Destinos

Los siete imprescindibles de Finisterre

“Finisterre es la última sonrisa del caos del hombre asomándose al infinito”. Lo dijo Camilo José Cela, que también confesó en más de una ocasión que el entorno del mítico cabo Finisterre, lleno de leyendas, le atrapaba. Fue precisamente allí, cuando se encontraba escribiendo Madera de boj, donde recibió la noticia de que esta vez el premio Nobel era para él. Y no se sorprendió: decía que en aquel rincón del mundo todo era posible. 

Algo parecido pensaron los antepasados de nuestros antepasados, que peregrinaban hasta lo que creían que era el fin del mundo para asomarse, aunque fuera de puntillas, a lo desconocido. De ahí el nombre con que lo bautizaron los romanos, Finis Terrae, un símbolo de la línea que separa la vida de la muerte en el que han creído distintas civilizaciones.

Hoy, esa lengua de roca que se adentra en el mar unos tres kilómetros sigue siendo un tesoro de la naturaleza que merece la visita al menos una vez en la vida. Entre otras cosas para asistir al espectáculo que el sol ofrece allí cada atardecer. Es la primera tarea de una lista de imprescindibles asociados al cabo Finisterre, distinguido con el sello Patrimonio Europeo junto a la Acrópolis de Atenas, la Abadía de Cluny o los astilleros de Gdańsk. Si no os los queréis perder, un aviso a navegantes antes de que sigáis leyendo: ¡cuidado, que este lugar es de los que engancha!

Despedir al sol

Cuentan que quienes buscaban un sentido a sus vidas muchos siglos atrás ya encontraron en el cabo Finisterre el lugar de peregrinaje perfecto. Creían que allí se renovaba el alma si participabas del espectáculo que el sol protagonizaba cada tarde muriendo en el mar para volver a renacer al día siguiente. Y es lo que siguen haciendo miles de viajeros hoy, quienes independientemente de que la vivan de modo más o menos espiritual describen la puesta de sol como excepcional, siempre que la niebla deje disfrutar del espectáculo.

Visitar el faro

El segundo lugar de Galicia más visitado después de Santiago de Compostela es el faro de cabo Finisterre, en la cima del Monte Facho, donde antes encendían hogueras para señalizar el peligro de las costas. Lleva en pie desde 1853, y a pesar de que tiene un alcance de 31 millas, la espesa niebla que muchas veces cubre el llamado ‘fin del mundo’ ha hecho que no siempre haya sido suficiente.

Por eso cuenta con señalización acústica desde 1888, un sonido ensordecedor al que llaman ‘vaca de Finisterre’, que en días especialmente complicados avisa de dónde se encuentra la costa. En ocasiones ni siquiera eso ha podido evitar la tragedia. De hecho este faro ha sido testigo de decenas de naufragios. De ahí el nombre con el que se bautiza a la costa a la que pertenece Finisterre, la costa da morte.

Disfrutar de las vistas desde el Monte Facho

Situado a unos 240 metros de altitud al lado oeste del cabo Finisterre, el Monte Facho es un imprescindible si se quiere disfrutar de unas vistas espectaculares de toda la zona. Para acceder al mirador hay que coger un desvío que se encuentra un poco antes de llegar al faro. Desde allí, la inmensidad del océano Atlántico preside el paisaje compuesto por la villa de Finisterre, la playa de Langosteira a un lado y la playa de Mar do Fora al otro. Como para dejarse la cámara en casa...

Ver los restos de la ermita de San Guillermo

En un alto del Monte Facho se encuentran los restos de esta ermita, destruida en el siglo XVIII y famosa porque se cree que en su día fue una especie de templo creado por los fenicios que rendía culto al sol, el santuario llamado Ara Solis.

No es su único “mérito”. La tradición también relaciona la ermita con ritos de fecundidad: se contaba que allí había una gran losa sobre la que dormían las parejas que querían tener descendencia. También dice la leyenda que cerca de este lugar se encontraba la mítica Dugium, una ciudad que habría quedado completamente sepultada bajo el mar tras un descomunal temporal. Todo un foco de historias y mitos que no hay que perderse.

Bañarse en Langosteira o Mar do Fora

Marcharse de Finisterre sin haberse dado un baño en la gran playa de Langosteira es como irse de la zona sin haberse tomado un buen vino. De arena fina y protegida del viento del nordés -como llaman aquí al viento seco del noreste- es un pecado llegar hasta allí y no darse un chapuzón.

Para los antiguos, el baño en estas aguas era parte de la purificación del espíritu. Quienes prefieran playas más vírgenes, al otro lado del cabo se encuentra la espectacular Mar do Fora, un pequeño paraíso en forma de playa rodeada de acantilados. La única pega, muy apreciada por los surferos, es que el oleaje del mar en esta zona es tal que suele ser peligrosa para el baño.

Entrar en la iglesia Santa María Das Areas

A la salida del pueblo de Finisterre, en la carretera que va al cabo, se levanta la iglesia de Santa Maria Das Areas, un lujo para los amantes del románico. Construida en el siglo XII y declarada bien de interés cultural, a pesar de haber sido reformada en varias ocasiones conserva gran parte de sus estructuras originales románicas. Cuenta con varias joyas además de la propia fachada. Por ejemplo, el cruceiro gótico del exterior o la talla gótica del siglo XIV, que según la leyenda fue encontrada en el mar. La llaman Santo Cristo de Finisterre o Santo Cristo da Barba Dourada, y es uno de los principales atractivos del templo.

Participar de las tradiciones de los peregrinos

Justo debajo del faro se encuentra la cruz de los peregrinos, destino de los que quieren finalizar aquí el camino de Santiago, una opción por la que cada vez se deciden más caminantes. Dice la tradición que aquí deben deshacerse de sus botas como símbolo de liberación en relación a las cosas materiales, y hay quien lo sigue al pie de la letra. Ver cómo los caminantes cumplen su objetivo y se quedan junto a la cruz disfrutando del atardecer es otro espectáculo de los que merecen la pena. 


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