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Buena vida a orillas del lago Léman

Al abrigo de los Alpes y las montañas del Jura se encuentra Ginebra, a orillas del Lago Léman, el mayor lago alpino. Esos paisajes, junto al encanto de la ville vielle y una gran oferta cultural, hacen de la capital del cantón un lugar ideal para una escapada ajena al tótum revolútum de las reuniones internacionales.

Alrededor del lago se encuentran los primeros atractivos de la ciudad y jardines impecablemente cuidados como el Inglés y su horloge fleurie con el segundero de más de dos metros rodeado de miles de flores. El icono de la ciudad, visible desde varios puntos de la misma, es el Jet d´eau. El chorro de agua sale despedido a más de 200 kilómetros por hora para alcanzar los 140 metros de altura. Otra de las posibilidades que ofrece el lago es la de navegar en los barcos que salen desde el Quai de Mont-Blanc para hacer recorridos de una hora.

El casco viejo de Ginebra es pequeño, cómodo de recorrer, limpio como pocos. En los sótanos de la catedral de San Pedro se encontraron restos de la ciudad con más de mil años de antigüedad. No en vano, Ginebra y su lacus lemanus ya aparecían en la Guerra de las Galias de Julio César. En el antiguo Arsenal se exhiben mosaicos que cuentan aspectos claves de la historia de la ciudad. A su lado, el Hotel de Ville no se queda a la zaga en historia. En 1864 se fundó allí la Cruz Roja de manos de Henri Dunant. Muy cerca de allí se encuentra la casa donde nació el ginebrino más universal; Jean Jacques Rousseau.

La plaza más antigua de la ciudad, la Bourg-de-Four, recuerda a esas placitas de la Borgoña, con la fuente en mitad de la misma y rodeada de cafés tradicionales. También alrededor del casco antiguo hay otros edificios destacables y un par de museos. En cuanto a los primeros, las fachadas del Gran Teatro y el Conservatorio merecen nuestra atención y el Museo Rath y el de Arte e Historia bien valen una visita.

La 'Ginebra póstuma' de Calvino y Borges

Calvino no nació en Ginebra, pero dejó un legado impresionante como emprendedor de la Reforma. Un mural le rinde homenaje en el paseo de los Bastiones, con escenas del periodo de la Reforma y cuatro gigantescas estatuas del propio Calvino, de Farel, Knox y Beze. La tumba de Calvino se encuentra en el cementerio de Plainpalais, muy cerca de la de Borges, que también escogió Ginebra para el descanso eterno.

A los pies de la parte antigua están las dos arterias comerciales de la ciudad, la rue du Rhône y la de la Corraterie, repletas de elegantes tiendas y, cómo no, relojerías, uno de los orgullos nacionales. Cruzando el río por el puente de la Isla encontramos un museo creado por Swatch, donde podemos conocer la historia de la relojería.

De camino a la Zona Internacional llama la atención la conocida como casa de los Pitufos, detrás de la Estación Central de trenes. En ella encontramos fachadas de vivos colores y formas curvas, diseños que los más osados han querido comparar con la arquitectura de Gaudí.

La Zona Internacional es la de los imponentes edificios de organismos de todo tipo y condición, tipos trajeados y coches oficiales. Dos de los edificios más destacados son el museo de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja y el Palacio de las Naciones. En el primero conoceremos la historia de la entidad creada por Henri Dunant en 1864 y en el segundo podremos disfrutar de las pinturas murales de José María Sert en la sala del Consejo y de la controvertida cúpula de Barceló en la sala XX.


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