Sobre un apéndice, casi isla, se asienta Peñíscola, cargando con el peso de su pasado, aferrada a ese reducto como lo hiciera aquel papa, terco como buen maño, que se encerró en su castillo y consiguió que Peñíscola pueda presumir hoy de haber sido ciudad papal, cosa que sólo pueden decir, además de ellos, las ciudades de Avignon y Roma. Para el Vaticano, Benedicto XIII sigue siendo el antipapa, un herético que tuvo en jaque a la jerarquía eclesiástica, más partidaria de otros candidatos. El hecho de que el Papa Luna siguiera en sus trece, dio paso a uno de los berrinches de más relevancia en el seno de la iglesia católica: el Cisma de Occidente.

El Papa Luna escondía detrás a Pedro Martínez de Luna, protagonista del libro El papa del mar de Vicente Blasco Ibáñez. El controvertido papa escogió el castillo de los Templarios, más conocido como el del Papa Luna, para su encierro. La edificación corona el abigarrado conjunto de casas encaladas rodeadas por la muralla, cinturón de piedra que rodea todo el conjunto histórico dando una postal a los bañistas de playa Norte y resistiendo el embate del Mediterráneo por el otro lado.

El ritmo de Peñíscola sólo se altera con el ruido de claqueta. Las calles de la localidad han sido escenario de míticas películas de los años 60, como El Cid con Charlton Heston y Sofía Loren. Pero si hablamos de cine, hay que destacar la particular relación, casi idolatría, de la ciudad con Luis García Berlanga, que convirtió a Peñíscola en Calabuch. Más recientemente, en el año 1999, el director volvió a las calles de la localidad para rodar París-Tombuctú y poner de esa forma punto y final a su filmografía.

Pero si de algo pueden presumir Peñíscola y su entorno es de playas. Playa Norte es la obvia, la que te encuentras al llegar. Cinco kilómetros de arena dorada donde plantar la toalla que tienen un pequeño reflejo al otro lado, en playa Sur. Pero hay más de una decena de playas y calas, algunas de ellas en la zona del Parque Natural de la Sierra de Irta, que dan respuesta a cualquiera, desde el que busca la comodidad de tener la playa frente a la puerta de casa hasta el que convierte el día de playa en un proyecto integral de excursión y comunión con la naturaleza.

Calas como la de Badum, al pie de la torre homónima, recompensan la dificultad de su acceso con un entorno privilegiado. La zona de la sierra de Irta es un espacio natural que propone diversas rutas senderistas, desde su máxima elevación de 573 metros hasta la sucesión de calas del litoral. El castillo de Pulpis, la mencionada torre de Badum o la ermita de San Antonio, son algunos de los enclaves que se pueden visitar a través de las rutas por el parque.


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