Por pocos lugares fluye tanta literatura como por el callejero praguense. La ciudad ha sabido rodearse del aura de su escritor abanderado, alimentándose del mito de Kafka para insinuarse al mundo.

Durante las décadas finales de los Habsburgo y hasta llegada de la Gran Guerra, se creó a ritmo frenético, a todas horas, en cualquier sitio. Desde una vieja casa divisaba Rilke Praga a la redonda, Jan Neruda, que prestó su apellido a un tal Neftalí Reyes, buscó razones al soniquete de las campanas de Nuestra Señora de Loreto; en una taberna de la ciudad embriagaba Jaroslav Hašeka su entrañable soldado Švejk, también en tugurios y cafés encontró su sitio Alfred Kubin, con sus dibujos y una predilección por las flores marchitas debida a sus frecuentes escarceos con la muerte; Praga también dio numerosos motivos a la poesía de Seifert. Todos ellos fueron abanderados por Kafka.

¿Qué tendrá Praga que hasta Teresa Pàmies, tan roja ella, sucumbió al dulce encanto de la burguesía? Pese a ser Praga el telón de fondo de los libros de Kafka, sólo la encontramos de manera sutil, apenas sugerida. Es cierto que hay una serie de iconos repartidos por la ciudad, de esos tan del gusto de las estereotipadas guías de bolsillo: el lugar donde nació, su casa en el Callejón del Oro, la tienda del padre. Le han hecho a la figura hasta un museo, interesante desde el punto de vista del curioso, aséptico si hablamos de sensaciones.

Pero no, no es ahí donde reside el espíritu del genio. La Praga que vivió Kafka fue convulsa, inquieta, febril, a ratos crítica; una ciudad en constante transformación que supo pasar por encima del dominio alemán. A su vez fue poética, pintada, hecha cubos, soñada. Aunque no se especifica, podemos adivinar el recorrido que hacía Josef K. en El proceso, caminando por esos lúgubres callejones de la Ciudad Vieja, a los que Kafka llamaba escupideras de luz. De ahí seguía hacia Malá Strana, cruzando el puente de Carlos hasta ascender al castillo.

Aunque podamos pensar lo contrario al leer su obra, Franz Kafka fue un tipo bastante divertido con sus amigos, especialmente con los que conformaron el Círculo de Praga. Otra cosa es con el padre, al que sólo supo contestar por carta. Los literatos fueron malabaristas de la palabra y los poetas eran capaces de que las chicas de Praga durmieran con sus poemas bajo la almohada.

Se vivió con vértigo dionisíaco, en muchas ocasiones absenta mediante, en otras por la borrachera de creatividad que corría por sus calles, por los cafés donde veían bailar a sus musas. Hoy, las musas compran en las lujosas tiendas de la calle París y esperan que Apolo las recoja en un descapotable.


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