Destinos

El fin del mundo también está en Chiloé

Hay que reconocer que, vista en el mapa, la silueta de Chile es peculiar. Bizarra, diríamos ahora. Pero también que se porta bien: los Andes corren de norte a sur y hay una cordillera paralela a la costa que deja un valle central. Fácil. Digamos que esta geografía se porta bien durante miles de kilómetros hasta que llegamos a Chiloé. Aquí la cordillera costera se hunde en el mar —la propia Chiloé es la última noticia que tenemos de ella— y el valle central se inunda.

Por eso a partir de aquí todo es desorden, geografía loca, volcanes andinos que se ven al navegar por el mar interior que forma Chiloé y el continente, corrientes traicioneras, bosques por donde no ha pasado nadie en años. En un costado de Chiloé la diferencia entre la pleamar y la bajamar es de dos metros, y en opuesto es de siete. Todo muy loco. Pero por eso mismo Chiloé es un lugar por el que hay que perderse al menos una vez en la vida.

Eso sí, esta isla, la segunda más extensa de Sudamérica, no es un paraíso tropical. Por aquí anduvo Darwin y la descripción que dejó, tan simpático como siempre, no es la que promociona una oficina de turismo: “En invierno el clima es detestable y en verano, sólo un poco mejor”. Y lo decía un inglés.

Mejor en barco

Aunque desde hace muy poco se puede llegar en avión desde Santiago de Chile, sigue resultando más atractiva la idea de aterrizar en Puerto Montt, en el continente, y llegar a Chiloé en barco —como se debe hacer con las islas— desembarcando en Chacao y tener todo el horizonte para conquistar.

Una carretera principal atraviesa la isla por el centro, hasta Quellón. Aquí termina, en realidad, la Carretera Panamericana. Lo demás son ramales. Al este de la carretera salen los desvíos al mar interior de Chiloé y a las poblaciones que viven en sus orillas.

Al oeste sólo hay un par de posibilidades de llegar a la costa del Pacífico. Todo el litoral es una masa de bosque intransitable que cubre las colinas agrestes por las que corren torrentes tempestuosos. Esto sí que es el fin del mundo. Darwin navegó por estas costas y cuenta en su diario que en el Beagle rescataron a unos náufragos que llevaban ¡15 meses! intentando salir de esta costa y llegar a la otra orilla. Ahora es fácil llegar por carretera a Cucao y desde allí emprender una caminata por el Parque Nacional Chiloé. Da por pensar que las olas que golpean con fuerza esta costa vienen directamente desde Japón o Australia y no han encontrado ningún obstáculo en el camino.

Más amable es la costa oriental, la que da al mar interior formado por el golfo de Ancud y el golfo Corcovado. Ahí están esas poblaciones de nombres sonoros y ajenos: Queilén, Dalcahue, Quemchi, Achao, Chonchi… Cuando Chiloé era el fin de la cristiandad, hasta aquí llegaron los jesuitas y crearon uno de sus experimentos sociales, tan propios de ellos: levantaron algunas de las iglesias de madera más espectaculares del mundo, de las que se conservan 70. La mayoría está al borde de ese mar interior que, a través de estas construcciones, querían convertir en un jardín de la iglesia. Dieciséis de ellas están declaradas patrimonio mundial por la Unesco.

Una isla como Chiloé tenía que dar personajes como Francisco Coloane. Es lo más parecido que tenemos a Jack London o a Joseph Conrad en el idioma español: un escritor que buscaba lo profundo del ser humano en personajes que se jugaban continuamente la vida en el fin del mundo, en Patagonia o en la lejana Chiloé.


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba