Destinos

Reyes Católicos: un lujo de hospital

Hay una broma familiar que hacía que, cada vez que había que ir a pasar una temporada al hospital de turno, que en la familia el ir a abrirnos a lo canal es algo tan normal como el ir al callista, decíamos con cierto eufemismo aquello de “voy a pasar unos días al balneario”. Entiendo que para aprensivos e hipocondríacos, eso de pasar unos días en un hospital y tomarlo como el que se va a tomar las aguas como que les sonará raro, por no decir que algunos estarán tocando madera en estos instantes. Sin embargo hoy quiero recomendarles vivamente que si tienen en mente una escapada de las buenas, de las que merece la pena, se vayan a un hospital.

Y además uno con solera. Tanta, que tal vez, muy seguramente, sea el más antiguo del mundo. Y eso ya tiene su aquel. Imagino que muchos ya habrán colegido que se trata del que fuera otrora hospital de peregrinos, en la ya inmarcesible Santiago de Compostela, a idea de nuestra Isabel de Castilla, Primera y Católica, y con el apoyo de su marido Fernando de Aragón, el Quinto y Católico. Y así ambos dos hace ya más de 500 años fundaron este Hostal de los Reyes Católicos (no podía llamarse de otra manera, claro), que al fin y al cabo, la polisemia latina nos permite que hospitalis sirva para enfermos, peregrinos, huéspedes y, sobre todo y como acepción también recogida en nuestro DRAE, la de hospital (u hostal), como relativa “al buen hospedaje”.

Está enclavado en la plaza del Obradoiro, junto a la universidad, el palacio de Rajoy y la catedral compostelana.

Pues no puedo estar más de acuerdo. Y no por la tontuna de nada de estar enclavado en plena plaza del Obradoiro, con la universidad frente a él, el Colegio de San Jerónimo, a espaldas de la célebre mas nunca triste y sola Fonseca. Teniendo a su derecha el Palacio de Rajoy (no hay relación parece en lo nominal con quien a la mente se nos ha venido), sede de la Xunta y del Ayuntamiento; y a su izquierda, dejando la regia entrada que da paso a dicho hostal y que deja ya sin habla, algo que te deja no sin ella, sino sin respiración incluso: la fachada de la sin par catedral compostelana. Ese es el marco del hostal. ¡Y aún no hemos entrado!

Serviciales, que no serviles

Ya dentro uno se traslada a un espacio donde la hospitalidad “es su símbolo” como comentó humilde y certeramente, creyendo en sus palabras, el director Julio Castro cuando recogió el premio que el bien conocido y práctico sitio web Trip Advisor le concedió a este parador como el mejor puntuado por sus ávidos e impenitentes viajeros y usuarios. La atención que disfrutas a tu llegada por parte de la recepción, o de quien está presto a coger tus bártulos, es de agradecer estando como estamos y yendo como vamos de acelerados y de tan mal café. Vamos, que nada de confundir “servicial” con “servil”, que es cosa usual en los sitios sin clase, pero nada tampoco de encontrarnos con la búsqueda fácil de propina; o mucho peor, con la dejadez por la falta de profesionalidad.

No hay lugar más adecuado para una reunión de empresa que la Sala de Agonizantes.

Por demás, como digo, el lugar es tan de hecho un museo que hay disponible una guía de visita y una serie de placas organizadas para que en cada lugar y momento sepa uno donde se encuentra. Si en uno de sus cuatro claustros nominados como los evangelistas, si en la Capilla, ornada en un estilo renacentista que debe de ser un lujo organizar cualquier buen evento en la misma, o mil y una curiosidades posibles. Porque lo mismo te puedes encontrar con una pila bautismal en la que se cristianaban a los expósitos dejados en la inclusa que hubo, y en la que nada menos que fue bautizada una tal Rosalía de Castro. Total, nada. O llegar a la Sala de Agonizantes, que el nombrecito se las trae, pero que no hay lugar más adecuado (y no hago chanza) para cualquier reunión de empresa. O descubrir los viejos capiteles historiados que servían de ayuda para explicar diagnóstico y modos de cura (impagables los dedicados a las hemorroides, lo juro).

Autopsia de un menú

Aunque si uno quiere emociones, nada mejor que visitar la sala de autopsias o la antigua morgue. Sí, ya sé que no parece un planazo, pero es que en la primera se ha colocado a modo de taberna el Enxebre, restaurante donde darse a un tapeo a base de pulpo, vieiras o unas zamburiñas (o unos mejillones, o unos pimientos de padrón, ¡o una tarta de queso o su filloas…!), y además a un precio más que razonable. Eso sí, ya para morirse no cabe duda que no hay mejor lugar que la susodicha otrora morgue, donde José Gómez, que no le puedo llamar cocinero porque a los artistas hay que nominarles de otra manera, puede hacerte degustar un menú, en el que desde luego en estos momentos las setas van a ser su perfecto aliado. Y tanto para la carne, como para el pescado. Todo ello con buenos albariños, ribeiros, o por qué no, con tintos de la Ribeira Sacra. Que todo se queda en casa.

En las habitaciones individuales, que dan a uno de los claustros, se escucha el rumor del agua de las fuentes.

Si viene solo, deje de pedir una macro habitación con vistas al Obradoiro. Sea selecto y pida una de las solamente cinco habitaciones individuales, que dan a uno de los claustros silentes, callados, con el rumor del agua de sus fuentes acunando una noche sólo rota al alba por el levísimo frufrú del periódico aún húmedo de tinta que pasa por la puerta, o por el discreto toc-toc del llamar del que le trae a la habitación sin recargo un buen desayuno continental para disfrutar de una hospitalidad inigualable.

Porque es muy difícil, como les gusto de recordar, ser servicial sin ser servil. Y eso solo se da en tierras de hidalgos, en tierras de antaño. No veo para ello mejor lujo que hospedarse bajo el campo de cinco estrellas de este hostal y teniendo de vecino nada menos que a Santiago.


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