Destinos

El año del suelo

Lo de los años internacionales es norma que suele pasar inadvertida. Sobre todo cuando se trata de algo que nos sigue pareciendo ajeno, lejano y todavía abundante. Como los temas conservacionistas son los más dañados por los recortes presupuestarios, el esfuerzo empleado en que se sepa porqué vivimos debe ser todavía mayor. Ya saben: el mayor sigue siendo un tema menor. De ahí que no tiremos la toalla, ni nada contaminante a los aires, aguas o  suelos que, en realidad, son los bienes menos prescindibles con los que cuenta la humanidad. Concretemos hoy algo más sobre lo que pisamos, nos cimienta y nutre. A lo que cabe sumar que hasta nos da nombre. Conviene no olvidar que humano, acaso la palabra más crucial, quiere decir del humus, es decir del suelo.

Los suelos fértiles deberían ser, como sostienen los más prestigiosos ecólogos del planeta, la vara de medir la riqueza de las naciones (Foto: Gtres).
Los suelos fértiles deberían ser, como sostienen los más prestigiosos ecólogos del planeta, la vara de medir la riqueza de las naciones (Foto: Gtres).

Antes de aportar los datos que avalan esta última consideración, permítanme que la agrande. Porque los suelos fértiles deberían ser, como sostienen los más prestigiosos ecólogos del planeta, la vara de medir la riqueza de lasnaciones.

Como agricultor ecológico no puedo estar más de acuerdo. No sólo porque vivimos de lo que los suelos hacen crecer, sino también porque el suelo puede ser prácticamente el único escenario que venza a la irreversibilidad del tiempo, a la famosa segunda ley de la entropía. Es más, cuando un suelo es fértil puede conseguir ser, cada día que pasa, más joven. No en el sentido convencional sino en el de resultar, con la vejez, más completo, fuerte y productivo. La madurez de los suelos es su máxima lozanía. Esa que consigue el bosque, la pradera natural y la huerta ecológica. Esa misma que destruyen la tala, el incendio y los productos químicos y mecánicos usados por la agricultura intensiva.

El suelo fértil es organismo vivo como cualquiera de los que del mismo viven. La fertilidad, en efecto, come, bebe, respira y necesita la energía solar. Generalmente está compuesta por casi un  45 % de materia mineral, pero se nos olvida que un 50 % corresponde al agua y al aire que contienen. El 5 % restante es materia orgánica y seres vivos. Los últimos en las cuantías más asombrosas que podemos encontrar en el planeta. Sirva de ejemplo que en un solo metro cuadrado de 10 centímetros de profundidad se han llegado a contabilizar 100 billones de ejemplares diferentes de seres vivos. La mayoría, por supuesto, bacterias pero con representantes de los cinco reinos de la vida.

Lo que todavía resulta más decisiva para nuestras desoladas -término que deriva de suelo- vidas es la acelerada pérdida de suelos productivos del planeta. De hecho los humanos adultos de hoy disponemos de la mitad de suelo que nuestros padres. Ellos tuvieron, a su vez, la mitad que los suyos. Que haya aumentado la productividad de los mismos en nada compensa en términos globales desde el momento en que la fertilidad natural es el máximo de sustentabilidad y estabilidad de  los sistemas vitales. Muy al contrario la producción intensiva de alimentos supone una de las más graves agresiones al derredor y contribuye en grado sumo al cambio climático. Una considerable porción de los contaminantes que están desvalijando a nuestros paisajes proceden de la agricultura. No menos la erosión y el avance de los desiertos. Todo ello a menudo a partir de la destrucción de su absoluto contrario, el bosque.

Los suelos, recordemos, son depósitos, no solo de vivacidad y agua, sino también de CO2. Su estabilidad forma parte del clima, es decir de todo lo esencial para que la vida se mantenga y continúe. La conservación de los suelos no cultivados, la mejora de los que usamos y la restauración de los dañados debería figurar entre las prioridades de los hijos del suelo.


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