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Cinco castillos españoles para escapar un fin de semana

Un castillo es algo más que un edificio: su torre del homenaje, sus almenas, su foso y sus leyendas son la excursión perfecta. Es necesario un poco de ejercicio para llegar, porque suelen estar en lugares estratégicos, también hay un poco de historia, que siempre viene bien, y mucha imaginación para intentar recrear la vida cotidiana de sus habitantes. Cinco lugares para cinco escapadas otoñales. 

Castillo de Belmonte

El tiempo parece no haber pasado para la construcción ordenada por el marqués de Villena. De estilo gótico con adiciones mudéjares y platerescas, se le considera Monumento Nacional desde la década de los treinta, absolutamente incólume gracias a una brillante restauración que entendió perfectamente el carácter defensivo con el que fue concebido. Quizá por todo ello, el castillo de Belmonte se convirtió en todo un plató de cine cada vez que Hollywood rodaba algo de capa y espada.

Por eso, el castillo conquense aparece en la escena del torneo del clásico del cine El Cid, una de las muestras más conocidas del género histórico bigger than life de los sesenta. También sirve como decorado en Los señores del acero, una de las fantasías más oscuras y adultas del género, dos décadas después.

Castillo de Loarre

¡Espectacular! Un lugar que impresiona y justifica el viaje. Como buena joya del románico español, la inconquistable fortaleza aragonesa no admite herejía alguna. Concebido en tiempos de afirmación cristiana en pleno siglo XI, el castillo de Loarre traslada al visitante directamente al espíritu fascinante y severo de la injustamente menospreciada Edad Media.

Todo en él inspira silencio y soledad, pero también un inmenso poderío. Ubicado en un promontorio que proporciona alucinantes vistas, a pocos kilómetros de Huesca, y completamente integrado en el relieve natural, la construcción -amurallada y puntuada por poderosos torreones-. En otoño, es la excursión perfecta para niños y mayores que todavía creen en dragones y mazmorras.

La Alhambra

Posiblemente sea el mejor reclamo publicitario de España. La gracia, energía y sofisticación del palacio andalusí parece chocar directamente con la severidad de los anteriores. El complejo granadino, con su jardín, su mezquita y su fortaleza amuralladas desprenden una energía bien distinta, como una joya coránica que fluye como el agua de sus acequias y que hace de la combinación de materiales, la creación de efectos de luz y sonido y, en definitiva, el placer, sus grandes objetivos.

Pero al igual que los anteriores, esa gracia y disfrute no oculta las vicisitudes de la extensa historia que lleva en su mochila, como fue su concepción como centro de gobierno y residencia del poder. Declarada Patrimonio de la Humanidad, la Alhambra es un exquisito placer romántico, que hay que intentar visitar de noche -si logramos una plaza-.

Castillo de Bellver

Gracias a su vocación comercial y su ubicación geográfica, Mallorca desarrolló un importante patrimonio medieval, un gótico propio abierto a influencias exteriores bizantinas y europeas con elementos muy particulares. Como por ejemplo, su planta, toda una oda a la circunferencia que se extiende también a los torreones que escoltan el conjunto.

Bellver -o ‘bella vista’- sería único ya sólo por eso, pero atención a sus vistas: el castillo hace honor a su nombre sobre un promontorio que permite divisar los puntos de interés de la isla. Actualmente acoge el Museo de Historia de Palma y un auténtico centro cultural con numerosas actividades para toda clase de públicos.

Castillo de Butrón

El castillo de Butrón es la encarnación viva de un castillo mágico, pero en el mundo real. Ubicado en Gatica (Vizcaya), en Butrón no sabemos si hay hadas, pero el resultado de su fusión de arquitectura medieval con elementos nórdicos -fruto de una reconstrucción en el siglo XIX- apuesta abiertamente por lo fantástico, muy al estilo germánico que parece que tanto gustaba al marqués de Cubas.

Siempre es bonito llegar a este lugar a pie, atravesando su maravilloso jardín con casi cuatro hectáreas. Al final, en un claro, aparece esta locura. Se trata de la supremacía de la estética, ya que parte de sus “avalorios” tienen más valor ornamental que práctico, pero el resultado es espectacular. Todo tiene un punto irreal y un tanto operístico… Un lugar perfecto para ambientar ese cuento de hadas en el que no falta siquiera una mazmorra donde -quien sabe- podría estar recluido un príncipe azul.


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