga, por cierto, una naturaleza prodigiosa. Bosques frondosos, extensos campos de cereales y profundas dolinas kársticas brindan agradables excursiones, siempre alentadas por ese fresquito que tanto ayuda en las caminatas.

Puebla de Lillo, en los Picos de Europa

La provincia de León tiene en este pueblo a los pies de los Picos de Europa uno de sus exponentes más fríos. Apenas unos 12 grados alcanza el verano en este antaño asentamiento medieval localizado en la comarca del Alto Porma, a solo quince kilómetros de la estación de esquí de San Isidro. Nieve por estas fechas será muy raro encontrar, pero sí lagos de origen glaciar, pantanos para actividades náuticas, reservas de caza y bosques autóctonos con pinos milenarios. También ferias, fiestas y tradiciones, y por supuesto una contundente gastronomía de montaña que incluso en estos meses, quién lo diría, resulta reconfortante.

Sallent de Gállego, frío pirenaico

Es el típico pueblo del Pirineo aragonés, en el norte de la provincia de Huesca. Y aunque está hundido en un valle para defenderse del viento y absorber las horas de sol, su altura (1.305 metros sobre el nivel del mar) y la conjunción de dos ríos, Gállego y Aguaslimpias, le recompensan con una temperatura media de 13,4 grados en verano, ideal para devorar su pintoresco entramado urbano en el que destaca la iglesia gótica de Nuestra Señora de la Asunción y el medieval Puente del Paco. Pero también los deslumbrantes alrededores -Circo de Piedrafita, Picos del Infierno, Ibón de Anayet,…-, casi siempre atestados de montañeros que deciden huir del calor y entregarse al senderismo en un maravilloso enclave natural.

Cangas de Narcea y la fauna asturiana

Los detractores del hirviente verano encontrarán en esta zona del Puerto de Leitariegos, en Asturias, un clima agradable que no suele superar los 14 grados. Su capital, Cangas de Narcea, rodeada de bosques de hayas y robles al abrigo de la sierra, escapa a las típicas precipitaciones asturianas y al mismo tiempo, al calor soporífero de otro puntos de la geografía española. Por eso es uno de los lugares apropiados para pasar un verano fresquito con mucho que ver en el entorno: pueblos con encanto como Bisuyu, Brañas D’Arriba o Xinestosu; y grandes espacios naturales plagados de fauna, donde el oso y el urogallo son las especies emblemáticas.

O Cebreiro para los peregrinos

Aunque las mínimas en invierno rondan los cinco grados bajo cero, el periodo estival de este bello rincón, la primera aldea gallega del Camino de Santiago francés, se asemeja mucho a la primavera, con temperaturas en torno a los 17 grados. Ubicada por encima de los mil metros de altitud en la comarca de Los Ancares de Lugo, se trata de un declarado Conjunto Monumental gracias a las pallozas, que son construcciones típicas de piedra con el techo de paja. Esto, la iglesia prerrománica de Santa María la Real y el Santuario donde la leyenda enmarca el Santo Grial de Galicia, destacan en un patrimonio salpicado de vestigios naturales alentados, además, por la frisa fresca.


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