Destinos

Cuatro rutas de turismo psicotrópico

Por más vueltas que le demos, el turista psicotrópico no hace algo tan diferente al resto de viajeros: durante sus vacaciones también busca el paraíso en la tierra, sólo que en su caso se apoya en una pequeña ayuda en forma de alucinógeno. Diréis que para eso no hace falta irse a la otra punta del mundo. Pero la verdad es que sí, hace falta. Porque si no, la cosa se queda en un “viaje” sólo metafísicamente hablando, lo que no tiene tanta gracia.

Al menos eso es lo que piensa el turista en búsqueda de efectos “flipantes”. Ya sea con ayuda de un cactus sagrado en pleno desierto mexicano o con la de una planta mágica en medio de la Amazonia. Aquí os dejamos cuatro de las rutas más transitadas de una clase de turismo en alza: el del alucine con todas las letras. Buen viaje.

A la búsqueda de peyote en el desierto de Wirikuta (México)

La mayoría de turistas que llegan hasta esta remota zona del estado de San Luis de Potosí, en plena nada desértica donde abundan los pueblos semiabandonados, tienen como objetivo probar la experiencia de consumir peyote. Hay quienes lo describen como un acto de comunión con la naturaleza; otros aseguran que es un alucine de los de toda la vida. Pero el caso es que los efectos son muy diferentes: desde malos viajes y vomitonas hasta experiencias introspectivas nunca vividas hasta la fecha, pasando por toda clase de episodios alucinógenos imaginables.

Se puso de moda en los setenta, cuando el turismo místico atrajo a miles de guiris que querían probar el corazón del Dios venado de los huicholes. En realidad es un cactus sin espinas repleto de mescalina cuyo tráfico es ilegal, salvo para los usos y costumbres de los huicholes. Pero eso no evita que cada año miles de turistas se pierdan por el desierto de Wirikuta, con o sin guía, para encontrar el cactus “mágico” y consumirlo en un lugar que desde 1988 pertenece a la Red Mundial de Sitios Sagrados Naturales de la UNESCO.

Experiencias místicas con ayahuasca en Iquitos (Perú)

Lo llaman turismo espiritual, y se puede practicar en distintas zonas de la Amazonia. Una de las más demandadas es la espectacular selva que rodea a Iquitos, al norte de Perú. Allí ofrecen paquetes que incluyen cuatro días semanales celebrando la ceremonia de la ayahuasca junto a un maestro. Se han bautizado como Healing Ceremonies, y consisten en ritos en los que prometen un viaje interior de unas cuatro horas gracias a los efectos de la ayahuasca,  una planta que mezclada con otras se da a beber a los participantes. ¿El resultado? Según a quién preguntes, pero la mayoría asegura que, entre otros efectos, vio su futuro. En realidad algo parecido a lo que el propio chamán experimenta.

Opio y marihuana en Vang Vieng (Laos)

Si viajáis a Laos y preguntáis a cualquier laosiano por Vang Vieng, lo más seguro es que os lo vendan como una especie de Sodoma y Gomorra donde si te descuidas te meten droga en la bebida (esa leyenda no es sólo patrimonio de las madres españolas). En realidad, se trata de un pequeño paraíso entre montañas que alojan decenas de cuevas donde, efectivamente, el turismo desmadrado ha hecho su incursión. Aunque aún queda espacio para el resto.

Para los que sí buscan turismo psicotrópico, el opio y la marihuana son las drogas más consumidas (están prohibidas pero circulan casi con tanta normalidad como la cerveza). Además, la pequeña localidad de Vang Vieng tiene el honor de haber puesto de moda la práctica de una especie de “deporte” llamado tubing. Se trata de lanzarse al río en un neumático e ir parando en todos los chiringuitos de la ribera con ayuda de solidarios camareros, quienes lanzan una cuerda con una botella a los “deportistas” por si hay alguno poco hábil o en caso de que la borrachera ya sea mucha.

Todo lo que se pille en Koh Phangan (Tailandia)

Nadie sabe a ciencia cierta cómo empezó, pero parece que un buen día unos amiguetes decidieron hacer una fiesta en la playa aprovechando la luz de la luna llena y la historia acabó yéndose de las manos. Otros cuentan que fue a raíz de que unos turistas declararon la luna llena de Koh Phangan como la más bonita que habían visto nunca. Desde entonces, se encontraban en aquella isla cada 28 dias para verla de nuevo y poco a poco se fue uniendo medio planeta a su celebración.

El caso es que hoy cualquiera que quiera juerga sin control, seguramente tendrá Koh Phangan entre sus opciones. Entre 8.000 y 30.000 personas acuden a este lugar cada mes, donde miles de velas iluminan la playa de Haad Rin, en donde hay de todo: música, juegos malabares con fuego, los famosos buckets (una especie de cubos de playa que sirven de recipiente al combinado de alcohol -el mini o cachi tailandés-), Djs y toda clase de psciotrópicos.


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