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Aveiro: donde el Atlántico se hace bahía

Cuando se llega a la estación de Aveiro, se entiende mejor esa belleza que sólo tienen los sitios decadentes. Sus azulejos hablan de lo que fue la ciudad y de cómo no se puede recuperar todo su patrimonio. Esa languidez que tiene la ciudad en invierno, y ese ritmo de turistas que no van hacia ninguna parte en verano, lo convierte en un lugar perfecto para una escapada de fin de semana. 

Aveiro es la opción ideal para quienes quieran disfrutar de playas vacías y ese turismo un punto melancólico, pero igual de ocioso y gratificante, que nos ofrece la costa portuguesa. En esta tierra el mar parece querer saber lo que pasa tierra adentro. Sin prisa, pero con clase. Sin fuerza, pero marcando el territorio, porque la vida no es mejor con prisas.

Desde un primer momento, el entorno nos muestra sus cartas. El corazón de la ciudad nos enseña sus estrechasy enrevesadas calles netamente portuguesas, con esos eternos juegos geométricos en calles y plazas. La vida está definida por la ría y los laberínticos canales navegables, que deciden la geografía y la disposición del núcleo urbano, pero a cambio ofrecen esa sensación de agradable paz, nostalgia y preciosa decadencia que buscamos en ese país.

Por supuesto que el tópico tiene su cuota de mercado y el título de ‘La Venecia portuguesa’, aparece en cada esquina y en algunos folletos descoloreados. Los viejos moliceiros, a modo de ‘góndolas’, flotan arriba y abajo en la ría. Ya no recogen algas y ahora se mueven ofreciendo unas vistas privilegiadas de una ciudad pesquera marcada por la arquitectura tradicional, los edificios religiosos del otro lado de la ría y el ‘art noveau’ de sus edificios mejor conservados.

Alrededor de la ría principal se disponen los principales atractivos turísticos. 

Alrededor de la ría principal se disponen los principales atractivos turísticos. Naturalmente, en el centro urbano podemos encontrar un gran centro comercial, franquicias de importantes empresas y todo tipo de restaurantes, aunque nosotros, que preferimos el ‘donde fueres haz lo que vieres’, nos concentramos en las míticas pastelerías portuguesas, cuyos pequeños ‘ovos moles’ o pasteles de crema de huevo amenizan ya sea el desayuno como el postre o la merienda. Para cubrir la cuota cultural, el convento de Jesúsacoge un importante museo, con la famosa tumba de la princesa Joana como pieza emblemática. Y a poca distancia, queda la catedral, construida al lado de una de las antiguas murallas medievales, en lo que era un convento de los Dominicos.

Playas tranquilas de arena fina

Las playas no están en la localidad, pero enseguida se presentan ante nuestros ojos tras un agradable paseo en coche en el que podemos disfrutar del paisaje y descubrir algunas de las otras bondades del entorno. Además de las pequeñas villas como Costa Nova o San Jacinto, los lagos, pinares y playas del lugar se pelean por nuestra atención, mientras las salinas de la ría distribuyen un inconfundible olor los alrededores de Aveiro.

Las playas de la zona son tranquilas, turísticas pero sin masificar e ideales para hacer surf

Nada más pasar las salinas y por la carretera nos encontramos Praia da Barra, que bien podría llamarse agua fría y tranquilidad. Los árboles dan sombra en verano y cambian la silueta de una playa de arena blanca y fina, ideal para quienes huyen del tópico mediterráneo. El fuerte viento, colabora a crear esa imagen de un paraíso distinto. La playa de Costa Nova es otra de las obligatorias. Situada también a apenas unos pocos kilómetros de la villa principal nos encontramos de bruces ante la viva imagen de una playa turística pero sin masificar, con su arena fina, casitas de colores, marisquerías y hasta algún camping en las inmediaciones. Esa es la zona para buscar alguna terraza, decidir sin prisa sobre una botella de vino frío o una cerveza helada, porque una buena ración de caldero de anguila debe marcar nuestro menú.

São Jacinto es una de las villas más importantes en las cercanías de Aveiro. A su playa, ideal para el surf por su fuerte oleaje, se puede llegar por ferry desde muy cerca de nuestra base de operaciones. Una vez allí, y tras pasear por los senderos que se descubren entre las dunas, podemos disfrutar de sus balnearios, bares a muy buen precio y echar el tiempo en una reserva natural de flora y fauna protegida, 700 hectáreas de arenales, bosques y lagunas cuya visita es imprescindible y que también se pueden ver, aunque sea de lejos y sobre ruedas, por la carretera EN-327.

El encanto del deterioro portugués

En el mismo distrito de Aveiro y tras una mediahora de camino por la EN-109 nos plantamos en Ovar, una ciudad consagrada a la artesanía del azulejo y que también se baña en el Atlántico. Su cuidadaiglesia matriz, el paseo siguiendo el río Caster y su rica biblioteca, junto a ese deterioro que ha acabado siendo parte fundamental del pintoresquismo portugués, merecen sin duda otra parada en la ruta. Espinho, en sus alrededores, se caracteriza por su playa y un bonito mercadillo que se celebra los lunes.

La costa de Aveiro ofrece muchas posibilidades con encanto

Recorriendo la costa en dirección contraria nos encontramos otras mil posibilidades. Las viejas carreteras guardan la personalidad de este escenario. Camino del sur, a un tiro de piedra nos encontramos con Mira, una villatradicional de pescadores conocida sobre todo por los surfistas, admiradores de su ventosa playa, aunque si tememos el oleaje del Atlántico podemos refugiarnos en su laguna o relajarnos en algún café. Coimbra o Figueira parecen las siguientes paradas… La opción de perder otro día por este mundo, donde el mar quiere ser tierra, casi tiene más fuerza. En Aveiro las cosas no tienen el perfil muy claro, por eso atrapa.


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