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Estar pendientes de otras bellezas

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Estar pendientes de otras bellezas
Estar pendientes de otras bellezas

Acepten, por favor, las dos acepciones que a menudo vinculamos al término ‘pendiente’. Le acompaña cierta paradoja, una más de nuestro lenguaje, desde el momento en que significa, tanto un estado de atención y cuidado - cuando estamos pendientes - como casi su contrario cuando calificamos a lo no llegado o conseguido. Me encanta el uso que hacen los últimos de la cultura rural cuando se refieren a lo todavía no cosechado como el fruto pendiente. En el otro extremo, es decir entre los urbanitas se exagera bastante al usar lo de las asignaturas pendientes. Precisamente asignatura pendiente es mirar al derredor con respeto, estar pendientes, por tanto de los paisajes. Los panoramas, como el arte y la  belleza misma, se alimentan de nuestras miradas. Por eso están famélicos y mueren sin que casi nadie se percate.

He mantenido desde hace mucho que todo paisaje no sentido está ya muerto. Estoy convencido, por experiencia directa y muy reiterada, que la vivencia del paisaje es uno de los grandes placeres posibles en esta vida. Que cumple misiones imprescindibles para la mejora de la condición humana a través de lo que más nos moviliza, que es el disfrute de esta fugacidad que llamamos vida. Es más, la contemplación incluye, al incluirte en las tramas de la vivacidad, la posibilidad de ser instruido en lo esencial. Entre lo que destaca la tolerancia, la convivencia emocional con todo lo demás y, por supuesto, el incremento de tu inocencia, esta sí original y no el pecado. Sencillamente porque si hay paraíso, tendrá, como tuvo, hontanares caudalosos, bosques de bosques, enjambres de bandadas, olas y nubes; y, especialmente miradas admiradas, admiradas incluso del sencillo, pero milagroso, acto de poder verlo.

Se pierde quien se pierde ese gran espectáculo que es la vida sobre la piel del mundo.

Creo, porque lo he comprobado, que se pierde quien se pierde el gran espectáculo que es la vida sobre la piel del mundo. Es más, como estoy seguro -vía científica ahora- de que este planeta está al borde del abismo llevo toda la vida intentando remediarlo sin éxito. Pero me cabe la certeza de que la destrucción es posible precisamente porque como no contemplamos, ni admiramos, ni remotamente respetamos a lo que nos rodea y hace posibles. Aquello de ‘ojos que no ven’... se confirma a cada instante. Sobre todo desde que prevalece, como nada lo hizo antes, la gigante venda de las pantallas. Tanto o más eficaz porque sustituye a la responsabilidad por la comodidad y eso cuenta con casi todos como voluntarios entusiastas. Con todo quedamos unos poco en el lado vivaz de la vida.

Contemplar al mundo con alma serena es ideal alcanzado, por pocos, pero alcanzado, desde el Tao, pasando Buda, Epicuro, Virgilio, Francisco de Asís, Fray Luis de León, Schiller, Goethe, Unamuno y casi todos los del 98. Es más, la totalidad de los músicos, poetas y pintores de la historia han gozado de la contemplación. Porque lo sepan o no, todo artista es un poco poeta y vive los lenguajes de lo espontáneo.


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