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El Cairo: la ciudad victoriosa del único Nobel árabe

El premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz fue el mejor cronista de la ciudad que le vio nacer y morir, El Cairo. La capital más grande de África conserva los retales de su historia entre sus edificios, sus calles y sus cafés en el siglo XIX.

Es difícil sentir amor a primera vista con El Cairo. Ruidosa, caótica, sucia, polvorienta... La ciudad más grande de África es un mosaico arquitectónico enmarcado por el Nilo y dividida por scalextrics que en algún momento debieron de resultar el colmo de la modernidad futurista allá entre los 70 y los 80. Llena de coches, motos, taxis, autobuses, gente cruzando de un sitio a otro; sin semáforos, sin normas.

Mahfuz siempre defendió a la muchedumbre que salía a las calles pidiendo sus derechos mientras los oligarcas iban de cena, copa y baile en la isla de Zamalek.

En La Victoriosa o la ciudad de El Cairo nació Naguib Mahfuz en 1911. En el célebre barrio Al-Gamaliyya, una de las zonas históricas más antiguas de la capital y sin duda uno de sus protagonistas en su Trilogía de El Cairo. Mahfuz no cesó en su empeño de denunciar las injusticias, las desigualdades sociales, los abusos del imperialismo británico, los golpes de Estado y las atrocidades cometidas en nombre de la religión. Perteneció al existencialismo literario y al igual que Albert Camus, fue de los pocos que supieron explicar con palabras la ansiedad, el sentimiento de soledad, la desesperación y la desesperanza enmarcada en la luz amarilla del atardecer cairota. Y todo, rompiendo las barreras de la cultura, la raza, la religión y la lengua.

La importancia de esta ciudad en la obra y vida de Naguib Mahfuz es equiparable a la que esta capital tiene para el país. Estamos en una megalópolis construida gracias a la llegada de las masas rurales en plena crisis del petróleo. Naguib Mahfuz vivió la historia del siglo XX de su ciudad y de su país. Apostó por los movimientos sociales, por la lucha de clases y la apertura a Europa. Siempre defendió a aquella muchedumbre que salía a las calles pidiendo sus derechos mientras los oligarcas iban de cena, copa y baile al mítico Pub 28 en la isla de Zamalek, resguardada de los humildes por sus puentes.

Del art decó al hormigón

Mahfuz se movía por igual tanto entre las altas esferas de la burguesía como entre los obreros. Vio cómo de la nada nacían barrios del tamaño de ciudades, como el Mohandessin o Nasr City. También vivió cómo su querido barrio dejaba de ser el corazón de la ciudad. Todo quedó olvidado como la gran mezquita de El-Azhar por los grandes bulevares de los años 30. Del mismo modo, el viejo sueño de tener un París imperial a las orillas del Nilo se quedó en una ilusión, permitiendo que la revolución de 1952 sepultara las fachadas de art decó de Talaat Harb en toneladas de hormigón al estilo del Moscú soviético.

Uno no puede evitar imaginar a Naguib Mahfuz cruzando la plaza Tahrir con un helado comprado en Groppi para llegar al Café Riche.

Requiere tiempo saber llevar la anarquía de una de las metrópolis más fascinantes del mundo. Sus calles laberínticas llenas de cafés, sus avenidas, sus zocos y su Mercado de los Viernes, una especie de Rastro a la cairota donde la basura se entremezcla con la variada y triste mercancía de los puestos enclavados entre y encima de las tumbas de uno de los cementerios más grandes del mundo. Por las callejuelas resuena ese bullicio sin descanso que sirvió como escenario de la emboscada que casi lleva a la muerte a Mahfuz, único escritor de lengua árabe galardonado con el premio Nobel de Literatura. Tal vez uno de los que le asestó la puñalada en el cuello era el Caín del que habla en su hoy todavía prohibida obra Hijos de nuestro barrio.

Cuando uno rastrea esta ciudad que cautivó a escritores y artistas a mediados del siglo XX con su luz y su ambiente de libertad no puede evitar imaginar a Naguib Mahfuz cruzando la plaza Tahrir con un helado comprado en Groppi para llegar al Café Riche. O tal vez yendo a fumar una shisha al Horreya. Lugares que perduran enclavados en el tiempo y que están de alguna manera reflejadas en sus crónicas de El café de Qushtumar.

El Cairo, una ciudad que engloba muchas otras, donde se mezclan la pobreza y la riqueza extrema. Sumergida década tras década -y militar tras militar- en el caos. Con un horizonte de rascacielos a medio terminar, antenas parabólicas y anuncios de neón. Una ciudad que no existía en época de los faraones pero cuya la lleva a los pies de las pirámides. Se dice de los cairotas que son poco nostálgicos. Probablemente, en ello reside uno de los encantos de la capital egipcia: esa facultad de adaptación que le hace mirar hacia al futuro. Sea cual sea que éste sea.


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