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San Miguel de Allende gusta a todo el mundo

San Miguel de Allende es una ciudad que gusta. Tal vez sea por la facilidad con la que se pueden pasar aquí unos días saboreando lo mejor de México gracias a sus dimensiones reducidas, su ambiente tranquilo y su gran oferta cultural, gastronómica y hotelera.

Desde hace décadas es la favorita de muchos extranjeros (principalmente estadounidenses) que pasan largas temporadas, sobre todo en invierno. Primero llegaron los artistas atraídos por la hermosa luz de la zona, luego los estudiantes de español y luego muchos jubilados, que se han instalado definitivamente. La presencia de esta colonia extranjera ha modificado en parte el ambiente de las calles que rodean al Jardín (la plaza principal) entregándolo completamente al turismo, pero también hay que reconocer que muchos de ellos ejercieron hace tiempo una importante presión para preservar las casas y calles, y por todo ello ahora están tan bien conservadas.

En San Miguel de Allende parece que la vida da vueltas alrededor del Jardín y por tanto éste es el lugar para iniciar el descubrimiento de la ciudad. La torre de la iglesia es completamente diferente a cualquier otra en México y se dice que la concibió un indígena local después de ver una postal de una iglesia belga. Al lado está el Museo Histórico de San Miguel de Allende, en el que se descubre la importancia que tuvo Ignacio Allende, el hijo predilecto de la ciudad, en la historia del país.

Un momento que no hay que perderse es la caída de la tarde en el Jardín, cuando las copas de los árboles de llenan de pájaros que buscan un sitio para dormir, la torre de la iglesia se ilumina, y es muy probable que aparezcan varios grupos de mariachis para cantar sus canciones a los paseantes que las soliciten. Una canción cuesta alrededor de 5 euros. Luego hay que buscar una mesa en los locales cercanos para tomar una bebida y disfrutar del ambiente.

Un paseo por las calles cercanas permite descubrir el tesoro arquitectónico de San Miguel, en el que abundan las iglesias y las grandes mansiones del tiempo del virreinato. También hay muchas galerías de arte y, además, algunas de las tiendas de artesanía con mayor oferta de todo el país. Casa Maxwell (Canal 14) es una de las más grandes, pero hay muchas más.

A medida que uno se aleja del Jardín empieza a cambiar el ambiente y aparece el color local. El oratorio de San Felipe Neri se encuentra en un pequeño parque, y vale la pena dedicarle unos minutos al interior y al claustro. El mercado El Nigromante está un poco más allá y en él aparece ya el México más auténtico, con sus puestos de comida, enseres y hierbas curalotodo.

A 14 kilómetros de distancia está el Santuario de Atotonilco, que además de su valor artístico (su interior abunda en pinturas murales) ocupa un papel importante en la memoria de México porque aquí se concentraron los rebeldes que iniciaron la lucha por la independencia. El cura Hidalgo tomó el estandarte de la virgen de Guadalupe para convertirlo en la enseña de la rebelión. Este monasterio está incluido, junto al casco histórico de San Miguel de Allende, en la lista del patrimonio mundial de la Unesco. 


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