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Amsterdam: el museo a un tal JP Morgan y otras peculiares visitas

La capital neerlandesa es uno de los centros mundiales del arte con varios museos de talla mundial que merecen por sí mismos una visita, pero la oferta expositiva no se acaba en ellos ni en los museos de la marihuana o el sexo que atraen a los turistas en las proximidades del Barrio Rojo. Recorremos algunos lugares mágicos por su singularidad, desde el primer museo de arte fluorescente del mundo hasta una casa señorial convertida en museo de arte felino para recordar la memoria de un gato llamado JP Morgan.

Esta es la instantánea de un segundo cualquiera en la vida de Amsterdam: podrían ser las doce en punto del mediodía de un jueves de, digamos, agosto y un grupo de turistas japoneses acaba de bajar de su autobús en Museumplein para ir a ver a ver la Ronda de Noche de Rembrandt en la galería de honor del Rijksmuseum, reformado por los españoles Cruz y Ortiz. Quizás vayan después a los colindantes Stedelijk Museum y Van Gogh Museum. En el centro, el Barrio Rojo se ha despertado ya a esta hora y un grupo de veinteañeros británicos de viaje iniciático atraviesa la puerta del Museo de la Marihuana.

En ese mismo instante y en un edificio del canal Prinsengracht, un ídolo adolescente se pregunta si Ana Frank, que pasó sus días en aquellas mismas estancias, habría sido fan suya de haberle podido conocer. Apurando los minutos, un ejecutivo español ocupa el tiempo de espera hasta su vuelo de regreso contemplando las obras que el mismo Rijksmuseum tiene en su delegación del aeropuerto de Schiphol… y así sigue la mañana en otros muchos puntos de una de las ciudades con la diversidad museística más sorprendentes si no del mundo, al menos de Europa. En vez de estar en estos lugares marcados por las rutas turísticas más establecidas, cualquiera de esos visitantes, tan diferentes todos ellos, pueden escaparse para visitar unos cuantos sitios diferentes. He aquí algunos.

Un poco de Hendrix y arte fluorescente

Con su amplia colección de minerales y arte fluorescente, es casi una experiencia psicotrópica.

El camino arranca en Tweede Leliedwarsstraat, una bocacalle del embriagante Egelantiersgrach (canal de la Rosa Mosqueta), en el barrio del Jordaan, donde se encuentra Electric Ladyland. Sólo Amsterdam podría acoger este lugar único cuyo nombre evoca a Jimi Hendrix. Lo regenta una singular pareja: ella francesa, él estadounidense; los dos con cierto aire confortablemente hippie. Tras bajar unas empinadas escaleras hasta el sótano de su galería de arte surge el primer museo de arte fluorescente del mundo, o al menos eso aseguran ellos durante el tranquilo tour que, por más de media hora, ofrecen a sus descalzos visitantes.

Nick Paladino muestra, con lámparas ultravioleta de onda larga y corta, una gran instalación compuesta por 19 elementos que han construido en el sótano durante años y que pide ser palpada y observada de cerca. Esta psicotrópica experiencia se completa con una extraña y amplia colección de minerales fluorescentes y de diversos documentos y obras de arte elaborados con estos materiales. Al visitante español le podrá sorprender el color que toman algunos sellos de la dictadura franquista vistos bajo estos focos. Nick le contará esto y mucho más.

El museo dedicado a un tal JP Morgan

A los amantes de los gatos les gustará, pero también a los de la arquitectura y a los de la Historia.

Saliendo del Jordaan hacia la zona de Rembrandtplein por el canal Herengracht se encuentra el museo dedicado a JP Morgan (ejem). Nacido en 1966 y fallecido en 1983, este pelirrojo Felis silvestris catus fue el mejor compañero de su dueño, el financiero Bob Meijer, que en 1990 decidió honrar su memoria abriendo al público su colección de arte gatuno en el primer piso de su deslumbrante casa señorial, ubicada en una de las partes más nobles del anillo de canales de la ciudad. Hoy no es difícil ver a los nuevos gatos de Meijer deambulando por el Katten Kabinet, complaciéndose ante los cuadros y esculturas de temática felina que pueblan las estancias.

La casa en sí es una visita única, ya que su arquitectura y decoración forman un umbral hacia la historia de la red de canales, entrelazada con la de la propia ciudad y, si se apura uno, con los inicios del capitalismo moderno. Parte de la vivienda fue construida en una de las expansiones urbanas del siglo XVII con dinero de los van Loom, otra de las tantas familias de mercantes que florecieron en la Edad de Oro neerlandesa.

Gatos al agua

En Amsterdam los botes sirven para hacer casas o albergues de animales.

Hay que dirigirse hacia la estación central por el canal Singel para llegar a la siguiente parada. El Poezenboot es un albergue para gatos (sí, la cosa sigue con más gatos: estamos en Internet, patria natal de los gatos infinitos) pero lo que hace de él un lugar único es su ubicación en una de las casas flotantes que hay en los canales. Sin duda se merece una visita: es seguro que al menos aquí el dinero de la entrada –la voluntad, en relidad– será usado para hacer el bien.

Los que tengan la comprensible curiosidad por descubrir cómo se vive en una casa-barco pero sean alérgicos a los gatos pueden volver a un lugar cercano a Electric Ladyland: en Prinsengracht 296K está anclado el Hendrika Maria, una casa-barco abierta al público en la que comprobar las comodidades de la vida en este tipo de viviendas.

La lista de museos diferentes en Amsterdam es larga: desde el Museo del Bolso (sí, eso) hasta el Vrolik Museum (una de las mayores colecciones mundiales de anatomía teratológica, datada en el siglo XIX) y el antropológico Tropenmuseum, mantenido por el Instituto Tropical Real y dedicado a dar a conocer la variedad de materializaciones de la expresión humana de esas regiones del planeta. Algunos son tan turísticos pueden ser obviados, como el de la Tortura, y otros pertenecen a subgéneros del acontecer posmoderno, como el Madame Tussauds

Ver Amsterdam: algunos museos peculiares en un mapa más grande

Por cierto, si todo esto no ocurriera en el mediodía de un jueves sino en el de un lunes en la primera semana del mes, aquellos japoneses, los veinteañeros, ese ídolo adolescente y nuestro ejecutivo arty probablemente se asustarían al escuchar el atronador sonido de las alarmas antiaéreas de la ciudad: no sabrían que se trata de un simulacro que ocurre esos doce días del año. La ciudad es el museo.


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