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Vall d'Ebo: tan bello como desconocido

Si no te gustan las curvas, no vengas. Ese debería ser el reclamo de este paraje. Enclavado en la comarca de Marina Alta, al norte de Alicante, el Vall d’Ebo es un viaje a otra época que permite disfrutar tanto de la naturaleza como de Alicante. Un lugar que asombra por cómo la naturaleza lo ha preservado del turismo masificado

La carretera que desde Pego se introduce en la sierra parece diseñada por el diablo. Curva, contracurva y caída al precipicio. Es un lugar tan espectacular que siempre llama la atención. Su nombre de la CV 712, parece haber contado todos los giros de la carretera. Alguna comunidad hippie que se niega a usar el móvil y las mejores rutas de bicicleta de la provincia de Alicante han sido su único reclamo durante muchos años.

En la huida del turismo más convencional, la zona parece empezar una edad de oro.

Su patrimonio histórico ahora se mira con otra sensibilidad. Las alquerías abandonadas durante décadas o siglos, parecen interesar a ingleses que buscan una propiedad diferente en España.

El Vall d’Ebo es lo suficientemente recóndito y accidentado como para preservarse a sí mismo del turismo residencial que invade las costas alicantinas, ofreciendo sus tesoros al visitante más activo y capaz de apreciar las bondades de una naturaleza generosa.

El Barranc de l’infern tiene secciones peligrosas para los más arriesgados. 

La primera visita siempre suele ser para pasar un día de campo en familia buscando el curso del río Ebro; haciendo picnic en las fuentes dispuestas para ello... o bien para practicar actividades algo más fantasiosas y arriesgadas. Los más intrépidos tienen su referente en el Barranc de l’Infern, con secciones espectaculares y peligrosas capaces de desafiar al más experto.

Los accidentes geológicos del valle permiten a cada cual elegir lo que le viene mejor, pero también ofrece opciones de ocio comunes: ¿quién le haría ascos a unas piscinas naturales como las de Els Tolls, aptas para el baño?

La espeleología ha ocupado también un lugar destacado. En Ebo tienen las Simas de la Vall, que oscilan entre los 56 metros y los 137, las cuatro perfectamente cartografiadas y aptas para iniciarnos en la espeleología, o practicarla a un nivel avanzado. Y por supuesto la Cueva del Rull, llamada así por el cazador local que la descubrió, que nos abre a una red de grutas acondicionadas para la visita y que sin duda llevan más allá la experiencia subterránea.

La cueva Fosca, por su parte, posee grabados del año 10.000 a.C. que subrayan el origen y el valor histórico del valle e inspiran nuestra imaginación, y además está muy cerca del núcleo urbano actual.

Las primeras señales humanas 

Aunque las primeras señales humanas de la historia de Vall d’Ebo, tal y como se desprende de sus numerosos yacimientos, datan del Paleolítico Superior, sin duda son los restos de los poblados y masías moriscas diseminadas por los caminos rurales las que dotan de genuino encanto a la localidad.

Cuando Jaime I conquistó el territorio moro tras siglos de ocupación, sobrevinieron los nuevos pobladores, procedentes en su mayoría de Mallorca, que a partir del XIX acabarían aglutinándose en torno a un único lugar, el que ocupa el valle Ebo que da nombre al conjunto.

Se pueden observar los rastros de los antiguos pobladores.

El rastro tanto de unos como de otros pobladores nos inspira para sumergirnos en los relatos de luchas de poder que pudieron dar lugar, ambientados todos ellos en unas tierras tan generosas como inhóspitas.

Después de un paseo en burro o una buena caminata para justificar ese bocata que llevamos en la mochila, siempre queda el placer de quitarse la botas en algunos arroyos de la zona para refrescar los pies. Ese placer de ser un poco primitivo tiene su premio…

Para compensar, tenemos la visita al Museo Etnológico que profundiza en la zona y nos permite vislumbrar sus modos de vida a través de los objetos y curiosidades que los propios vecinos del valle han ido aportando. Utensilios de cocina, mobiliario, vestimentas e instrumentos de labranza permiten deducir las costumbres de estas generaciones pasadas, poniendo a tono al visitante para viajar al pasado, sumergirse en otra época y ponerse en el lugar de otros 15.000 años atrás ¡y sin turistas!


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