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Lugo: tapeando entre huellas romanas

Es un museo romano al aire libre con su poderosa muralla única en todo el mundo. Pero presume también de restos medievales, de pintorescas callejuelas y de animadas tabernas ideales para tomar ‘os viños’ con su inexcusable doble tapa. Por eso seduce tanto esta ciudad, la más antigua de Galicia, parada obligada para todo aquel que disfruta de las pequeñas cosas.

La encontramos a orillas del Miño, a medio camino de la meseta y la costa. Allí, la ciudad más antigua de Galicia, la que fuera Lucus Augusti fundada por los romanos quince años antes de nuestra era, permanece discreta y calladita pese a contener una de las grandes joyas de la península ibérica: ese cinturón de piedra declarado Monumento Nacional y Patrimonio de la Humanidad. Porque murallas romanas puede que haya muchas, pero como la de Lugo ninguna. Y no sólo por las vistas soberbias que proporciona sobre el casco histórico, sino también –y sobre todo- porque se trata de la única en el mundo que conserva íntegro su recorrido.

Más de dos kilómetros de muro, que en su día estuvo coronado por 85 torres, permiten hoy un paseo a lo largo de todo su perímetro las 24 horas del día. Para ello está el adarve, al que el viajero puede auparse desde la puerta que más le convenga para contemplar la maraña de cúpulas y torres, de plazas y callejuelas donde los romanos dejaron su huella: las termas que edificaron al descubrir junto al río un manantial de aguas sulfurosas (hoy es un hotel balneario), el puente después modificado a un kilómetro de la muralla, los restos de construcciones que se han museizado in situ o piezas arqueológicas como los famosos mosaicos.

Ciudad monumental

Pero Lugo es también una ciudad medieval con auténticas obras maestras del románico, el gótico y el barroco. La catedral, que empezó a construirse en 1129, destaca sobre el resto, junto a la gótica Iglesia de San Pedro, con su claustro integrado en el Museo Provincial, o el Ayuntamiento, que es uno de los mejores edificios del barroco civil gallego.

Paseando despacio entre sus fuentes y jardines, o sentándose al sol en un banco de la praza de España, uno deja pasar el tiempo hasta llegar el momento de entregarse a la actividad lucense por excelencia: la del chateo por la Rúa Nova o Rúa da Cruz, donde la abundancia de las tapas merece fama universal.

El arte del aperitivo

“Para comer, Lugo” rezaba un viejo eslogan de los años 60 haciendo justicia a una de las mejores gastronomías del norte: la que tiene entre sus platos típicos no sólo excelente marisco y jugosa carne gallega, sino también empanadas de diferentes rellenos, truchas procedentes de los ríos cercanos, caldos reconfortantes y, por supuesto, el pulpo á feira, protagonista absoluto de las fiestas de San Froilán que acontecen a principios de otoño.

Todo ello puede degustarse sin pagar un céntimo cuando se sale a tomar os viños. Porque en Lugo el aperitivo es una religión que se practica por partida doble: con cada consumición se ofrecen dos tapas: una fría y otra caliente, algo más elaborada. Y aunque las tabernas del centro suelen ser las más concurridas, también fuera de las murallas existen zonas interesantes: los barrios de La Milagrosa o Aceña de Olga, además de tapas exquisitas, cuentan con animados locales abiertos hasta la madrugada.

Después, cuando el estómago no tenga más hueco, siempre vendrá bien un poco de ejercicio en sus distintas zonas naturales. Por ejemplo, en el parque Rosalía de Castro, con sus imponentes secuoyas, o en el Paseo Fluvial del río Miño, al pie de la ciudad, un remanso de paz donde los ecos urbanos se pierden entre la vegetación.


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