A los naturalistas se nos asocia, con bastante acierto, al lado salvaje. Esto es algo que en absoluto supone desconsideración alguna. Hace poco escribí que donde suena esa palabra –que, por cierto, etimológicamente  quiere decir ‘del bosque’ - escucho, como no podía ser menos, un enorme elogio. Incluso cuando se tiene presente el uso más frecuente del término salvaje en nuestro idioma cabe también reconocer que, ahora mismo, nada menos salvaje que lo salvaje.

Pues bien, que los amigos de lo salvaje, es decir los preocupados por la Natura, sus ciclos, sus procesos y sus criaturas nos encontremos, muy de vez en cuando, con motivos de satisfacción queda, casi siempre, vinculado a declaraciones de nuevos espacios protegidos, al rescate de alguna especie o al  cierre de una nuclear. Pero en ocasiones nada nos emociona y consolida tanto como algo estrictamente humano.

Me refiero, por ejemplo, a cuando un pueblo o una comarca entera se movilizan en defensa de su identidad o dignidad. Esas que a pesar de que se pretenda olvidar están ligadas, y mucho, al paisaje. No menos estimulante resulta el que  una iniciativa popular, desde la más estricta base y sin búsqueda de votos, se proponga recuperar un ámbito propio, cercano y previamente dañado.

Recuperación comunitaria del entorno

Esto mismo es lo que sucedió en Rueda de Jalón (Zaragoza) con los llamados Ojos de Pontil. El pueblo es pequeño, pero muy grande y bella su atalaya protectora. Se apoya en la llanura del Ebro. Allí en medio manan aguas con un caudal de 400 litros por segundo a una temperatura constante de poco más de 22 grados. El enclave fue demasiado descuidado y quedó casi irreconocible hasta que un nutrido grupo de vecinos se asociaron para devolver su esplendor a tan singular aguazal. No sólo lo han librado de basuras y usos indebidos, sino que lo han regenerado por completo. Es más, lo han puesto a disposición de encomiables fines sociales, tanto recreativos como científicos y conservacionistas.

Lo he visitado hace unas semanas y en tal ocasión no me perdí en los aspectos de las imponentes y originales comunidades botánicas y zoológicas. Tampoco me pareció lo más relevante la singularidad geológica del manadero. Ni siquiera la compleja historia vinculada al reparto de las aguas. Aunque suelo ser pasto de toda belleza natural, tampoco la mucha allí concentrada me devoró. Lo que me resultó más estimulante fue el colectivo humano, el entusiasmo de los componentes del grupo restaurador, su altísima autoestima por el indudable logro.

Un ejemplo que, de ser emulado en todos los municipios donde seguro que hay algo equivalente a los Ojos del Pontil, lavaría mucho más que la cara de este país que quiere olvidar que todos somos lo que estamos mirando. ¡El paraíso está también en la gente con buen gusto hacia lo que la rodea!


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