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Las insensateces de nuestra alimentación

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(flickr / usdagov)
(flickr / usdagov)

52.000 millones de pollos, 2.600 millones de patos, 1.300 millones de cerdos, 1.100 millones de conejos, 633 millones de pavos, 518 millones de ovejas, 398 millones de cabras, 293 millones de vacas… y muchos otros animales más pequeños, o sus huevos, son incluidos en la alimentación de la humanidad. Apenas nada si lo comparamos con los miles de millones de toneladas de los cereales básicos, que necesitan casi un cuarto de la superficie del planeta para crecer. La pesca convencional y la emergente acuicultura se suman a un ingente caudal que desemboca en nuestros estómagos. Lo más sorprendente de estas cifras no es su magnitud, sino que formalmente serían suficientes para los casi 7.000 millones de personas que vamos siendo.

Poco o nada supera en perversidad el que habiendo suficiente sean tantos los que carecen del mínimo necesario. El verdadero rostro del sistema -ya único- nos lo da lo elemental y primario. Me refiero a este no comer de unos, a este comer demasiado de otros, a este arrojar ingentes cantidades de comida a la basura diariamente, a esta forma sucia de conseguir los nutrientes, a este patentar formas vivas, a este proceso de extinción de buena parte de las variedades locales -es decir, razas- que se está produciendo, a este comer sin resultados ni para la salud humana ni para la del ambiente.

Frente al paraíso que es alimentarse con lo producido cerca y con respeto a los procesos naturales de la fertilidad, se ha creado todo lo contrario. En efecto, en el acto de comer se dan tal cúmulo de insensateces, agravios y daños, directos o indirectos que, aunque no se quieran ver, los desajustes en otros capítulos de la economía son menores si los comparamos con estos. De todos ellos, el acaso más lamentable sea que tantas supervivencias dependan de una bolsa, de un llamado mercado de futuros que deja en manos de potentados por completo alejados del hambre el establecimiento de los precios a los que será comprada buena parte de la cosecha básica mundial.

El segundo es la contribución de la ganadería al cambio global vía la emisión de gases de efecto invernadero incluso en mayor proporción que lo hace el transporte. El tercero es que el gasto energético que conlleva alimentarse prioritariamente con productos cárnicos resulta hasta 2.500 veces mayor que si nos basamos en lo vegetal.

Hay muchos otros aspectos pero, de momento, incluyo el que todo el sector primario de países como el nuestro podría y debería estar paliando en alguna medida el paro. Sucede todo lo contrario: las explotaciones ganaderas familiares no hacen más que caer por inviabilidad económica. Decenas de miles han sido abandonadas en el último decenio. Mientras, algo más de la mitad de lo que comemos los españoles es importado cuando deberíamos ser una de las primeras potencias mundiales en dar de comer correctamente a los suelos y a las personas. Porque nada se ha entendido si no se nutre a lo que nos nutre.


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