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Los tres secretos mejor guardados de la desembocadura del Miño

Cuentan que cuando los romanos llegaron a las tierras del Miño se convencieron de que aquel era un río mágico: allí creían haber encontrado el final de la Tierra, un enorme acantilado que les mandaría al vacío. En parte porque los paisajes que formaban la combinación del monte, el río y el litoral eran una especie de paraíso que no parecía de este mundo. Siglos después, ese paraíso permanece casi intacto. ¿Lo mejor de este rincón del suroeste pontevedrés que separa España de Portugal? Para nosotros, explorar tres de sus muchos secretos.

Paraíso animal y vegetal

Aunque los aficionados al avistamiento de aves conocen bien los tesoros que encierra el estuario en forma de parque ornitológico, no todos saben que allí es común ver sin esfuerzo cormoranes, correlimos, martines pescadores, ánades reales y un largo listado de aves que conviven en paz y armonía con zorros, conejos o los salmones más meridionales de toda Europa, además de con anguilas, lampreas y decenas de especies acuáticas que han encontrado aquí una especie de perfecto hogar.

Todos ellos sobreviven a la sombra de un espeso bosque de ribera rodeado de alisos, sauces, robles, fresnos, chopos, olmos, abedules, laureles... Un lujo para los amantes de la naturaleza.De hecho, la desembocadura del Miño es un regalo natural en forma de espacio protegido por la Unión Europea como Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) y catalogado como Zona Especial de Protección para las Aves y Zona Especial de Protección de los Valores Naturales.

Playas fluviales

Para muchos la última parte de los 14 kilómetros por los que se extiende el estuario del Miño es la más auténtica. Se refieren al arenal sobre el que se han formado tres playas fluviales de arena fina que cambian de grado de salinidad con las mareas como si fuera un truco de magia. Aunque todo tiene su explicación: cuando la marea está baja, el agua es más dulce y está a una temperatura más alta que con la pleamar, cuando el Atlántico entra en la desembocadura y hace que la temperatura del agua descienda y aumente su salinidad.

En realidad es esta mezcla de corrientes dulces que llegan al mar las que hacen posible que se haya formado un ecosistema tan valioso. Una rareza tan original como auténtica que merece una visita.

El monte de Santa Trega

Si antes de llegar a A Guarda, la localidad que acoge el final de la desembocadura del Miño, hacéis una parada en el espectacular Monte Aloia, en Tuy, procurad no dejar la cámara en casa porque las vistas desde la cima de este monte, declarado Parque Natural hace ya casi 40 años, son de película. Pero no le andan a la zaga las de la cima del monte de Santa Trega, uno de los puntos más emblemáticos de la costa gallega.

Desde dos miradores naturales de este monte, el Pico de San Francisco y O Facho, se puede ver cómo el Miño se une al Atlántico y también una fotografía natural de todo el valle por el que discurre España a un lado y Portugal al otro. Una vez allí hay que acercarse a otro tesoro: uno de los poblados galaico-romanos más emblemáticos de toda Galicia, el Castro de Santa Trega, descubierto en unas excavaciones de hace un siglo.


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