Destinos

La cultura de la compasión positiva

Somos un leve orvallo sobre el desierto más desolado. Pero pretendemos seguir lloviendo. Un siglo de alegatos contra el maltrato a los animales es poco. Ni siquiera ahora que se convocan decenas de conferencias y hasta de manifestaciones. El animalismo anima incluso a los departamentos de Filosofía Moral de nuestras universidades, donde ya no resultan excepcionales los trabajos sobre nuestra conducta para con el resto de lo viviente. Algunos magníficos libros de Jorge Riechman, Pablo de Lora, Jesús Mosterín; Kepa Tamames y otros se han sumado a nuestras mejores reflexiones éticas.

Toros al aire libre (Gtresonline).
Toros al aire libre (Gtresonline).

Por los medios de comunicación cunde el debate sobre los espectáculos y festejos que conllevan tortura y muerte a ciertos animales. Panorama aliviador, pero que de momento debilita poco a lo que nos precede. Ciertamente son cien veces más cuantiosos y potentes los argumentos, explícitos o subliminales que, en el fondo, quieren justificar una civilización basada en la violencia contra casi todo. Incluso contra ella misma. Pero volvamos a los casos concretos.

La crueldad que se practica en este país contra animales -indefensos por mucho que tengan cuernos- nos lleva a ocupar un nefasto primer puesto mundial de la cobardía y del mal gusto. Ambas torpezas van indisolublemente ligadas a todo acto de diversión a través del dolor ajeno. En efecto, a la crueldad que divierte se suman, al menos siempre que la ignorancia no ciegue, los dos peores perfiles de la condición humana.

Ni un átomo de belleza tiene, ni ha tenido nunca, la sangre derramada. Ni una pizca de valentía acompaña a la casi total carencia de salvación que padece la víctima de tales "festejos". Si apelamos a la palabra “cultura”, que por desgracia demasiados son capaces de alancear como a los toros, todavía está más claro. Sin respeto, sin cuidado, sin reciprocidad no puede haber cultura. Mucho es pues lo que se destroza destrozando animales ante un público con la sensibilidad destrozada.

Con todo, ahí siguen las corridas de toros, la caza mal practicada, los toros de la Vega... Pasado el calentón vecino a la intolerable vigencia de este último podría ser oportuno argumentar en positivo. Me refiero a lo que ganamos cuando la compasión acompaña a nuestra sensibilidad.

Recuerdo que de la compasión mana el decrecimiento más crucial, el de sufrimientos, tanto en los iguales como en los diferentes. Que la reciprocidad usa ese mismo puente sin el que resulta imposible una convivencia digna. Que no hay compatibilidad alguna y mucho menos compañía sin compasión. No menos sucede con el respeto, que es donde comienza el mejor viaje: ese que va desde la diferencia dominadora a la igualdad enriquecedora. La compasión, en consecuencia, puede ser una pasión. Pasión por convivir.

Sin olvidar que los pacíficos podríamos ser definidos como los que sentimos compasión por la compasión. Todo esto se aprende y puede ser estimulado; sobre todo si borramos todos los maltratos y torturas de la oferta festiva.

GRACIAS Y QUE LA COMPASIÓN SE COMPADEZCA DE TODOS.


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