Destinos

¿Nos quedan primaveras?

Es tanto lo que consideramos grave que resulta difícil adjudicar un orden de prioridades. ¿Qué es lo peor que nos pasa en estos momentos? Por supuesto, a muchos les acuciará una situación personal, especialmente la de no ser personal de empresa alguna. A no menos les afectará su salud o la de cualquier allegado. Aquello de que todo empieza por uno mismo tiene especial sentido en una especie, como la nuestra, que lidera indiscutiblemente el egocentrismo. Apenas nada que sugerir desde el momento en que pensar en lo más cercano y actuar, no siempre en consecuencia, es ley básica de la supervivencia. Pero no lo es menos, también para nuestra especie, el extender la preocupación hacia los demás.

Una niña corre por un campo de tulipanes en la localidad holandesa de Noordwijk (Gtresonline).
Una niña corre por un campo de tulipanes en la localidad holandesa de Noordwijk (Gtresonline).

Aquello de llamar a la generosidad casi como a nosotros mismos, es decir, el humanitarismo, tiene toda la lógica del mundo. Por tanto, lo más preocupante sería el deterioro de nuestra sociedad, este desvalijar incesante de las normas de la honestidad, esta falta de una mínima equidad para todos. Al parecer de unos pocos, los que extendemos la solidaridad y la acción también hacia los demás, estamos todavía más preocupados por lo que le pasa a lo que también somos. Y somos criaturas del clima.

Hace unos días, en una de las redes sociales, consideré a las condiciones y estados del aire como mucho más que su temperatura, velocidad o el grado de humedad que transporta. Recordé que el clima es alta alianza de transparencias, es vivacidad asegurada, es supremo artista pues ha potenciado casi todo lo que vemos sobre la faz del mundo y tanto desde lo que consideramos forma como en todo lo relacionado con la distribución, cuantía y posibilidades de la vida. Lo que palpita sobre este mundo es tan emanación del clima como los manantiales que por supuesto son también una consecuencia del mismo.

Sumemos que también y siempre lo que reside en los aires es almacén y en consecuencia alimento asegurado o negado. Los estados del cielo son los árbitros del juego de la vida. No menos acertado me parece denominarlo alma de este mundo como hicieron decenas de filósofos y poetas. Por si todo lo mencionado fuera poco cabe también incluir en los aires una cierta capacidad de predicción, es decir un claro conjunto de anuncios y alertas de lo que puede pasarnos a todos, es decir a las, insisto, criaturas del clima. En fin, dado que somos lo más importante, concedámonos al menos la sensatez de acordarnos que no somos posibles sin convertirnos en hogar del aire que es el hogar del clima.

Todo esto acude a mi memoria e imaginación porque los aires primaverales son cada día más un lamento. Una suerte de aireada nostalgia de cuando esta estación cumplía con su duración y propósitos. Muy al contrario adelgazan, las están asesinando con una suerte de contagio de la anemia moral del modelo energético. Sí, como lo acaban de leer. Porque la mejor definición que merece la forma en la que obtienen energía es ante todo injusta. Amoral por cara, peligrosa, fea, sucia, y por el evidente hecho de que los más afectados por el cambio climático son los que en casi nada han contribuido a provocarlo.

Somos hijos del clima y deberíamos cuidarlo como a cualquiera de nuestros parientes directos. Pero ahora también nos han convertido en otro clima, acaso tanto o más poderoso que el original e imprescindible.  Nada ha pasado, desde la aparición de nuestra especie en la historia de la vida, tan grave como este ser que acosa, debilita y enferma al clima. Nos lo dicen, mucho más y mejor que los miles de informes científicos, las agonizantes primaveras de los últimos decenios. Y ellas, las que fueron y las que nos queden, siempre fueron y -¿serán?- todo lo contrario: un volver a empezar envueltos en el más poderoso y bello canto a la vida que se escucha por estos pagos.


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