Destinos

La caza: más masacre que deporte

Nada pasa menos inadvertido que un disparo. Sobre todo si estás acompañado del silencio de los campos. El latigazo que reciben los tímpanos a menudo se prolonga hasta el sobresalto del ánimo. Por si esto fuera poco, lo normal es imaginar que tras el estampido una vida tropieza con su fin, al menos en un 10% de los casos. Los que triscaban o volaban se convierten en un guiñapo inane y una mancha de sangre hace tiritar a los suelos...

De caza (flickr | Silice Glow - imagen con licencia CC BY-SA 2.0).
De caza (flickr | Silice Glow - imagen con licencia CC BY-SA 2.0).

Pues bien, cada temporada de caza convencional se salda con unos 250 millones de balas y cartuchos gastados. Las casi 120 toneladas de bolitas de plomo que han surcados casi todos los aires de este país frenarán para siempre a cuatro millones de conejos, tres de perdices, uno de codornices, otro de liebres y hasta 5, siempre millones, de otros tipos de aves. Las balas de los rifles, por su parte, acaban con 120.000 jabalíes, 60.000 ciervos y otros 30.000 grandes mamíferos entre gamos, corzos, arruis, muflones y cabras montesas. 140.000 zorros completan las estadísticas oficiales de lo legalmente cazado. La necrológica anual de vidas silvestres se completa con otros de dos a tres millones de animales que mueren por causa de la caza ilegal, es decir lazos, trampas y veneno más otros ocho millones de vertebrados que son atropellados en las carreteras o se estrellan contra ventanales, faros y otras infraestructuras como los cables de conducción eléctrica.

Las leyes relacionadas con la actividad cinegética son las menos cumplidas, en dura competencia con los delitos fiscales y solo tras los relacionados con el código de la circulación.

Por tanto, cerca de 30 millones de animales superiores no llegan a viejos todos los años por causas no naturales, por tanto vinculadas a una parte de la condición humana. Con todo, esto no sería tan grave si no fuera de la mano de una de las más poderosas e incontroladas facetas del cazador. Su pasión, por un lado, que arrasa los razonamientos reguladores y hasta la sensatez más elemental y la clarísima condición de bien escaso que tiene la fauna a ultimar. De hecho, las leyes relacionadas con la actividad cinegética son las menos cumplidas, en dura competencia con los delitos fiscales y solo tras los relacionados con el código de la circulación.

De hecho y por eso mismo los principales problemas que afronta el sector, por cierto el que actúa sobre la porción más grande del país, el 85% del mismo, tienen que ver con los apetitos de aumentar todavía más esa superficie. Al principio de la legislatura el lobby de la caza pretendió una utilización para sus fines de los parques nacionales que solo representan un 0,17% de la superficie total de España. Luego han venido, como ya se comentó aquí, lo de dar primacía a la caza sobre otros usos de los espacios públicos, cuando debería ser todo lo contrario. No menos inquietante resultan los intentos de privatizar montes y fincas de titularidad pública que invariablemente irían a constituir nuevos cotos privados.

Mientras tanto la caza es cada día menos deporte, ya que arrecia la artificialidad vía incremento de las altas tecnologías usadas. No menos mediante la cría en granjas de no pequeña parte de lo que se mata y el desplome, auténticamente catastrófico, de las poblaciones de las especies que fueron más abundantes. Caso de conejo, codorniz y tórtola.

Volveremos, porque tampoco se pueden obviar los perfiles económicos de este sector que al parecer mueve uno dos mil millones de euros anuales. Gracias y que los disparos no les arrebaten una serena contemplación del derredor.


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