Los verdes valles y montañas de Liébana, en Cantabria, impulsan a dormir profundo, pero a levantarse temprano. Encajada entre los Picos de Europa y la línea de playa, la comarca de los hormigueros -así se llama a sus menos de mil habitantes- es el destino ideal para esas escapadas que tanto nos desvelan en otoño.

Eso lo saben Marisa, Alberto, Tina y Ana, cuatro hermanos que decidieron ampliar el negocio familiar y le dieron nueva forma: de un bar de pueblo a una posada cálida y rústica en la que la madera y la piedra son protagonistas. Donde las vacas y las gallinas conviven con un buen WiFi, las mesas de ping-pong y un comedor al que da gusto volver; su cabrito al horno debe tener algo que ver y sus tartas caseras no tienen horario.

Los hermanos se reservan un par de sorpresas más: ellos tienen todo el equipamiento de ocio que los intrépidos necesitan para satisfacer sus ansias alpinistas, y todos los consejos (o compañía) para caminar entre bosques de robles, distinguir esta seta de aquella que no debes coger, o -por qué no- ayudar a dar a luz a una vaca. Si Cucayo se nos queda pequeño, no pasa nada, la localidad es la puerta perfecta para los Puertos de Pineda y está a un tiro de piedra -nunca mejor dicho- de Potes, donde el movimiento y la oferta se multiplica sin perder el espíritu.

Al final, sólo queda volver a La Posada. La iniciativa de los hermanos parece el sueño del urbanita hecho realidad. Del ruido de la metrópoli al silencio de las labores del campo, tareas en las que nos ofrecen participar. Ellos saben todo de su región -nacieron en ella- pero también lo que necesita el viajero. A veces es vivir el tópico, otras simplemente un poco de soledad, la que te da un jardín privado, una terraza privilegiada y un libro a medio leer. Por eso, el sábado y el domingo puede que acaben extendiéndose a una semana entera.


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