Pues está ahí, en un grupo de islas que surgen a poca distancia de la costa occidental francesa en la región de Poitou-Charentes, país del cognac. Tres islas que han jugado diferentes e importantes papeles en la historia de Francia. Ahora son unos tranquilos destinos para relajarse, pasear en bicicleta, comer ostras y disfrutar de la dulzura del art de vivre francés.

Isla de Ré

La isla de Ré es completamente llana, lo que encanta a los veraneantes que ven el Tour en el televisor, les hace gracia lo de pedalear y luego quieren conquistar el mundo. Así pueden llegar a playas relativamente salvajes (esas que tienen dunas cubiertas de juncos) y pueblos con la apariencia perfecta de los exteriores que aparecen en las fotos de las revistas de decoración, con sus fachadas de colores cuidadosamente desvaídos y puertas y contraventanas de azul pastel.

Saint-Martin-de-Ré es el más importante, una antigua plaza fuerte, perfectamente amurallada. Lo que viene siendo un lugar turístico pero con buen gusto. La estructura defensiva es espectacular (puedes apostar a que es de Vauban) con baluartes, fosos y todo eso. La ciudadela, lo más defendido dentro de lo defendido, es una cárcel de alta seguridad, lo que demuestra lo bien que se trabajaba en el siglo XVII. El puerto es tan peculiar que casi rodea un pequeño barrio, antiguamente de marineros y ahora lleno de tiendas. El mercado es un peligro: presentan la comida tan bien que te lo quieres llevar todo.

Isla de Aix

Es la isla secreta y casi perfecta: pequeña, sin coches, con bosquecillos por todas partes, y un pueblecito con aspecto mediterráneo. Aquí pasó Napoleón sus últimos días en Francia así que hay varios recuerdos del emperador, entre ellos un museo Napoleónico. En la casa de enfrente aparece de repente un museo Africano donde se muestra, cuidadosamente embalsamado, el dromedario blanco que montó Napoleón en la campaña de Egipto. Ambos están en Le Bourg, un pueblecito encantador, amurallado (puedes apostar a que la muralla es obra de Vauban) y tranquilo, todo casitas blancas con algunos detalles de color en las persianas y las flores. La plaza de Austerlitz es comparativamente ancha, y en parte sombreada con cipreses. La iglesia de St-Martin es el único recuerdo de la época en que la isla era un cenobio cisterciense. Un recorrido en bicicleta permite llegar a las playas del extremo norte y oeste, más salvajes que las recogidas de la bahía de Saillant. Un fuerte, medio oculto en el bosque, recuerda tiempos inquietos que parecen muy lejanos cuando sopla la brisa y mueve las ramas de los árboles.

Isla de Oléron

Oléron es mucho más grande que Ré, dónde va a parar: 30 kilómetros de largo que dan para tener un paisaje más variado, con marismas, playas, salinas, escolleras, etc. y el puente más largo de Francia (3.027 m.) que la une al continente. Decir Oléron es decir ostras: aquí se cultivan en gran cantidad y calidad. Las cabañas de los ostricultores están normalmente pintadas de colores brillantes, lo que les da un aspecto pintoresco y atractivo. En algún momento habrá que darse un homenaje a base de ostras, mejillones, almejas y anguilas, todo ello regado con un vinillo blanco que se produce en la isla y que tiene un sustancioso sabor a yodo que, igual que las cabañas, resulta pintoresco y atractivo. Y no, no me había olvidado de decirlo, sólo lo he dejado para el final: Oléron es la segunda isla más grande de Francia.


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