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Mandalay: un guiño a la historia de Birmania

Mandalay tiene mucho de grabado decimonónico. Nunca esconde la huella colonial, aunque antes de que llegaran los británicos era la última capital del reino. De hecho, fue el rey Mindon Min, en 1857, quien decidió instaurar su nueva capital en este lugar. Su palacio fortificado fue construido en 1861 y sus murallas, de 8 metros de alto y 2 kilómetros de largo por cada lado, aún ‘encofran’ el recinto real, que ha sido fielmente reconstruido tras ser totalmente destruido durante la Segunda Guerra Mundial.

Después de unos minutos entre los ‘muros’ del fuerte, que protegen el recinto del palacio, se siente como la vida cambia de ritmo. El Fuerte se levanta majestuoso sobre una superficie de plata que forma el foso que lo rodea. El agua es un mágico pedestal, donde las emociones de un país se reflejan.

En esta ciudad se tiene la sensación de que con Mandalay ni nada ni nadie han podido jamás. Y es que por algo sus habitantes la consideran como el Centro del Universo. Además, su venerable pasado parece que te transporta a otra época. Ésa es la sensación que se tiene al cruzar a pie el puente U Bein sobre el lago Kandawgyi, un veterano e histórico puente de madera de teca que lleva resistiendo el embiste de los monzones desde el siglo XIV. Algunos de sus 984 pilares han sido sustituidos, pero la mayoría son todavía los originales.

El resto de las sensaciones vienen desde la calle. Siempre cautiva el ambiente budista de sus monasterios. El fervor más devoto de Mandalay se encuentra en el voluminoso Buda del Paya Mahamuni. Esta estatua de bronce de 4 metros de altura se remonta al siglo I, aunque el metal original ya no es apreciado a la vista porque con el transcurso de los años los fieles lo han ido recubriendo de hojas de oro. En estos momentos cuenta ya con un grosor en oro de más de 15 centímetros, especialmente en el estómago y en las piernas, pues existe la creencia que si le colocas el oro donde tienes una dolencia te sanará.

Religiosidad y vida callejera

La religiosidad de sus gentes también se siente en el Monasterio Dorado del Palacio o Kyaung Shwenandaw, la residencia de madera donde murió el rey Mindon. Y así siguen apareciendo más y más templos, más y más estupas, más y más monasterios.

En este extraño peregrinaje se hace obligatoria una visita al Paya Kauthodaw, donde fueron cinceladas, durante el siglo XIX, 729 gigantescas estelas de mármol con el Tripitaka, la compilación de los tres libros sagrados budistas clásicos: el Vinaya (la disciplina monástica), el Sutta (las palabras de Buda) y el Abhidhamma (la filosofía budista). Cada estela tiene su propio templete blanco terminado en afilado pináculo y todas rodean al templo principal como un ejército albino de lanceros en formación

Así es el Mandalay más espiritual, aunque también existe una ciudad que vive el día a día. Y la mejor manera de comprobarlo es acercándose al mercado callejero. Aquí están las llamativas tribus Shan y Pa-O, con sus trajes negros las primeras y en azul claro las segundas, siempre con vistosos paños de colores enroscados en la cabeza. Cada etnia tiene su propio tamaño, diseño y modo de colocárselo. Todavía sorprende ver cómo a los extranjeros se nos mira con una mezcla de respeto y dejadez.

Subida hasta Mandalay Hill

En el mercado se apretujan los puestos de verduras, fruta, carne, pescado, especias, el famoso cherut o cigarro birmano, chiringuitos para comer, empujones de la multitud por los estrechos pasillos del mercado al aire libre, rostros maquillados con thanaka luciendo los diseños más variados, motivos geométricos, florales, étnicos... No falta de nada en este desfile privilegiado de tan pintoresco y genuino espectáculo popular, aunque lo más sobresaliente se lo llevan los tenderetes de sedas, madera, mármol, piedras preciosas, bronce, plata y tapices.

Todo lo contrario se siente cuando uno se entretiene dando de comer a las carpas sagradas de algunos estanques, aunque también resulta toda una experiencia subir a los arcaicos autobuses que recorren la ciudad. Hay que pararse después delante de los tenderetes donde los curanderos prodigan las cualidades de su extraña mercancía expuesta en una tela sobre la acera y charlar con algún birmano que todavía se acerca para hablar inglés con un “extranjero”.

Cuando acaba el día, se hace obligatoria una subida hasta Mandalay Hill. El ornamento de sus edificios es un auténtico regalo, sólo superado por la vista que se tiene del entorno. Inmensos arrozales, interminables campos de bambú y hombres que trepan hasta las cimas de las palmeras para extraer el néctar de los cocos. El país puede cambiar de nombre pero la huella de la historia queda en las emociones de un pueblo.


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